Sin pena ni gloria

Alfonso Zárate

No hay nada memorable en la gestión de Sánchez Cordero. Solo se recordará que fue la primera mujer en Segob

Olga Sánchez Cordero regresó el jueves pasado al Senado de la República. A lo largo de casi tres años ocupó la titularidad de la Secretaría de Gobernación, la dependencia que durante varias décadas constituyó el núcleo del poder presidencial y plataforma para alcanzar la Presidencia de la República. Sin embargo, en los últimos años Gobernación fue siendo despojada de atribuciones y recursos hasta llegar a lo que fue con Sánchez Cordero: una instancia ignorada por el jefe del Poder Ejecutivo, desairada por sus pares y ninguneada por los principales actores políticos.

La ministra en retiro nunca tuvo con qué conducir la política interior. Carecía de la visión de Estado de Jesús Reyes Heroles, de la inteligencia y cultura de Mario Moya Palencia o de la rudeza de Gustavo Díaz Ordaz o Manuel Bartlett. Su paso por la casona de Bucareli se dio sin pena ni gloria. No hay nada memorable en su gestión. Lo único que se recordará es que fue la primera mujer secretaria de Gobernación. ¿Valió la pena?

Gobernación, de la prepotencia a la minusvalía

Si de 1920 a 1940 la Secretaría de Guerra y Marina concentró el poder del Estado, de 1946 a 1976 la dependencia más poderosa fue Gobernación. Lo mismo legisladores que jueces y gobernadores se sometían a los dictados presidenciales que transmitía el huésped del palacio de los Covián.

Los movimientos sociales que desafiaron al régimen (de maestros, ferrocarrileros, campesinos, médicos o estudiantes) encontraron la respuesta: desde Gobernación se ordenaba el escarmiento. En Bucareli se operaba la desaparición de poderes de los gobernadores, se promovían carreras políticas o se perseguía y silenciaba a los opositores. De Gobernación dependían los dos órganos de inteligencia civil del Estado: la Dirección Federal de Seguridad (DFS), pieza clave en la “guerra sucia”, y la de Investigaciones Políticas y Sociales (IPS).

Despojada de sus principales recursos jurídicos, políticos y simbólicos desde hace algunos sexenios, la Secretaría de Gobernación languidece. Adán Augusto López, un oscuro gobernador de Tabasco, llega al relevo. Pero tiene una ventaja sobre su antecesora: su cercanía al presidente, con el que comparte, además de su “entrañable amistad”, sus orígenes políticos en el PRI, el paisanaje y hasta el mismo apellido: López.

Pero deberá operar en la sombra, no solo porque eso dictan los cánones (“Gobernación debe sentirse, no verse”) sino, sobre todo, por la personalidad de su jefe, quien no permite que nadie le dispute el escenario.

Los resultados del gabinete presidencial, con algunas excepciones, son de una mediocridad pasmosa. Desde luego, no se le pueden pedir peras al olmo. Ruiz Cortines congregó en torno suyo a algunos de los más destacados funcionarios públicos de su tiempo: Antonio Carrillo Flores, Ernesto P. Uruchurtu, Adolfo López Mateos, Carlos Lazo, Antonio Ortiz Mena... Pero para López Obrador, quien dice que “gobernar no tiene ciencia”, no importan las trayectorias, las capacidades ni los resultados, el criterio para el reclutamiento es solo uno: la obediencia ciega.

 

Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario.
@alfonsozarate

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