El lunes pasado, el presidente Andrés Manuel López Obrador tuvo una mañanera inusual. En vez de las habituales bolas blandas que lanzan sus youtuberos favoritos y el guitarreo sin interrupciones ni límite de tiempo, recibió preguntas duras de un periodista serio.

No creo que le haya gustado mucho la experiencia. Jorge Ramos, periodista de Univisión, arrancó con un cuestionamiento sobre los resultados en materia de seguridad:

“Su gobierno está en camino a convertirse en el más violento en la historia moderna de México, más de 86 mil muertos hasta el momento desde que usted tomó posesión, según estas cifras oficiales. Si sigue así, va a haber más muertos que con Peña Nieto y que con Calderón. Los feminicidios, usted lo sabe, lo dijo la semana pasada, siguen en aumento respecto al año anterior. Y fuera de la burbuja de Palacio Nacional, el país no está en paz y tranquilidad, señor presidente. Le están matando casi 100 mexicanos por día, en Aguililla, en Zacatecas, en Reynosa… Mi pregunta es si usted cree que su estrategia de abrazos y no balazos ha sido un verdadero fracaso. Están los muertos, están todos ahí. Y si va a pedir ayuda, porque hasta el momento no se ha podido.”

A esto, el presidente respondió con la mezcla habitual de negación, ofuscación y distracción. Habló de “otros datos” (literalmente), mencionó que la violencia era herencia de otros gobiernos (algo parcialmente cierto, pero que no quita responsabilidad a la administración actual) y trató de desviar la atención hacia otros delitos en los que ha habido una disminución en la incidencia reportada (en parte como producto de la pandemia).

Esas tácticas, tan útiles en otros momentos, no funcionaron en esta ocasión. En este asunto, hay un hecho duro que Jorge Ramos no se cansó de reiterar: la violencia homicida en México se ha mantenido en niveles inaceptables en lo que va del sexenio en curso. Y las actuales autoridades ni siquiera se pueden colgar la medalla de haber cambiado la tendencia: la curva de homicidios se aplanó en el segundo trimestre de 2018, ocho meses antes de la toma de posesión de López Obrador.

¿Es buena noticia que los homicidios no vayan en una tendencia ascendente? Sin duda: sería terrible si la curva mantuviese una tendencia como la de 2008 a 2011 o de 2015 a 2018. Pero eso no quita que sea malísima noticia la rigidez del fenómeno. Sí, hay estabilidad, pero en niveles que resultan impensables en otras partes del planeta. México registra dos veces más homicidios que Estados Unidos, a pesar de tener tres veces menos población. Nuestra tasa de homicidio es cinco veces mayor al promedio mundial. Uno de cada 13 homicidios intencionales en el planeta Tierra (excluyendo países que enfrentan condiciones de guerra civil) se comete en nuestro país.

Lo peor es que entendemos poco sobre el fenómeno homicida en México. Se ha escrito muchísimo sobre el ascenso de la violencia entre 2008 y 2011, muy poco sobre los periodos posteriores. No sabemos por qué disminuyeron los homicidios entre 2011 y 2014, ni por qué ascendieron de nuevo a partir de 2015. Y sobre la estabilidad registrada de 2018 a la fecha, no hay más que balbuceos.

El presidente bien haría en reconocer la complejidad del problema, admitir que lo que se ha hecho hasta ahora (en esta administración y en las anteriores) no ha funcionado, y convocar a una amplia discusión nacional sobre el tema. Creo que eso sería mucho más útil que seguir en la negación.

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