Hay obras públicas que construyen futuro. Y hay otras que, con el paso del tiempo, exhiben su verdadera naturaleza: monumentos al poder, al capricho y a la opacidad. En México, las llamadas “obras emblemáticas” del gobierno de Morena han terminado por convertirse en eso: proyectos faraónicos que no sirven a la sociedad, pero sí a quienes orbitan alrededor del poder.

No se trata de una crítica ideológica. Se trata de números, de resultados y, sobre todo, de consecuencias en vidas humanas.

El caso del Tren Maya es quizá el más evidente. Su costo se disparó de manera descontrolada y su operación sigue siendo deficitaria. Pero no es el único. A esta lista se suma el Tren Transístmico, presentado como una plataforma estratégica para detonar el desarrollo del sureste mexicano. Sin embargo, ha enfrentado accidentes serios como el de diciembre pasado que cobró la vida de 14 pasajeros, así como sobrecostos y una operación aún limitada, con beneficios económicos que no han alcanzado las expectativas anunciadas.

La refinería de Dos Bocas —presentada como el símbolo de la soberanía energética— es otro ejemplo contundente de cómo el discurso puede chocar brutalmente con la realidad. El proyecto fue anunciado con un costo inicial cercano a los 8 mil millones de dólares, pero hoy se estima que ha superado los 20 mil millones, es decir, más del doble de lo prometido. Y, aun así, su operación ha estado rodeada de dudas: sin producción, logística cuestionada y ausencia de impactos claros en la reducción del precio de los combustibles. Pero lo más grave no es el dinero. Es el costo humano.

La explosión e incendio de hace unas semanas en la refinería dejó un saldo de cinco personas muertas, el cual no fue un accidente menor: es una tragedia que evidenció fallas en los protocolos básicos de seguridad. Las causas apuntan a acumulación de hidrocarburos, lluvias mal gestionadas y deficiencias estructurales que nunca debieron existir en una obra de esa magnitud.

No era la primera señal de alerta. En Dos Bocas se han registrado múltiples incidentes, incendios y fallas operativas que anticipaban un riesgo creciente. De hecho, se tiene registro de por lo menos cuatro accidentes serios dentro de la refinería, lo que confirma un patrón preocupante en materia de seguridad industrial y control operativo. Y lo más inquietante es que las comunidades cercanas también están expuestas.

Esto ya no es solo un tema de mala planeación. Es un problema de seguridad. Cuando una obra pública no solo pierde dinero, sino que también pone en riesgo vidas humanas, deja de ser un proyecto fallido y se convierte en una amenaza.

Lo mismo ocurre con el resto de las obras faraónicas: el aeropuerto, la aerolínea estatal y los megaproyectos que no generan valor, pero sí pérdidas constantes. El patrón es claro: sobrecostos, opacidad, baja utilidad social y beneficios concentrados en unos cuantos. Son obras pensadas para el poder, no para la gente.

México no necesita monumentos políticos. Necesita infraestructura útil, segura y transparente. Porque cuando el poder construye sin responsabilidad, el resultado no es desarrollo. Es tragedia.

Presidente Nacional del PRI

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