¿Una nueva Sedena?

Alejandro Hope

No se ve mal el proyecto. Camina en la dirección de homologar nuestra estructura de defensa a la existente en la mayoría de los países del mundo

La Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) acaba de anunciar un ambicioso proyecto de reorganización administrativa y operativa. El proceso tiene múltiples componentes y varias fases, pero arrancó con la creación de una Comandancia del Ejército Mexicano y el nombramiento de su primer titular.

De primer golpe, esto puede sonar extraño ¿Por qué se necesita un comandante del Ejército? ¿No ejerce ya esa función el secretario de la Defensa Nacional? Sí, pero ese es el problema. Así lo explicó la Sedena en una nota informativa distribuida el pasado viernes: “la Secretaría de la Defensa Nacional cumple una doble función, una como Secretaría de Estado y otra como Cuartel General Superior del Ejército; además, el Secretario de la Defensa Nacional tiene una triple función: como Secretario de Estado, como Alto Mando para ejercer el control conjunto del Ejército y la Fuerza Aérea y finalmente como Comandante del Ejército Mexicano.”

En comparación internacional, ese arreglo es una anomalía de nuestra institucionalidad militar. En la mayor parte del mundo, existe una separación funcional de las tareas políticas, administrativas y operativas del sector defensa. Existe un ministerio, presidido habitualmente por un civil y dotado de un aparato administrativo similar al de otros ministerios. Pero opera asimismo un estado mayor conjunto de las fuerzas armadas, con funciones claves en materia de planeación, estrategia y operación. Existe además una comandancia general de cada uno de los servicios (Ejército, Marina Armada y Fuerza Aérea).

Así no han funcionado las cosas en México. De arranque, tenemos dos secretarías militares (Sedena y Semar). No existe un estado mayor conjunto de las fuerzas armadas. Y hasta la semana pasada, solo la Fuerza Aérea tenía un comandante general (distinto del titular de la dependencia).

Esa estructura genera varias dificultades, desde las protocolarias (¿quién es, por ejemplo, la contraparte mexicana de ministros de defensa extranjeros?) hasta las sustantivas (no hay un espacio institucional para la planeación conjunta de la política de defensa), sin obviar las políticas (no se puede remover de su cargo al comandante del Ejército sin quitar al secretario de la Defensa Nacional).

La reorganización de la Sedena busca cerrar la brecha que existe entre nuestra estructura militar y la existente en otros países. Además de crear una comandancia del Ejército, transformaría al Estado Mayor de la Defensa Nacional en un estado mayor conjunto y se complementaría con cambios en el organigrama que separen con mucho mayor precisión la gestión administrativa y el mando operativo.

En términos generales, no se ve mal el proyecto. Camina en la dirección de homologar nuestra estructura de defensa a la existente en la mayoría de los países del mundo. 

Lo complicado vendrá en lo que el alto mando militar describe (en un documento circulado hace algunas semanas) como segunda etapa del proyecto: la reubicación de la Guardia Nacional de la SSPC a la Sedena. Eso requiere una reforma constitucional mayúscula y, por tanto, una mayoría calificada en el Congreso. No veo razón para que la oposición le regale al gobierno un triunfo legislativo de ese tamaño y menos en un tema que implica traicionar uno de los pocos acuerdos entre la administración y sus críticos en tres años.

Por ello, no creo que se llegue a esa segunda etapa. Pero la primera abre una posibilidad interesante: la separación de las funciones administrativas y operativas en la Sedena hace mucho más sencillo nombrar un civil como secretario de la Defensa Nacional. No sé si ese es el objetivo del general Sandoval, pero la implicación parece ineludible.

No es tema menor. 


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