Empresarios-gobierno, se acabó la “luna de miel”

Alfonso Zárate

No debería sorprender a nadie: un sistema autoritario como el que surgió de la Revolución requería, a imagen y semejanza de las corporaciones fascistas de la Italia de Mussolini, organizar a la sociedad en corporaciones. El “Ogro filantrópico” se reservaría para sí la conducción de la política y le marcaría a la sociedad sus límites, este dictum contribuye a explicar la tradicional mansedumbre de los dirigentes empresariales.

Pero caben otras explicaciones: en las más de las veces quienes encabezan los organismos del sector privado (CCE, confederaciones y cámaras) responden a la línea de quienes los pusieron allí y sus verdaderos patrones, que muchas veces han construido sus fortunas en relaciones de complicidad con el poder político, evitan toda postura que pueda incomodar a sus benefactores o socios.

Otro factor intimidante es su conciencia de que, si se portan mal, el gobierno dispone de enormes recursos para “disciplinarlos”, ¿quién puede resistir la ira del Estado?

Pero en un balance general tendría que concluirse que la relación empresarios-gobiernos a lo largo del siglo pasado, aun con altibajos, fue favorable para ambos. Sin embargo, para las elecciones presidenciales de 2006 el creciente apoyo popular a Andrés Manuel López Obrador empezó a perturbar los sueños de los más ricos, eso explica la campaña: “es un peligro para México”.

Más que sus propuestas, el hartazgo con la corrupción de la cofradía mexiquense pavimentó el triunfo contundente de Andrés Manuel. Ante lo irremediable, en cuestión de horas los miembros del Consejo Mexicano de Negocios (nuevo nombre del CMHN), se alinearon sin rubor y sin condiciones con el nuevo “jefe de las instituciones nacionales”.

Muy pronto, el presidente electo frenó el aeropuerto de Texcoco, se trataba de mostrar quién manda aquí. Al poco tiempo se cancelaban rondas de licitación en el sector energético, y mientras se iba imponiendo una política que parecía querer derruir todo vestigio del neoliberalismo, el precario Estado de derecho y la inseguridad permanecían inalterables causando pérdidas multimillonarias a las empresas, mientras los dirigentes cupulares aplaudían y se mantenían calladitos.

El presidente les había tomado la medida y en un acto de pena ajena, llevó a los más notorios (no necesariamente los más ricos) a Palacio Nacional donde les ofreció tamales y atole; dóciles asumieron el compromiso de comprar miles de “cachitos” para la rifa (que no es rifa), del avión presidencial.

Si en los primeros meses de este año la economía ya se estaba secando, la irrupción del coronavirus terminó por descomponerlo todo: angustiados por los primeros impactos, los organismos empresariales plantearon al presidente propuestas sensatas que exigían un Acuerdo Nacional, pero fueron desestimadas.

La pandemia y el manejo gubernamental están generando daños brutales en la economía, llevaron a la pérdida de más de 346 mil empleos en solo tres semanas, y las viejas alianzas empiezan a crujir, tanto la tradicional de los organismos cúpula con el gobierno federal como la del empresariado con sus liderazgos formales.

El presidente ha subrayado que no modificará su estrategia, lo que en buen cristiano significa: “arréglenselas como puedan, conmigo no cuenten”. Ante el derrumbe económico sin precedente y sus severos impactos: quiebras, desempleo, muchos más pobres, quien está negado para admitir sus propios errores buscará a los culpables y estos serán sus adversarios, los “conservadores”, los malos mexicanos, los empresarios y, desde luego, entre los potentados hay muchos indefendibles, esos que diseñan estrategias para defraudar al fisco, que logran condonaciones de sus adeudos multimillonarios, que ganan con sobreprecios ilegales. Pero estos no son la mayoría que sí paga sus impuestos y cuya quiebra será una desgracia social que contaminará a las finanzas públicas y afectará a los programas sociales.

La dura situación que experimentan cientos de miles de micro, pequeños y medianos empresarios puede llevarlos a la ruina, pero puede también ser el detonador de una insurgencia de efectos imprevisibles encabezada por liderazgos emergentes, lo veremos pronto.


Presidente de GCI. @alfonsozarate

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