El descarrilamiento del Tren Interoceánico no es solo una tragedia que llena de dolor y rabia a trece familias, es la evidencia brutal de lo que ha implicado para el país el ejercicio caprichoso del poder, los delirios de un hombre que se siente iluminado y la corrupción e ineptitud que abunda en la nueva clase gobernante.

Los grandes proyectos —el aeropuerto de Tizayuca, el Tren Maya, la refinería Olmeca y el Tren Interoceánico— exhiben al mal gobierno: ayunos de un ejercicio elemental de planeación, con oscuros procedimientos en su desarrollo amparados bajo el subterfugio de la “seguridad nacional”, con sobrecostos excesivos que hablan lo mismo de ineptitud que de las raterías de los que se dicen moralmente superiores.

¿Cómo podía salir bien un proyecto como el Tren Interoceánico surgido de un capricho presidencial, cuando se encargó de su construcción y operación a la Secretaría de Marina (no a la de Infraestructura), cuando en el tejido del negocio participó como proveedor del balastro Amilcar Olán, integrante del clan de los López Beltrán? Importa reproducir esa conversación entre Olán y Pedro Salazar Beltrán, primo de los muchachos y otro de los favorecidos por su cercanía a los hijos del bienestar que exhibe su descaro: “Boby es el que me metió en este desmadre… al laboratorio, cada 3 mil metros cúbicos va su mochadita para que autoricen… ya cuando se descarrile el tren ya va a ser otro pedo”.

En todo este entramado resalta otro dato: el director del Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec fue el entonces vicealmirante Raymundo Pedro Morales Ángeles, que hoy ocupa la titularidad de la Secretaría de Marina, y el “supervisor” Gonzalo López Beltrán, Boby, cuyo único mérito era su condición de hijo del presidente.

La Auditoría Superior de la Federación advirtió desde 2019 sobre las complejidades técnicas que presentaba el tramo en el que ocurrió el accidente por “las pendientes y curvaturas muy elevadas”, mientras que “la alineación de la vía se veía afectada por las ondulaciones del terreno”.

En esta tragedia hay evidentes responsables, pero no se abrirá una investigación rigurosa ni se les sancionará; no solo eso, en la retórica oficial, señalar las anomalías de este y otros proyectos de la 4T (la manera en que fueron concebidos, los sobrecostos, la ausencia de rigor técnico, la mezcla de voracidad, ineptitud y cinismo) significa lucrar con el desastre.

En su edición del martes, EL UNIVERSAL le dio rostro humano a la tragedia, en vez de una cifra (13 muertos), presentó imágenes de quienes perdieron la vida, pero la reacción desde la cumbre del poder fue feroz: habla de falta de pudor y de humanidad, de una bajeza.

La pesadilla no termina, aún es temprano, pero, por desgracia, conforme pase el tiempo, irán aflorando los daños de las torceduras que ha dejado sembradas un gobierno que exigía a sus funcionarios 90% de honestidad y 10% de experiencia.

Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario. @alfonsozarate

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