En política hay momentos en los que las diferencias ideológicas pueden debatirse con calma, en el marco natural de la competencia democrática. Pero también existen coyunturas excepcionales en las que lo que está en juego no es quién gobierna, sino si seguirá existiendo un sistema donde sea posible competir en libertad. México se encuentra peligrosamente cerca de ese segundo escenario.
Cuando un sistema electoral comienza a inclinarse hacia un solo lado, la fragmentación de la oposición deja de ser una expresión de pluralidad y se convierte en el mayor regalo que puede recibir el régimen en el poder. No es un fenómeno nuevo. La historia política demuestra que los proyectos hegemónicos prosperan precisamente cuando quienes deberían equilibrarlos prefieren pelear entre sí.
La aritmética del autoritarismo es sencilla: dividir a la oposición equivale a volverla irrelevante. Si PRI, PAN y Movimiento Ciudadano compiten por separado, sus logotipos terminarán siendo poco más que símbolos en la lápida de la democracia mexicana. En un escenario dominado por un partido hegemónico, el voto fragmentado simplemente se desperdicia. “Ir solos” no es una muestra de identidad; es una sentencia política.
La lógica de quienes defienden competir separados suele basarse en cálculos pequeños: preservar la marca partidista, mantener el registro o asegurar algunas diputaciones plurinominales. Pero esa lógica es profundamente equivocada. Si cada partido busca maximizar su beneficio individual, todos terminan perdiendo. Priorizar la marca por encima del país es, en el fondo, un acto de vanidad suicida.
Las alianzas no son una debilidad, sino una herramienta para defender la democracia. La historia reciente del mundo es clara: los regímenes que buscan perpetuarse solo enfrentan verdaderos contrapesos cuando la oposición logra articular un frente amplio, coherente y sin fisuras. No se trata de quién obtiene más escaños; se trata de si seguirá existiendo un sistema donde esos escaños tengan sentido.
Porque la marca no vale nada en un cementerio democrático. Defender el logo hoy puede significar perder el país mañana.
Existe también una falacia que se repite con frecuencia: que la alianza “quita votos”. En tiempos normales esa discusión podría tener sentido. Pero en momentos de emergencia institucional, la ciudadanía no vota por un programa partidista específico; vota por un freno al autoritarismo. La unidad no resta, suma. La unidad genera esperanza, y la esperanza moviliza a quienes ya habían dejado de creer en la política.
Las democracias rara vez mueren en la oscuridad. Con frecuencia se extinguen a plena luz del día, mientras quienes deberían defenderlas se enfrascan en disputas menores. Ocurre cuando los líderes de oposición prefieren discutir por las migajas del banquete mientras el régimen se adueña de la mesa.
Por eso la pregunta de fondo no es si conviene o no una alianza. La pregunta es mucho más profunda: ¿queremos que México siga siendo una democracia competitiva o estamos dispuestos a resignarnos a un sistema de partido dominante?
Cuando la democracia está en riesgo, la unidad deja de ser una estrategia electoral. Se convierte en una obligación histórica.
Este no es solo un debate entre dirigentes o estrategas electorales. Es también un llamado a las militancias del PAN y de Movimiento Ciudadano para cerrar filas en favor de la democracia mexicana. Cuando el país está en juego, la militancia debe recordar a sus líderes que la prioridad no es la marca partidista, sino la defensa de la República.
Presidente Nacional del PRI

