La percepción, el delito y la pandemia

Alejandro Hope

La caída en la incidencia delictiva es producto de la pandemia. Tenemos menos delitos, pero al costo de miles de muertes y la paralización de la economía

Después de un trimestre de interrupción, producto de la pandemia, el INEGI publicó los resultados de la Encuesta Nacional de Seguridad Urbana (ENSU), correspondiente al mes de septiembre.

Y por primera vez en mucho tiempo, la ENSU muestra resultados alentadores. En el conjunto de las 70 zonas urbanas estudiadas, el porcentaje de adultos que afirmó sentirse inseguro en su ciudad disminuyó de 73.4 a 67.8%. Se trata del mejor resultado desde que se empezó a levantar la encuesta en 2013.

En algunas zonas, la mejoría es dramática. En Tláhuac, la percepción de inseguridad pasó de 86.1 a 64.6%. En Pachuca, disminuyó de 64.4% a 52.5%. En Tijuana, la caída fue de 85.6 a 73.6%. Todavía más impresionante, el porcentaje de adultos que señaló sentirse inseguro en La Paz se redujo a la mitad, de 42.3 a 21.8%.

¿A qué se debe este fenómeno? ¿Es resultado de las políticas del gobierno federal? ¿Es la validación de la estrategia emprendida desde diciembre 2018?

No del todo. La respuesta al enigma la proporciona la propia encuesta: la tasa de victimización se desplomó en el primer semestre de 2020. El porcentaje de hogares donde al menos un integrante fue víctima de un delito se ubicó en 21.8%. En la medición previa, correspondiente al segundo semestre de 2019, el porcentaje comparable fue 35.3%.

¿Qué pasó en el primer semestre de 2020 que pudiera producir una caída tan pronunciada en el número de delitos? La pandemia y todo lo que trajo aparejado: las medidas de distanciamiento social, la reducción de la movilidad y el colapso de la actividad económica.

Ese efecto se ve con claridad en el desglose por delito que incluye la ENSU. Por ejemplo, el porcentaje de hogares que fue víctima de un robo o asalto en la calle o el transporte público se cayó casi a la mitad, de 16.1% en la medición previa a 8.5% en este estudio. Es lógico: si la gente se confina, es mucho menos probable que sea asaltada en la calle o en un microbús. Y también hay menos oportunidades de que las casas sean robadas si las familias casi nunca salen de ella. Así lo muestra la encuesta: el robo en casa habitación disminuyó de 6% de los hogares a 3.7%

Por último, está el caso de la extorsión: la disminución fue de 12.6 a 6.4%. Pues sí: con la economía parada y miles de negocios cerrados, ¿a quién van a extorsionar los delincuentes?

Todo cuadra entonces. La gente se siente más segura porque se han registrado menos delitos. Así de simple y así de fácil.

El problema es que la caída en la incidencia delictiva es producto de una causa mala: la pandemia. Tenemos menos delitos, pero al costo de centenares de miles de muertes y la paralización de la economía. No parece un buen trato.

Y, peor aún, no es sostenible: en la medida en que se vaya normalizando nuestra vida social y económica, la actividad delictiva irá regresando a sus niveles habituales. Con ello (y por desgracia), la percepción de inseguridad se ubicará de nuevo dónde estaba antes de la pandemia. Tal vez no de inmediato –la percepción es un indicador rezagado– pero es casi ineludible que el miedo regrese por sus fueros.

La buena noticia de todo esto es que, si hacemos un esfuerzo serio para reducir de manera sustentable la incidencia delictiva, podemos reducir el temor y la angustia que desfigura el rostro de nuestras ciudades y nuestro país.

Eso hay que celebrarlo.

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@ahope71

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