¿Qué parece explicar la obsesión del presidente López Obrador por desaparecer al Instituto Nacional Electoral (INE)? Para algunos, lo hace porque teme perder las elecciones presidenciales de 2024 y necesita que el organizador y árbitro del proceso esté de su lado para operar o justificar el fraude.

Sin embargo, el análisis crudo de los principales ingredientes que intervienen en los procesos electorales no avala esta lectura. Las encuestas le conceden a Morena una ventaja superior a la suma de las preferencias por el PAN y el PRI, y no solo eso, un repaso de las variables que importan en una elección presidencial es abrumadoramente favorable al partido oficial: el aparato y su capacidad para movilizar a sus clientelas; la disponibilidad de recursos económicos, políticos y judiciales; el efecto López Obrador (su capacidad para arrastrar votos hacia sus candidatos); la devoción que generan los programas sociales y la ausencia de una oposición lúcida, con un candidato que conecte con el electorado, entre otras.

También parece explicarlo el carácter autoritario de un personaje que no tolera ningún contrapeso y al que le incomodan las autonomías, por eso se ha dado a la tarea de eliminar, doblegar o intimidar a instituciones como la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), la Comisión Reguladora de Energía (CRE), el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), el Instituto Nacional de Acceso a la Información (INAI) y, sobre todo, el INE.

Pero a las razones anteriores habría que agregar otra, el resentimiento. Andrés Manuel es un hombre rencoroso, traumado por la derrota que sufrió el año 2006, de allí la farsa de rendir protesta como “presidente legítimo con su gabinete legítimo” y el bloqueo al Paseo de la Reforma: “¡que se jodan!”, habrá pensado en la lógica de “no busco quien me la hizo sino quien me la pague”.

La experiencia de 2006 le grabó en la mente una furia hacia la institución responsable de aquel agravio (“me robaron la Presidencia”); desde entonces, castigar al INE se convirtió en una obsesión.

A pesar del transcurso de los años, su resentimiento no se ha ido ni ha amainado, de allí su catarsis de cada mañana, los insultos a Lorenzo Córdova y a quienes se oponen a convertir al INE en un esperpento, como lo es hoy la CNDH. Con un INE a modo, nuestra precaria democracia experimentará un enorme retroceso, regresaríamos al país de la sospecha.

Su furia podía haberlo llevado a ordenar la eliminación de sus críticos (en el periodo de Díaz Ordaz ya los habrían asesinado). Sin embargo, algo lo contiene: su apego al Nuevo Testamento —no al Antiguo, en el que predomina un dios vengativo y cruel— y al nazareno que pedía no responder al mal con el mal y predicaba: “si alguien te pega en una mejilla, ofrécele la otra”.

Sin embargo, algo parece evidente, si Andrés Manuel no logra doblar al INE o desaparecerlo, se irá a su finca en Palenque a rumiar su frustración. No tendrá reposo su alma.

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Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario. @alfonsozarate
 

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