¿No sabes quién es el muerto, soldadito de Bolivia? De Barrientos a Añez, de Johnson a Macri 

Alejandro Espinosa Yáñez

Soldadito de Bolivia,
soldadito boliviano,
armado vas de tu rifle,
que es un rifle americano,
soldadito de Bolivia,
que es un rifle americano. 
Te lo dio el señor Barrientos,
soldadito boliviano,
regalo de míster Johnson,
para matar a tu hermano,  
para matar a tu hermano.

 
Así escribía el poeta cubano Nicolás Guillén, para referirse a esos días aciagos de fines de los sesenta, aludiendo a la intervención constante y sonante de Estados Unidos en la región, a la captura y asesinato de Ernesto Che Guevara, como preámbulo claro del autoritarismo que dominaría América Latina, y de la acción colectiva emancipadora, que aquí sólo anotamos. 
Cambiemos los personajes y los momentos de la historia. Pongamos, por ejemplo, que las armas proceden de Ecuador y Argentina, para la señora Jeanine Añez, regalos o préstamos (cándidamente así rotulados) de Lenin Moreno y Mauricio Macri, ahora ex presidentes de Ecuador y Argentina. Por cierto, en los primeros días de noviembre de 2019, ambos políticos –entre otros- reconocían a la golpista, con argumentos variopintos: autoridad, para dar estabilidad al pueblo boliviano, porque Evo Morales se fue, “dimitió” (sin hacer referencia en ningún momento a que los mandos militares bolivianos le exigieron su renuncia, a punta de pistola, no de otra forma, y con el guiño de la Organización de Estados Americanos, presidida por Luis Almagro).  

En medio de estos dos hechos históricos (la Bolivia de los sesentas y la de 2019), está la experiencia de las dictaduras en América Latina, y para encarar la efervescencia social, la aplicación del Plan Cóndor en los setenta, un ejercicio regional de cooperación. Los gobiernos, perdón, las dictaduras argentina, boliviana, brasileña, chilena, paraguaya y de Uruguay jugaron un papel activo, aunque siempre administrado por los gobiernos de Estados Unidos –republicanos y demócratas, en esta tarea estratégicamente fundidos-. En nuestros días, no escindamos la desestabilización en Cuba, que ocupa un lugar de primera plana en los medios hegemónicos, mientras que los hechos en Bolivia hay que buscarlos con lupa). 

Siempre aparece, como una mala broma, la cuestión de la democracia. Ilustremos para ello con las palabras de Macri, cuando se refería a J. Añez como “presidenta electa de Bolivia”. Ni un solo voto medió en la tragedia, sí las armas y balas enviadas en los nuevos vuelos de la muerte. Los originales vuelos de la muerte transportaban a muchachas y muchachos, y a las madres de estas y estos chicos, sedados por inyecciones (pentotal sódico), para arrojarlos al mar, es decir, asesinarlos y borrar las huellas del crimen. Las evidencias múltiples develaron los asesinatos, como acción concertada; ahora, en el caso que nos ocupa, se llevaba armamento, regalo de los presidentes citados a la señora Añez y sus cómplices, para dotar a los soldados de Bolivia de los recursos materiales (mediados por la acción política) para amedrentar y asesinar a sus hermanos. En nuestro presente también hay evidencias de la acción concertada. Traje a la medida a los personajes del drama que costó la vida a muchos bolivianos y dejó mutilados a otros. A pesar de ello, las fuerzas opuestas a Añez, y a su caterva de acompañantes, ganaron las elecciones, es decir, allí la gente sí votó.  “Soldadito de Bolivia, soldadito boliviano”.  

En la cadena inicial de responsabilidades se encuentran los gobiernos de Estados Unidos, Gran Bretaña, Brasil, Ecuador (se alude a 5.500 granadas y 2.949 proyectiles en noviembre de 2019), Argentina (ahora evidente con documentos, aparte de lo que era voz pública de la acción hormiga de tráfico de armas en el norte argentino –Jujuy-. Las autoridades bolivianas detallan la llegada en un avión Hércules desde Argentina de 40.000 cartuchos AT 12/70; 18 gases lacrimógenos en spray MK-9; 05 gases lacrimógenos en spray MK-4; 50 granadas de gas CN; 10 granadas de gas CS; 52 granadas de gas HC). Por otra parte, en la Agencia Nacional de Materiales Controlados (gobierno argentino), se alude a “10 pistolas semiautomáticas; 2 escopetas de repetición; 5 carabinas automáticas; 2 ametralladoras; 2 fusiles de repetición; 12 chalecos antibalas; 12 cascos balísticos…8.820 municiones de distintos calibres”, entre otros. Metamos incluso, para ver el tamaño de la farsa, al autoproclamado presidente venezolano J. Guaidó, por el que no hubo un solo voto, pero se sumó a la comparsa de la Operación Cóndor bis.  

En México se utiliza una expresión muy popular: “tanto peca el que mata la vaca, como el que le agarra la pata”. Formalicemos el dicho popular, recordando al gran periodista argentino Rodolfo Walsh, asesinado por la dictadura: “En esos enunciados se agota la ficción de bandas de derecha, presuntas herederas de las 3 A de López Rega, capaces de atravesar la mayor guarnición del país en camiones militares, de alfombrar de muertos el Río de la Plata o de arrojar prisioneros al mar desde los transportes de la Primera Brigada Aérea, sin que se enteren el general Videla, el almirante Massera o el brigadier Agosti” (Walsh). Se enteraron los jefes militares bolivianos que recibieron el armamento, aunque quizá no los que usaron de manera letal, como tampoco los que lo padecieron. En la historia reciente argentina: ¿quiénes son responsables, quiénes estaban informados, voltearon hacia otro lado o asumimos con ingenuidad que no se enteraron?  

Ya hay denuncias penales por acciones de lesa humanidad –que no prescriben- y el contrabando ilegal de armas, a las en ese momento autoridades argentinas responsables. Al tiempo. 
 
UAM Xochimilco 

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