¿Hacia un nuevo Maximato?

Alfonso Zárate

Resturar un Maximato exigiría que Morena retuviera la Presidencia y que el elegido o la elegida se dejara mangonear

El 1 de septiembre de 1928, tras el asesinato del caudillo, el presidente Plutarco Elías Calles comunicó a la nación que había llegado el momento de hacer “un decidido y firme y definitivo intento para pasar de la categoría de pueblo y de gobierno de caudillos, a la más alta y más respetada y más productiva y más pacífica y más civilizada condición de pueblo de instituciones y de leyes”.

A partir de ese momento, Calles —a quien Emilio Portes Gil definió como “el mejor estadista de la Revolución”— dedicó mucho de su inteligencia y astucia a la creación de “el Partido de la Revolución”, que serviría para unir a los revolucionarios y, a un tiempo, como instrumento para ocultar donde residía el verdadero poder político; allí empezó lo que se conoce en la historia de México como el Maximato.

El mismo Portes Gil y después Pascual Ortiz Rubio, Abelardo L. Rodríguez y Lázaro Cárdenas fueron impuestos en la Presidencia por “el Jefe Máximo”. En aquellos días, según se recuerda, algún chistoso escribió sobre un muro de Chapultepec: “Aquí vive el presidente, pero el que manda vive enfrente”. Calles vivía en la finca La Hormiga, que más tarde Cárdenas llamaría Los Pinos, frente al Castillo de Chapultepec.

Durante el Maximato, el descaro en el hacer político alcanzó niveles inauditos. Luego de haber rendido su protesta como presidente, lo primero que hizo Abelardo L. Rodríguez fue dirigirse a Cuernavaca a presentar sus respetos al general Calles. Su servilismo era tal que incluso en declaraciones en las que pretendía afirmar su autoridad exhibía su obediencia. Así se muestra, por ejemplo, en la circular del 27 de septiembre de 1933 dirigida a los miembros de su gabinete, donde les recordaba que el responsable del Poder Ejecutivo era él: “En tal virtud, mereceré a ustedes que en lo sucesivo se abstengan de someter a la consideración y consulta del señor general Calles los asuntos de las competencias de las secretarías y departamentos a su cargo, a menos que el propio general Calles los llame para plantearles problemas de su incumbencia; y en aquellos casos en que deseen conocer la opinión del mismo general Calles, respecto a cuestiones administrativas, lo hagan invariablemente por mi conducto, ya que como dejo dicho, tengo por costumbre oír siempre su autorizada opinión”. (Francisco Javier Gaxiola Jr. citado por Lorenzo Meyer)

El pasado 16 de enero, durante una gira por el estado de Guerrero, el presidente López Obrador anunció, como lo ha hecho varias veces, que al término de su mandato, se jubilará. “No voy a estar como dirigente permanente, eterno, no hay que caer en el necesariato”. La restauración de un Maximato —necesariato le llama López Obrador— exigiría, como condición indispensable, que Morena retuviera la Presidencia en 2024 y que el elegido o la elegida se dejara mangonear. Pero de lo que no hay duda es que la finca en Palenque —que ahora tendrá aeropuerto y estación de tren cercanos— se convertiría en el núcleo del poder político, hasta que otro Lázaro Cárdenas le diera un manotazo.

Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario.
@alfonsozarate

 

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