La catástrofe cumple un año

Alejandro Hope

El gobierno busca controlar la narrativa y no el virus

Hasta ayer, el gobierno federal reconocía 2,086,938 casos confirmados de Covid-19. Asimismo, llevaba en sus registros 185,715 decesos provocados por el virus.

Esas cifras subestiman drásticamente el impacto de la epidemia, según los propios análisis de las autoridades sanitarias. De acuerdo a los los resultados preliminares de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición Covid-19 (ENSANUT Covid-19), habría aproximadamente 30 contagios por cada caso confirmado. Eso significaría que casi la mitad de la población mexicana ya se ha infectado.

Por otra parte, el gobierno reconoce que las muertes en exceso de 2020 fueron 2.57 veces mayores que las muertes confirmadas por el virus. Aplicando ese factor al total de decesos acumulados hasta ayer, se llega a un total de 478,000 muertes en exceso. Eso equivale a uno de cada 263 mexicanos.

A esto habría que añadir el colapso económico: el PIB se contrajo 8.5%, la caída más pronunciada desde 1932. Y no se puede obviar tampoco el desastre educativo: de acuerdo a la organización Mexicanos Primero, 6 millones de niños y jóvenes habrían abandonado el sistema escolar como resultado de la pandemia.

Por donde se mire, el país ha vivido una catástrofe en el último año, cuyas secuelas perdurarán por mucho tiempo. Sobre ese hecho, ya no hay debate posible.

Se puede discutir si otro destino era posible, si una combinación distinta de políticas públicas habría producido otro resultado. Por ahora, las comparaciones internacionales no favorecen a las interpretaciones fatalistas: México está en los primeros lugares del planeta en número de muertes en exceso y en los últimos en términos de desempeño económico. Otros países hicieron otras cosas y tuvieron otros desenlaces.

Tal vez en el futuro surja alguna evidencia que suavice el juicio sobre el desempeño del gobierno durante la pandemia. Lo dudo: cuando se haga un recuento pleno de los daños, el veredicto de la historia probablemente será brutal.

Sobre el presidente Andrés Manuel López Obrador y el equipo encargado de enfrentar a la pandemia, empezando por el doctor Hugo López-Gatell, van a pesar como losa todos los intentos por minimizar el riesgo que enfrentaba el país.

Cuando algún historiador futuro narre estos meses de horror, inevitablemente aparecerá el presidente, declarando el 28 de febrero de 2020 que “[el coronavirus] no es, según la información que se tiene, algo terrible, fatal. Ni siquiera es equivalente a la influenza”. Y allí estarán todas las declaraciones presidenciales de que la pandemia estaba domada y la curva se había aplanado, la primera registrada el 27 de abril cuando solo iban en la cuenta 1,732 decesos confirmados. 

Estará también López-Gatell jugándole al sofista con el tema del cubrebocas o las pruebas diagnósticas o el semáforo epidémico. O haciendo pronósticos grotescamente erróneos sobre el número de contagios y muertes. O presumiendo de camas vacías cuando miles morían en casa.

El episodio más reciente, el de la vacunación, difícilmente va a cambiar el feroz juicio de la historia. El canciller Marcelo Ebrard ya hablaba de “misión cumplida” cuando no se había recibido una sola vacuna y no se ha cansado de darse palmadas autocelebratorias cada vez que llega un envío, por minúsculo que sea, sin importar que no se ha podido inmunizar a medias ni al 2% de la población en dos meses.

Ya hay que decir las cosas por su nombre: frente a la peor catástrofe en un siglo, el gobierno de la República se ha comportado con inexplicable parsimonia, sin el sentido de urgencia que demandaba la crisis, buscando controlar la narrativa y no el virus, sin decirle al país la verdad sobre la emergencia.
Eso no se va a olvidar. 

Twitter: @ahope71

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