“No hay peor ciego que el que no quiere ver”.

Es conocida la frase del padre de la física, Albert Einstein: “Dos cosas son infinitas: la estupidez humana y el universo; y no estoy seguro de lo segundo”. Existe la estupidez humana. Uno de los errores más frecuentes de quienes analizan los hechos políticos reside en su propensión de encontrar una racionalidad que explique lo que por ser tan absurdo parece inexplicable: por ejemplo, el delirio (de grandeza) del presidente López Obrador de ponerse a la altura de los grandes héroes de la patria; o la demolición de un aeropuerto con un avance significativo en su construcción, para poner en su lugar una “estación avionera” con una capacidad disminuida y ubicada en una zona de difícil acceso. Los ejemplos se multiplican: la locuacidad de decir que en este gobierno no hay ladrones, o la infamia de ofrecerle a los delincuentes —muchos de ellos brutales psicópatas que torturan, asesinan y desmiembran a sus víctimas— abrazos en vez de balazos.

¿Cómo justifican sus fieles los beneficios que otorga su gobierno en contratos y concesiones a esos que no hace mucho eran miembros de la “minoría rapaz”, pero hoy son parte de su Consejo Empresarial Asesor? El presidente que ofreció terminar con la impunidad, no ha tocado a Enrique Peña Nieto, el jefe de la cleptocracia que saqueó al país, ni al poder tras el trono, Luis Videgaray.

La devoción que le profesan a Andrés Manuel millones de mexicanos existe porque se niegan a ver lo evidente y prefieren creer en la realidad alterna que día con día construye el Presidente.

Sin embargo, creo que se equivocan quienes no se explican por qué millones de personas venden su lealtad política por “un plato de lentejas”; se equivocan porque desestiman lo que significan las pensiones en la mesa de una familia pobre.

Cuando el viejo que carece de un patrimonio y vive “arrimado” con un hijo o una hija que apenas tiene para mal vivir, recibe la pensión, ese ingreso de 3,850 pesos bimestrales le cambia la vida; con “la pensión que le da López Obrador” ahora tiene para comprarse un par de zapatos o un suéter, o para poder comprarle a sus nietos alguna golosina. Esos modestos dineros le dan al viejo un sentido de dignidad y se traducen en un sólido respaldo de él y de su familia hacia quien los apoya y, además, los halaga todos los días en sus discursos.

Los beneficiarios de sus programas no saben, ni les importa que, para financiar sus programas sociales, el presidente esté desfondando la hacienda pública y consumiendo todos los guardaditos que a lo largo de décadas otros gobiernos crearon para, por ejemplo, la atención a los desastres.

Su ceguera les impide ver el desastre que está construyendo Andrés Manuel, y lo peor es que quizás nunca lo comprendan, que pasarán los años y recordarán aquellos tiempos cuando el presidente López Obrador, casi un santo, les daba apoyos económicos que, si bien no los sacaron de la pobreza, les cambiaron la vida. Sí, la estupidez sí existe.

Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario.
@alfonsozarate

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