Los legados del 11-S

Alejandro Hope

En muchas dimensiones, el mundo era mejor antes de que cayeran las torres gemelas

¿Todo cambió el 11 de septiembre de 2001?

En la inmediata penumbra de los atentados, con la zona cero aun oliendo a muerte, esa fue la interpretación de consenso: la vulneración del territorio de Estados Unidos iba a poner fin a la globalización sin trabas que había marcado el crepúsculo del siglo XX, además de obligar a un realineamiento de todos los países del planeta, a favor o en contra de la potencia hegemónica. Después del 11-S, los estadounidenses no se sentarían a esperar el siguiente ataque ni se contentarían son una postura meramente defensiva: saldrían a rehacer el mundo a su imagen y semejanza, empezando con el Medio Oriente y Asia Central, a golpes de poder militar y económico.

A veinte años de distancia, esa lectura parece francamente excesiva. No fue el fin de la globalización ni cambió de fondo la arquitectura geopolítica del planeta. El poderío estadounidense no fue suficiente para rehacer Irak o Afganistán, mucho menos el Medio Oriente, mucho menos el planeta entero.

Pero el evento fue todo menos inocuo. Mucho sí cambió como consecuencias de los atentados. Entre otras cosas, el 11-S:

1. Cambió los alcances del terrorismo. No lo eliminó ciertamente, pero sí lo hizo más local en su mecánica de planeación y ejecución. Los ataques subsiguientes, con las posibles excepciones de los atentados de Madrid y Londres en 2004 y 2005, respectivamente, fueron más inspirados que planeados por grupos extremistas ubicados en el Medio Oriente o Asia Central. Los ataques de París en noviembre de 2016, por ejemplo, respondieron más a un proceso de radicalización de grupos locales que a una conspiración articulada al otro lado del planeta.

2. Amplió exponencialmente las capacidades de vigilancia de las agencias de inteligencia de los países desarrollados y del resto del mundo. Las revelaciones de Edward Snowden sobre el espionaje masivo de la NSA y agencias aliadas hicieron muy poco finalmente para contener el arsenal de inteligencia desplegado tras los ataques del 11-S. Como era de esperarse, ha sido imposible meter al genio de vuelta en la lámpara.

3. Puso a Estados Unidos frente al límite de su poder. En los 90, tras el fin de la Guerra Fría, era común escuchar en Washington argumentos a favor del intervencionismo (humanitario, según algunos). Más aún, persistía una creencia de que se podía rehacer el mundo a precio ganga, confiando fundamentalmente en el poder aéreo y marítimo de Estados Unidos, sin mayor uso de tropas de infantería. Esas teorías quedaron devastadas luego de Afganistán e Irak. Más de fondo, la experiencia del 11-S y sus secuelas bélicas empujaron a Estados Unidos en una dirección más aislacionista. Hace 20 años, se discutía en serio la posibilidad de forzar un cambio de régimen por vía militar en Irán (ya olvídense de Irak). Hoy nadie en Washington defendería públicamente una posición de ese tipo.

4. Endureció la frontera con México. Hasta antes de los atentados, era posible imaginar un acuerdo migratorio amplio. Incluso, no resultaba descabellado suponer que el TLCAN podría evolucionar gradualmente en la dirección de la Unión Europea. Después del 11-S, la frontera siguió abierta y el comercio siguió creciendo, pero la colaboración quedó supeditada a la agenda de seguridad. De hecho, es posible argumentar que el endurecimiento de política mexicana de seguridad a partir de 2006 responde a un intento de convencer a Estados Unidos de que México era un aliado confiable.

En resumen, no todo cambió con el 11-S, pero sí hubo transformaciones significativas y no en sentido positivo. En muchas dimensiones, el mundo era mejor antes de que cayeran las torres gemelas. 

 

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