El experimento de un “marxismo-cubanismo” resultó un brutal fracaso. Sin embargo, al igual que millones de jóvenes en América Latina, desde sus días de universitario López Obrador vio en la Cuba revolucionaria un modelo inspirador: la construcción de una sociedad sin clases. Pero ni siquiera las más claras evidencias del derrumbe ético y económico del régimen castrista lo llevaron a rectificar. Por su parte, Claudia Sheinbaum no solo mantiene el apoyo a esa nomenklatura, sino que ha incrementado los envíos de petróleo a la isla, combustible que proviene de una empresa quebrada que tiene adeudos incalculables con sus proveedores, mayoritariamente mexicanos.
A diferencia de los arrebatos retadores de Nicolás Maduro y Gustavo Petro —que tuvo que recular—, la doctora Sheinbaum ha mantenido un discurso prudente, habla de cooperación pero no de subordinación con el gobierno norteamericano; pero, más allá del discurso, mantiene el arreglo político y económico con el régimen cubano, y su negativa a ir en contra de los políticos que han dado protección a los grupos criminales implica mantener la impunidad, lo que constituye una irresponsabilidad mayúscula, es llevar a México a una ruta de colisión con el gobierno avasallante de Donald Trump.
Para colmo, en la conducción de la política hacia Estados Unidos —como en otras materias—, la presidenta Sheinbaum solo escucha voces afines, cuando sería un imperativo atender a los diplomáticos más experimentados (tanto en activo como en retiro), a los académicos más sagaces y a las voces más lúcidas de la oposición y del empresariado.
Como senador, Marco Rubio acusó a López Obrador de entregar a México en manos de los cárteles de la droga y desde que inició el segundo mandato de Donald Trump las advertencias no han sido pocas, sin embargo, quienes gobiernan simulan no escucharlas.
Los pretextos para una operación quirúrgica norteamericana en México (no una invasión por tierra, que no está en sus planes) están a la vista, diversos hechos parecen mostrar los arreglos del gobierno de López Obrador con los cárteles: 1) lo que implicó la consigna: “abrazos, no balazos”, que ordenó a los militares evitar toda confrontación con los criminales, lo que propició su empoderamiento; 2) la operación del Cártel de Sinaloa en las elecciones federales de 2021 ampliamente documentada; sus viajes a Badiraguato, el saludo a la madre del Chapo y la liberación de Ovidio Guzmán (también hay indicios de las aportaciones del cártel de los Beltrán Leyva a la campaña presidencial de López Obrador en 2006); y 3) los vínculos de miembros de la clase gobernante, como el senador Adán Augusto López Hernández —casi hermano del prócer— con Hernán Bermúdez, líder de La Barredora.
Como en el cuento de Pedro y el lobo, son varias las advertencias de: “ahí viene el lobo”, pero en el Palacio Nacional no quieren creerlas.
Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario.
@alfonsozarate

