El diablo en la sacristía

Alfonso Zárate

Uno de los delitos más horrendos que causa un enorme sufrimiento y daños irreversibles en niños y adolescentes inocentes, es la pedofilia. Pero esta infamia que suele presentarse en los entornos más próximos a la víctima —la familia, la escuela, el vecindario—, se extrema cuando quienes la cometen son sacerdotes, aquellos que decidieron seguir una ruta de pureza y ser modelo de virtudes, pero usan su condición de “representantes de Cristo” para abusar sexualmente de menores de edad. El sacerdocio resulta así la coartada perfecta para un pedófilo y la ignorancia o la ingenuidad de algunos padres acerca a niños y adolescentes a estos sacerdotes, verdaderos monstruos.

A lo largo de más de 70 años, las denuncias de antiguos seminaristas que fueron abusados por el padre Marcial Maciel, fundador de la orden de los Legionarios de Cristo, se toparon con el silencio y la complicidad de autoridades eclesiales en México y el Vaticano, porque supo construir complicidades que lo volvieron intocable.

Joseph Ratzinger, entonces titular de la Congregación para la Doctrina de la Fe, lo encubrió y quienes como Alberto Athié y José Barba se atrevieron a denunciarlo, fueron difamados y perseguidos. Juan Pablo II —canonizado junto a Juan XIII— fue no solo un persecutor de las corrientes progresistas de la Iglesia Católica y artífice de arreglos con dictaduras sangrientas, fue también un encubridor de pederastas. En el extremo, el fundador del Regnum Christi — un sociópata que violó a decenas de niños y adolescentes, tuvo varios hijos y varias mujeres y manejaba con absoluta discrecionalidad recursos cuantiosos— fue puesto por el Papa como ejemplo de virtudes.

Maciel, un depredador disfrazado de sacerdote, también tejió densas redes de protección entre los más ricos, como Alfonso Romo Garza, actualmente jefe de la Oficina de la Presidencia; empresarios de alcurnia fueron seducidos por este personaje y le entregaron cuantiosos donativos a su congregación. Su habilidad financiera convirtió a la orden en un corporativo multinacional con presencia en 21 países de América, Europa y Asia, desde entonces les llamaron “los millonarios de Cristo”.

Al final de su vida, en mayo de 2006, cuando ya no había forma de tapar sus atrocidades, el Papa Ratzinger lo conminó a un retiro discreto (llevar “una vida de oración y penitencia”), nunca pagó por sus crímenes; como Maciel, la mayoría de los abusadores permanecen en la impunidad, muchos fueron cómplices del fundador y otros fueron primero víctimas y luego victimarios.

Pero no caben ingenuidades, no es solo entre los legionarios que la Iglesia Católica torció su camino: los escándalos datan de un siglo en distintas órdenes en Estados Unidos, Francia, Chile y otras naciones.

Hoy la Legión admite en un texto difundido el pasado sábado 22, que a lo largo de casi 80 años de historia, 175 menores de edad fueron abusados por 33 de sus sacerdotes. El número real tiene que ser muy superior dada la existencia de una “cifra negra”, la de quienes decidieron no denunciar. El arzobispo de Monterrey, Rogelio Cabrera, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), describió al texto de los legionarios como un modelo nefasto de encubrimiento: salvo Maciel, no se cita nombre alguno de los pederastas.

El 20 de marzo pasado, Bernardo Barranco publicó un texto en La Jornada en el que analiza la obra Sodoma de Frederic Martel; el autor retrata las redes de complicidades palaciegas en el Vaticano. “Hay relatos abrumadores —dice Barranco— de una extraña relación de atracción-repulsión de actores eclesiásticos que se han envilecido”.

Es inadmisible que todos estos horrores queden ocultos en el seno de la Iglesia Católica y sujetos a la indulgencia del Derecho Canónico; las autoridades civiles, en vez de volver la vista hacia otro lado, deben investigar y castigar estas perversiones; en vez de confiar en el castigo divino, es imperativo hacer justicia aquí, en la Tierra.

Presidente de GCI. @alfonsozarate

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