Guerrilleros, ni ángeles ni demonios

Alfonso Zárate

Un texto de Pedro Salmerón o, quizás mejor, una sola palabra —el calificativo de “valientes” para los muchachos que integraron el comando de la Liga Comunista 23 de Septiembre que se propuso secuestrar a don Eugenio Garza Sada, el empresario más destacado en aquellos días—, levantó ámpulas. Aun a la distancia de 46 años, es difícil acercarse a aquellos hechos sin apasionamiento, ¿cómo evitar la tentación de condenar la violencia guerrillera o de enaltecerla? Frente a ese fenómeno social que marcó la historia de México, no caben juicios simplificadores.

Quizás uno de los primeros ingredientes para el análisis es la comprensión del México de entonces y su inserción en el contexto latinoamericano. El triunfo de la Revolución Cubana parecía mostrar que era posible, a partir de un “foco” guerrillero, derrocar a un régimen corrupto y represor como el de Fulgencio Batista; que un núcleo de apenas una docena de integrantes podía ser la simiente para un movimiento armado capaz de derrotar a un ejército sin mística y construir un régimen que desafiara al poder planetario.

A mediados de la década de los 60, la Revolución Cubana vivía su mejor momento, Cuba había logrado abatir el analfabetismo y sus logros en materia de salud y deporte eran reconocidos por la ONU, mientras muchos países de nuestra América —Brasil, Chile, Argentina, Paraguay, Bolivia, Uruguay, Nicaragua y Haití— eran gobernados por militares golpistas que con el apoyo y asesoría estadounidense perseguían, torturaban, desaparecían y asesinaban a sus opositores. En México gobernaba Gustavo Díaz Ordaz, caracterizado por su rudeza hacia los disidentes, convertidos en enemigos; en ese contexto irrumpieron los brotes guerrilleros.

El 23 de septiembre de 1965 se produjo el fallido asalto al cuartel en Madera, Chihuahua; en la acción murieron los líderes Arturo Gámiz y Pablo Gómez Ramírez y seis guerrilleros más. Su decisión de tomar las armas fue la respuesta al despojo sistemático de tierras y a la represión con la que las autoridades y los caciques respondían a la inconformidad.

En mayo de 1967, tras la masacre de pobladores en un mitin en Atoyac, Guerrero, el profesor y dirigente campesino Lucio Cabañas se va a la sierra donde formaría el Ejército de los Pobres. En abril de 1968, el también profesor y dirigente social Genaro Vázquez Rojas es liberado por un comando armado y también se interna en la sierra.

Tanto Arturo Gámiz, como Lucio Cabañas y Genaro Vázquez Rojas, eran maestros rurales; los dos últimos, egresados de la Escuela Normal Isidro Burgos (Ayotzinapa); quizás esto contribuya a entender la belicosidad de quienes se asumen como herederos de aquellas historias.

El punto culminante del movimiento estudiantil de 1968 fue la matanza en la Plaza de las Tres Culturas. Para muchos jóvenes de entonces, la represión terminó de mostrarles que no había forma de reformar al régimen por la vía pacífica, la experiencia cubana parecía mostrarles el camino. Jorge Carrillo Olea no ha dudado en llamar “terrorismo de Estado” a la violencia que desató la Brigada Blanca integrada por miembros de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), el Ejército y la PGR, para acabar con los movimientos subversivos. Los horrores de la “guerra sucia” en México son comparables a los que desataron los militares golpistas en el Chile de Augusto Pinochet o en la Argentina de Rafael Videla.

Quienes decidieron el asalto al cielo, lo hicieron convencidos de que no había otra forma de transformar un régimen autoritario. Pero en esa lucha —conscientes de que ponían en riesgo su vida—, secuestraron y asesinaron a muchos inocentes, como don Eugenio Garza Sada, un empresario ejemplar y gran mexicano. Valerosos para unos, cobardes para otros. La historia es mucho más compleja que el relato de las proezas y las vilezas de héroes y villanos, de ángeles y demonios.

Presidente de GCI. @alfonsozarate

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