Diplomacia extraviada

Alfonso Zárate

Cómo ignorar el silencio frente al encarcelamiento de opositores por la dictadura de Daniel Ortega en Nicaragua

Desde hace mucho tiempo los presidentes de la República se han servido de la diplomacia para premiar a sus incondicionales, pagar arreglos ocultos u ofrecer un exilio dorado a políticos incómodos. En vísperas de la confrontación con el Jefe Máximo, el general Cárdenas sacó del país, con encargos diplomáticos, a dos callistas connotados, posibles conspiradores: José Manuel Puig Casauranc, a Argentina, y Manuel Pérez Treviño, a España. José López Portillo respondió a los intentos de mangonearlo de su antecesor, enviándolo como embajador ante Australia y Nueva Zelanda. Ahora se rumora que Porfirio Muñoz Ledo, voz incómoda dentro de la 4T, podría ser designado embajador en Cuba.

Aunque se dice diferente a los presidentes del pasado, Andrés Manuel ha honrado esta censurable tradición —Josefa González-Blanco embajadora ante Gran Bretaña, Isabel Arvide, cónsul en Estambul, por ejemplo— y ha puesto a la diplomacia al servicio de su visión aldeana del mundo. Cómo ignorar la insensatez de pedirle al gobierno español una disculpa por los excesos de la conquista hace más de 500 años, o el silencio de su gobierno frente al encarcelamiento de opositores por la dictadura de Daniel Ortega en Nicaragua.

Y para seguir fastidiando a los españoles, hace unos meses anunció —sin cumplir con los protocolos diplomáticos— la designación de Quirino Ordaz, ex gobernador de Sinaloa, como embajador. El gobierno español no ignora que en junio pasado el crimen organizado operó para favorecer a los candidatos de Morena, y menos aún el Culiacanazo: la liberación de Ovidio Guzmán, el hijo de El Chapo, que mostró crudamente quién manda en el estado que gobernaba Quirino. Quizás esto explica por qué a más de tres meses del anuncio, el gobierno español no ha expresado su beneplácito.

A los innumerables desaciertos diplomáticos de este gobierno se agrega el anuncio de este lunes de nuevos nombramientos, sobresale la propuesta de Pedro Salmerón, un personaje frívolo y vulgar, denunciado, incluso dentro de Morena, como un depredador sexual, como embajador en Panamá: premio a la abyección.

Al inicio de este gobierno, Salmerón —con amarres en Palacio, según se dice—, fue nombrado director del Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revoluciones de México (INEHRM), pero un texto en el que definió como “un comando de jóvenes valientes” a los integrantes de la Liga Comunista 23 de septiembre que, en un intento de secuestro, asesinaron a don Eugenio Garza Sada, generó una repulsa social que llevó a su renuncia. Desde entonces se buscaba en qué nómina ubicarlo, ya la encontraron.

A la propuesta de Salmerón, el presidente agrega la de Leopoldo de Gyves, un activista social, simpatizante de Nicolás Maduro, como embajador ante la República Bolivariana de Venezuela, y de dos exgobernadores priistas: Claudia Pavlovich, de Sonora, y Carlos Aysa, de Campeche, como cónsul de México en Barcelona y embajador en República Dominicana, respectivamente.

El anuncio de que, tras dejar la Cepal, Alicia Bárcena ocupará la dirección del Instituto Matías Romero de Estudios Diplomáticos (IMRED) no es suficiente para borrar la rusticidad y la afrenta de nombrar representantes de México lo mismo a sujetos impresentables que a renegados.
 

Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario.
@alfonsozarate

 

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