2020, nuestro annus horribilis

Alfonso Zárate

¿De qué se trataba? ¿De subrayar el mito de la excepcionalidad de México? ¿De evitar que cundiera una alarma que abatiera el ánimo colectivo? ¿De cuidar al aparato productivo o la imagen del presidente? Lo cierto es que la inacción de las autoridades gubernamentales hizo que se perdieran meses valiosos para la prevención.

Todavía unos días antes del viernes 27 de marzo, día del quiebre, López Obrador seguía llamando a la gente a mantener sus rutinas, llevar a la familia a restaurantes y fondas, al tiempo que mantenía sus giras febriles y su cercanía con la gente. Un comportamiento muy imprudente para él mismo y para aquellos que quieren tocarlo, besarlo, abrazarlo. Por si faltaran desatinos, el morenista gobernador de Puebla, Miguel Barbosa, reveló en un acto público que los pobres son inmunes a la pandemia.

Pero, aunque tardíamente, el presidente rectificó: se topó con la realidad, el único contrapeso incontestable, y, así, el viernes pasado a través de un video recomendó a la población guardarse en casa. El anuncio no tuvo, sin embargo, la contundencia que la situación exigía: un mensaje en cadena nacional, en horario prime y en un escenario en el que no faltaran los símbolos del poder.

Si el coronavirus sigue el mismo desempeño que ha mostrado en otros países, lo peor está por venir. El sábado anterior por la noche el subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, en un tono perturbador, llamó “a todas y a todos” a quedarnos en casa por un periodo de un mes; lo que, no obstante —anticipó—, no impedirá que aumenten los contagios ni evitará las muertes. En sentido contrario, el martes 24 de marzo Ricardo Salinas Pliego, el dueño de TV Azteca, convocó a mantener la actividad productiva pues, de lo contrario, advirtió, se desatará la violencia social: la rapiña, el vandalismo y la gente morirá de hambre.

Viene lo peor y los gobiernos más responsables están imponiendo medidas extremas. Si los contagios crecen exponencialmente el sistema de salud se verá rebasado y ocurrirán cientos o miles de muertes en nuestro país.

¿Y cuando salgamos de esta pesadilla, qué haremos para reconstruir el ánimo social y el aparato productivo? Lo que se perfila es preocupante, como lo anunció el cambio en el sector empresarial que pasó del apoyo acrítico, en el primer tramo, a una preocupante distancia y, hoy, a un abierto deslinde. El Consejo Coordinador Empresarial (CCE), siguiendo a la Coparmex, endurece el lenguaje, y la Concamin publica un pronunciamiento con el título: “Señor presidente, los empresarios somos sus aliados, no el enemigo”.

Los saldos hasta ahora incluyen un severo deterioro del liderazgo presidencial, que parece calificar la lentitud en el actuar, sus mensajes contrarios a políticas públicas sensatas: haber mantenido sus recorridos cuando ya era evidente que el mal se expandía; llamar a abrazarse y mostrar las estampitas religiosas y otras piezas de superchería, como amuletos contra todo mal.

A los presidentes suele juzgárseles por uno o dos momentos: al general Lázaro Cárdenas, por la expropiación del petróleo y el reparto agrario; a Gustavo Díaz Ordaz, por la tarde del 2 de octubre en Tlatelolco. López Obrador será juzgado por la cancelación del aeropuerto de Texcoco y su desempeño ante la pandemia. La censura se acentuará por el dolor de muchos de haber perdido a alguien cercano o el patrimonio de toda una vida.

Una decisión dramática, como suspender la refinería de Dos Bocas y el Tren Maya, permitiría hacer un mejor uso de los escasos recursos públicos y alentar la inversión privada. Pero difícilmente se dará; “soy muy necio”, ha dicho muchas veces el presidente. Entonces, parecería anticiparse que la 4T terminará siendo un proyecto fallido que legará una sociedad enfrentada, una economía lastimada, una delincuencia común desbordada y un ánimo colectivo apachurrado.

 

Presidente de GCI. @alfonsozarate

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