Hay momentos en la historia de un país en los que la realidad obliga a dejar de maquillar las palabras. México vive uno de ellos. Lo que hoy enfrentamos —cierre de empresas, pérdida de empleos, inseguridad desbordada, corrupción sistemática, deterioro de los servicios públicos y encarecimiento brutal del costo de vida— no puede seguir explicándose como “errores”, “curvas de aprendizaje” o “fallas técnicas”. No. Es un patrón. Es una forma de ejercer el poder. Es, simple y llanamente, la manera en que Morena mal gobierna.
El deterioro económico no es una casualidad. Miles de negocios han cerrado en los últimos años, no sólo por factores globales, sino por un entorno interno hostil: incertidumbre jurídica, persecución fiscal selectiva, regulaciones erráticas y un discurso constante contra la iniciativa privada. Cada empresa que baja la cortina no es una cifra abstracta: son familias sin ingreso, comunidades debilitadas y regiones enteras perdiendo dinamismo productivo.
En paralelo, la crisis de inseguridad se ha convertido en una herida abierta. No se trata únicamente de incapacidad operativa; el problema es más profundo. La percepción social —cada vez más extendida— es que existen acuerdos en lo oscurito con grupos criminales que terminan por entregar territorios, economías locales y la tranquilidad de millones de mexicanos. Cuando el Estado renuncia a ejercer su fuerza legítima, alguien más ocupa ese espacio.
A esto se suma una corrupción que ya no es excepción, sino la regla. El llamado “huachicol fiscal” se volvió una figura funcional para justificar esquemas que terminan debilitando a Pemex y drenando recursos públicos. Bajo el discurso de combatir viejos vicios, se han construido nuevos mecanismos de opacidad que permiten desviar recursos sin controles reales. La narrativa anticorrupción terminó siendo, paradójicamente, el mejor blindaje para prácticas corruptas.
Los proyectos faraónicos merecen capítulo aparte. Obras multimillonarias que prometían ser motores de desarrollo hoy muestran fallas estructurales, sobrecostos, subutilización y, lo más grave, pérdidas humanas. Cuando la planeación se sustituye por propaganda y la técnica por lealtad política, los resultados no son progreso: son tragedias. Y mientras tanto, los responsables de alto nivel rara vez enfrentan consecuencias.
El sistema de salud refleja quizá el rostro más doloroso del fracaso gubernamental. Hospitales sin médicos, clínicas sin medicinas, equipos sin mantenimiento y personal trabajando al límite. El derecho constitucional a la salud se ha convertido en una promesa vacía para millones de mexicanos que hoy deben elegir entre endeudarse o resignarse a no recibir atención.
En la mesa de todos los hogares, el golpe también es evidente. El aumento sostenido en alimentos, transporte, energía y servicios básicos ha erosionado el poder adquisitivo. No es percepción: es la realidad cotidiana de familias que cada mes pueden comprar menos con el mismo ingreso.
Y frente a todo esto, la respuesta oficial suele ser la misma: minimizar, negar o culpar al pasado. Pero llega un punto en el que el pasado deja de ser excusa y el presente exige responsabilidades.
Por eso hay que decirlo con claridad: no son errores. No son accidentes administrativos. No son fallas aisladas. Es un modelo de gobierno basado en la concentración de poder, la improvisación, la politización de la administración pública y la sustitución de resultados por narrativa.
Morena no “se equivoca” ocasionalmente. Morena desgobierna así. México merece más que eso. Mucho más.
Presidente Nacional del PRI

