El 23 de agosto de 1940, hace justamente 80 años, fue asesinado, en Coyoacán, León Trotsky. Aquella tarde, mientras el revolucionario revisaba el texto que Ramón Mercader le había acercado para distraerlo, recibió el golpe seco del piolet en la cabeza.  
 
A la muerte de Lenin, el antiguo comisario de guerra, se convirtió en un estorbo para el nuevo amo del Kremlin. Su expulsión del politburó, en 1926, sería el inicio de una persecución infame que alcanzaría a los más cercanos y obligaría a su aislamiento y a su destierro por distintos países hasta su destino final, México.  
 
El revolucionario de 1905 se convierte, en la narrativa de Stalin, en un traidor. Pero Trotsky se defiende, denuncia una revolución que se ha prostituido y la conversión de Stalin en el “Sepulturero de la revolución”. 
 
En su obra El hombre que amaba a los perros, Leonardo Padura describe a un José Stalin trastornado que persigue, encarcela, tortura y asesina; nadie estaba a salvo, ni siquiera quienes habían formado parte del círculo más cercano a Lenin. El miedo a sus venganzas llevó a escritores de la estatura de Máximo Gorki a envilecerse y santificar el horror.  
 
El creador del Ejército Rojo no es, en el relato de Padura, un personaje inmaculado. Trotsky decide, junto con Lenin, la persecución de líderes sindicales que llevó a borrar la democracia en las organizaciones obreras convirtiéndolas en las entidades amorfas al servicio de los burócratas. Y Trotsky está también detrás del aplastamiento de la insurrección de los marinos de la base de Kronstadt en marzo de 1921, por el delito de reclamar una mayor libertad para los trabajadores y un trato menos despótico para los campesinos. Pero todo se justificaba porque la defensa de la dictadura del proletariado pasaba por impedir que nada, ni siquiera la voluntad popular, revirtiera el proceso. Y ambos ordenan la creación de una maquinaria que a sangre y fuego aniquiló a centenares y miles de “enemigos del pueblo”, el Terror Rojo, la violencia de los vencedores sobre los vencidos.  
 
Pero Trotski es igualmente un personaje trágico, apesadumbrado por el asesinato de sus hijos y de sus más cercanos camaradas y por ignorar lo qué ha ocurrido a sus hijas perdidas en la Unión Soviética.  
 
Padura va adentrándose, con maestría, en la mente del asesino: Ramón Mercader, educado con esmero en una familia catalana burguesa y describe el influjo de Caridad del Río, una madre brutal, fanática estalinista cuyo odio tan profundo devastaría a sus propios hijos. Da cuenta, también, del entrenamiento del asesino en la patria del socialismo, su preparación física y mental para resistir torturas y asesinar sin remordimientos.  
 
El nombre de la operación, “Operación pato”, le fue asignado por El Gran Guía del Proletariado Mundial y la orden era fulminante: cazar al pato.  

Padura expone el mundo oscuro del estalinismo, “el envilecimiento de un sueño y el testimonio de uno de los crímenes más abyectos que se hubieran cometido”, porque no solo atañía al destino de Trotsky, sino al de muchos millones de personas “arrastradas por la resaca de la historia y por la furia de sus patrones —disfrazados de benefactores, de mesías, de elegidos, de hijos de la necesidad histórica y de la dialéctica insoslayable de la lucha de clases...” Una Revolución que devora a sus hijos y justifica los peores horrores. El fin de las utopías, la del “hombre nuevo”, la de “la patria justa y generosa”.  

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