El avión presidencial

Alfonso Zárate

Deshacerse del avión se ha convertido en una obsesión, en un gesto demagógico y en un dolor de cabeza

A un año de la “rifa patriótica”.

Quizás como revancha de los de abajo, como una forma de desquite hacia los abusos de gobernantes y de la clase política en general, en la cultura popular, los grandes personajes del poder se asocian a eventos chuscos, ridículos.

Imagino que, con el paso del tiempo, la cancelación del aeropuerto de Texcoco, el Tren Maya, la refinería de Dos Bocas, el Aeropuerto Felipe Ángeles y la dizque rifa del avión presidencial “José María Morelos” ocuparán el espacio que en otra época tuvieron las barbas de Carranza, el brazo de Obregón, la fealdad de Díaz Ordaz y todo eso que ha hecho las delicias de la picaresca política. Por lo pronto, el avión que “no lo tenía ni Obama”, ya ha dado para innumerables caricaturas, memes y chistes.

¿Adquirirlo fue un exceso? Antes de responder, vale la pena problematizar el análisis. Si hacia finales del gobierno del presidente Felipe Calderón el avión presidencial “Benito Juárez” adquirido en tiempos del presidente Miguel de la Madrid ya había agotado su vida útil, su tecnología era obsoleta, presentaba fallas y el costo creciente de su mantenimiento resultaba excesivo, entonces era necesario su reemplazo. La seguridad del presidente incluye la disposición de un equipo de transporte en óptimas condiciones.

Si en vez de estigmatizarlo y ponerlo a la venta se hubiera conservado al servicio de la Presidencia, así como el “Benito Juárez” les sirvió a los presidentes De la Madrid, Salinas, Zedillo, Fox y Calderón, podría haberles dado servicio a otros cuatro o cinco presidentes, y al término de 25 o 30 años, lo que hoy parece un precio excesivo se habría amortizado y habría resultado una inversión razonable.

Lo cierto es que deshacerse del avión presidencial se ha convertido en una obsesión, en un gesto demagógico y en un dolor de cabeza que ha llevado al gobierno a hacer malabares cada vez más ridículos y costosos. Primero se llevó a un hangar en Estados Unidos para ofrecerlo en venta, nadie hizo una propuesta razonable y, tras pagar millones de pesos de estacionamiento y mantenimiento, el avión tuvo que regresar a México.

Ya en el país y aunque seguía en venta, surgió la idea absurda de rifarlo y una genialidad: no se rifaría el avión sino 2 mil millones de pesos dividida en cien premios de 20 millones cada uno.

Al final, ni con la “manita de puerco” que el presidente le hizo a un grupo de empresarios, ni con todas las medidas de coacción, tampoco con sus exhortos cotidianos, se logró la venta de todos los boletos y, todavía hoy, algunos hospitales que ganaron parte del premio no han recibido lo que les corresponde.

A un año de distancia, agotada la puesta en escena de la “rifa patriótica” y sin comprador a la vista, el avión presidencial sigue depreciándose mientras el presidente va urdiendo nuevos divertimentos para entretener a sus clientelas: alquilarse para bodas y fiestas. ¡Hágame el c... favor!
 

Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario.
@alfonsozarate

 

 

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