Hay gobiernos que llegan al poder para resolver los desafíos de su tiempo. Y hay otros que, incapaces de entender la complejidad del país que gobiernan, terminan agravando cada problema que tocan. La historia reciente de México bajo los gobiernos de Morena parece pertenecer dolorosamente a esta segunda categoría.

Lejos de construir soluciones duraderas, los llamados “gobiernos de la transformación” han terminado multiplicando las crisis que prometieron resolver. El resultado es un país donde la inseguridad se ha desbordado, donde la economía camina con fragilidad y donde millones de mexicanos comienzan a perder la esperanza de que el futuro pueda ser mejor que el presente.

La delincuencia organizada se ha expandido a niveles que hace apenas unos años parecían impensables. Regiones enteras del país viven bajo la sombra de grupos criminales que operan con una libertad alarmante. Mientras tanto, desde el poder se insiste en narrativas que minimizan la gravedad del problema o que pretenden explicarlo con discursos ideológicos.

En el terreno económico, la situación tampoco inspira confianza. La inversión productiva observa al país con creciente cautela. La incertidumbre jurídica, las decisiones improvisadas y la hostilidad abierta hacia sectores productivos han erosionado la confianza que tanto costó construir durante décadas.

Esta fragilidad golpea con especial dureza a los jóvenes. El desempleo juvenil crece silenciosamente mientras miles de egresados descubren que el país no tiene oportunidades suficientes para ellos. Una generación entera corre el riesgo de quedar atrapada entre la precariedad laboral y la frustración social. No hay desarrollo posible cuando el talento joven encuentra más obstáculos que caminos.

A esto se suma el encarecimiento constante de los insumos básicos. Para millones de familias, surtir el carrito del supermercado o pagar servicios esenciales se ha convertido en un desafío cada vez más difícil. La inflación en productos fundamentales erosiona el ingreso familiar mientras el discurso oficial insiste en que todo marcha bien.

El deterioro educativo es otro de los grandes pasivos de esta etapa. Las políticas improvisadas, los experimentos ideológicos y la falta de inversión real han debilitado la calidad del sistema educativo. El resultado es devastador: millones de niñas y niños que reciben una formación cada vez más precaria y que enfrentarán un futuro con menos herramientas para competir en un mundo cada vez más exigente.

Mientras tanto, la infraestructura del país envejece y se deteriora sin mantenimiento suficiente y Pemex, que durante décadas fue símbolo de la capacidad energética del país, hoy enfrenta una situación financiera crítica.

Incapaz de resolver los problemas que son responsabilidad directa del gobierno federal, Morena ahora pretende intervenir en el régimen municipal y en las competencias de los estados. Es una señal peligrosa: cuando un gobierno fracasa en su ámbito natural, suele intentar concentrar aún más poder.

La paradoja es evidente. Un gobierno señalado por la corrupción, la ineficacia administrativa, el derroche presupuestal y el debilitamiento institucional pretende ahora erigirse como juez moral del resto del sistema político. Como si quienes han administrado el país con resultados tan nefastos pudieran dar lecciones de ética pública.

Gobernar no consiste en repartir culpas ni en fabricar enemigos. Gobernar significa asumir responsabilidades, construir instituciones sólidas y ofrecer resultados concretos a la ciudadanía. Y hasta ahora, Morena ha demostrado que, más que atender los problemas de México, se ha especializado en crearlos.

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