La intransigencia, la obsesión…

Alfonso Zárate

Otros veían al mesías en términos más apocalípticos y utópicos,
como alguien que destruiría el mundo presente y construiría uno nuevo,
más justo, sobre las ruinas del anterior.

REZA ASLAN, El Zelote

 

La crisis derivada de la pandemia de Covid-19 es de tal dimensión y profundidad (en términos políticos, sociales y productivos) que solo podrá ser encarada mediante el concurso de las mentes más lúcidas del país y recuperando las mejores experiencias ante escenarios críticos más o menos equiparables.

En estos días, desde muy distintos espacios surgieron llamados a construir un Acuerdo Nacional. Algo muy distinto y distante de las reuniones del presidente con quienes se representan a sí mismos. López Obrador ha perdido el apoyo del sector privado; solo cuenta con la abyección de unos cuantos, los que siempre ganan, los que contemporizan y alaban en público a quienes desprecian en privado; los que saldrán más ricos de la crisis aun a costa del hundimiento de los más.

El presidente no está dispuesto a escuchar propuestas que amenacen sus obsesiones: los programas sociales y los magnos proyectos de infraestructura.

Cada día es más evidente que no hay forma racional de sostener esos programas sociales, a punto de plasmarse en el artículo 4 de la Constitución; y que, más allá de sus buenos propósitos, provocarán un enorme desarreglo en las finanzas públicas.

Como no le alcanzaron para financiar esos programas las reasignaciones presupuestales, la desaparición de organismos, los recortes draconianos ni el Fondo para contingencias, ahora el presidente decide suprimir los fideicomisos que no tienen estructura; utiliza recursos extraordinarios (ingresos de una sola vez) para sostener un “gasto social” permanente (Pedro Tello dixit). ¿Qué sigue?, ¿las Afores?

La emergencia sanitaria pudo haber justificado un giro de gran calado y la redefinición de prioridades en el programa de gobierno. La “gente”, su gente, lo habría entendido. Al presentar su “Programa emergente para el bienestar y el empleo”, el presidente pudo haber anunciado la posposición (no la cancelación) de la refinería en Dos Bocas y el Tren Maya para canalizar esos recursos a la reactivación de la economía, multiplicar proyectos de infraestructura que generen empleos en distintas regiones y apoyar a las micro, pequeñas y medianas empresas para evitar que se pierdan millones de puestos de trabajo… Pero el “informe trimestral” del domingo solo mostró a un hombre empecinado, ajeno o indiferente a las señales de la realidad.

El país se aproxima al peor desastre que haya vivido esta generación y quienes tendrían la capacidad para sacudir las certezas del presidente están acobardados o solo ven por sus intereses. Además, no hay oposición legislativa: en el Congreso le aprobaron la reforma al artículo 4 que formaliza el asistencialismo y, lo más grave, tronará una economía ya lastimada y, más temprano que tarde, generará duras tensiones sociales. Por fortuna, franjas crecientes parecen dispuestas a salir de la indolencia y surgen voces que se niegan a sumarse al coro… Hasta el Consejo Coordinador Empresarial empieza a apartarse de la mansedumbre.

Carlos M. Urzúa, amigo de López Obrador durante años y economista de sólida formación, debió renunciar a la Secretaría de Hacienda porque no estuvo dispuesto a acompañar decisiones absurdas; se negó a convertir el Plan Nacional de Desarrollo en un discurso panfletario. Su sucesor, Arturo Herrera, es un profesional respetado. Sin embargo, hoy se muestra agobiado; su rostro es el de la frustración, de la desesperanza. ¿Cuáles serán los límites de su lealtad? ¿Qué pesará más en Herrera: la disciplina al jefe, el respeto a sí mismo o la responsabilidad con el país? Quizás piensa que permanecer le permite aportar sensatez al ejercicio de gobierno, pero esto no ocurrirá porque el presidente tiene obsesiones y creencias que no cambian. Y saltar del barco en la tormenta lo convertiría en objeto de los juicios más severos, además de que enviaría un mensaje perturbador a los mercados.

En cualquier caso, el escenario es muy delicado y no se ven salidas al laberinto en el corto o el mediano plazo. Solo una cosa es cierta: el presidente perdió el pulso del país y, como en la fábula del rey desnudo, no hay en la corte quien se atreva, siquiera, a insinuarlo.
 

Presidente de GCI. @alfonsozarate

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