Elogio de lo local

Alejandro Hope

No hay un problema de seguridad. Hay muchos problemas de seguridad y la distribución de esos problemas es extraordinariamente heterogénea. Pensar en una “estrategia de seguridad”, concebida en glorioso singular, es un despropósito absoluto

Digamos que usted habita en Coatzacoalcos, Veracruz. Lo más probable es que viva con temor constante y persistente a ser víctima de un delito: según la más reciente Encuesta Nacional de Seguridad Urbana (ENSU), elaborada por el Inegi, 91% de sus vecinos se sienten inseguros en su ciudad.

Ese miedo es todo menos irracional. La tasa de homicidios en Coatzacoalcos en 2019 fue 58 por 100 mil habitantes, el doble de la tasa nacional y 42% mayor que el nivel prevaleciente en el estado de Veracruz. Además, los tiroteos son parte del paisaje: de acuerdo con la ENSU, los integrantes de uno de cada tres hogares de Coatzacoalcos escucharon disparos frecuentes en el primer semestre de 2020.

Pero si se trata de robos, su riesgo está por debajo del promedio. En el primer semestre de 2020, según la ENSU, hubo al menos una víctima de robo en la calle o asalto en el transporte público en 5.3% de los hogares de Coatzacoalcos. En el agregado de las 70 ciudades cubiertas por la encuesta, el promedio fue 8.5%.

Ahora, imagine que usted se muda a Aguascalientes. De arranque, va a notar que sus vecinos se sienten mucho más seguros. De acuerdo con la ENSU, solo un poco más de la mitad (51.4%) de los habitantes de esa ciudad afirmó sentirse inseguro. Y sí, el riesgo de ser asesinado es mucho menor: la tasa de homicidio en esa ciudad fue de 8 por 100 mil habitantes, 3.5 veces menos que la tasa nacional y siete veces menos que en Coatzacoalcos.

Pero resulta que, en Aguascalientes, una tercera parte de los hogares fue víctima de al menos un delito en el primer semestre de 2020, contra 17.8% en Coatzacoalcos. En Aguascalientes, 6.3% de los hogares tiene a un integrante que fue víctima de un robo en la calle o un asalto en el transporte público, contra 5.3% en Coatzacoalcos. Y si se considera el robo de autopartes, el riesgo en Aguascalientes es ocho veces mayor al de Coatzacoalcos.

Todo esto sirve para decir algo que es obvio, pero que a veces se nos olvida: no hay un problema de seguridad. Hay muchos problemas de seguridad y la distribución de esos problemas es extraordinariamente heterogénea en el territorio. Eso significa que pensar en una “estrategia de seguridad”, concebida en glorioso singular, es un despropósito absoluto.

La apuesta no puede ser por las soluciones grandotas, por la estrategia nacional perfectamente geométrica que atienda todo el fenómeno desde todos los ángulos. La jugada tiene que pasar más bien por dar soluciones concretas a problemas específicos, construidas desde lo local, descubiertas a fuerza de ensayo y error.

En Coatzacoalcos, atender la violencia letal parecería una prioridad absoluta. Pero ese no es el caso en Aguascalientes: allí la evidencia parece sugerir que la prioridad debería de ser la atención a diversas modalidades de robo. Y no hay una receta única para resolver esos problemas: la respuesta depende de las características específicas de cada comunidad, su estructura socioeconómica, su legado institucional o incluso sus peculiaridades geográficas.

De allí la importancia crucial de contar con policía local. El mando puede ser municipal, estatal o incluso federal, pero lo crucial es que la policía esté inserta en la comunidad. Solo a nivel de calle pueden entenderse los problemas específicos y ensayar respuestas concretas.

Si en esto ha de haber una política nacional, debería concentrarse menos en construir una corporación federal que haga labores sustitutivas de las policías locales y más en garantizar que todas las policías del país cuenten con mínimos suficientes para atender los retos puntuales de cada comunidad.

¿Cómo hacer esto? El miércoles les platico una idea. 

 

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