Un suicidio invisible

Alejandro Hope

Hay millones de personas que enfrentan padecimientos de salud mental y que nunca se atienden. No es prioridad para las instituciones públicas

Este fin de semana hubo conmoción en mi barrio. Un fuerte olor salía de una casa medio desvencijada y en la cual no contestaba nadie. Temiendo una fuga de gas, unas vecinas llamaron a los servicios de emergencia.

Al parecer, los bomberos y la policía llegaron rápidamente. Pero al entrar (supongo que forzando la cerradura, pero no lo sé del todo), se toparon con una terrible sorpresa: lo que había en esa casa no era una parrilla mal apagada o un calentador descompuesto, sino un hombre muerto, con una pistola en mano y un tiro en la cabeza.

De la víctima de este aparente suicidio, nadie en la colonia sabía gran cosa. Era, según contaron algunos vecinos, un adulto mayor que vivía solo, salía poco y rara vez recibía visitas. Su casa lucía casi abandonada, con los muros descarapelados y los vidrios opacos de tanto polvo. Nadie le conocía un familiar y las interacciones con el rumbo eran más bien limitadas ¿Qué hacía? ¿De qué vivía? Ni la menor idea.

Este caso es triste, pero ciertamente no es único. En 2020, se registraron 7,896 suicidios en todo el país, de acuerdo a información del INEGI. Esa cifra ha venido creciendo a lo largo de la última década. En términos absolutos, el número de suicidios en 2020 fue 57% mayor al registrado en 2010. En términos relativos, la tasa de suicidio por 100 mil habitantes aumentó de 4.5 a 6.2 a lo largo del mismo periodo.

Al igual que en el caso del homicidio, la muerte por lesiones autoinfligidas es un fenómeno mucho más frecuente entre hombres que entre mujeres. La tasa de suicidio en la población masculina es cinco veces mayor que la registrada en la población femenina.

Existen asimismo diferencias regionales notables. En Chihuahua, la tasa de suicidio en 2020 fue de 14 por 100 mil habitantes, mientras que en Guerrero fue de apenas 2 por 100 mil habitantes. La urbanización y el desarrollo relativo de las entidades federativas pueden explicar la ubicación en ese mapa del suicidio, pero la asociación no es enteramente clara.

En la parte baja de la tabla, donde los suicidios son menos frecuentes, tienden a ubicarse entidades federativas más rurales (los últimos cinco lugares están ocupados por Oaxaca, Chiapas, Hidalgo, Veracruz y Guerrero). La parte alta es un poco más heterogénea, pero tiende a estar ocupada (con excepciones) por estados del centro y norte del país (los primeros cinco lugares son Chihuahua, Aguascalientes, Yucatán, Sonora y Coahuila). Pero, notablemente, la Ciudad de México, el Estado de México y Nuevo León se ubican debajo de la media nacional.

En comparación internacional, la prevalencia del suicidio en México es relativamente baja. De acuerdo a datos de la Organización Mundial de la Salud, la tasa de suicidio en Europa, se ubica en 10.5 por 100 mil habitantes y en Estados Unidos, en 16.1 por 100 mil.

Pero, aun así, la trayectoria en México es preocupante y revela un problema creciente de salud mental. De acuerdo a cifras de la Secretaría de Salud correspondientes a 2019, se registraron en el sistema nacional de salud 99.7 casos nuevos de depresión por 100 mil habitantes. Eso es probablemente solo la punta del iceberg: hay millones de personas en México que enfrentan padecimientos de salud mental y que nunca se atienden.

Este es un tema que no es ni ha sido prioridad de las instituciones públicas. De acuerdo a un reporte de Funsalud, solo 2% del presupuesto del sector se dedica a la atención de la salud mental y de ese total, 80% va a hospitales. En consencuencia, la mayoría de las personas que lo requieren no encuentra atención en el sistema público.

El resultado es el que conmocionó a mi barrio en estos días: sufrimiento invisible y muertes innecesarias.

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