Este texto se construye parcialmente a partir de un corpus documental excepcional: los testimonios y denuncias de George W. Williams, Roger Casement, Arthur Conan Doyle y Mark Twain, reunidos en torno a La tragedia del Congo. Lejos de ser una pieza literaria o una reconstrucción distante, se trata de un archivo moral de la violencia colonial: una acumulación de evidencias, relatos y acusaciones que exponen, sin mediaciones, la brutalidad sistemática ejercida contra la población negra en el contexto del dominio europeo en África.
Lo que aquí se presenta no es interpretación en sentido estricto, sino la restitución de una voz histórica sofocada, donde la violencia no aparece como exceso sino como método: mutilaciones, despojo, esclavización, terror sexualizado y exterminio como engranajes de una economía -la del caucho- y de un orden racial global. La actualidad de estos testimonios no radica sólo en su fuerza narrativa, sino en su persistente incomodidad: obligan a mirar de frente un pasado que, como se verá al final de este texto, sigue siendo objeto de disputa, negación y cálculo político en el presente.
Vamos al texto, retomando citas escogidas de la aportación del Coronel Geo. W. Williams, Estados Unidos, 1890.
“Stanley estaba preparado para lo que tenía que hacer. En Londres había comprado cierto número de baterías eléctricas que, al fijarlas en el brazo por debajo de la casaca, se comunicaban con una cinta que pasaba por la palma de la mano del hermano blanco, y cuando éste daba al hermano negro un cordial apretón de manos, el hermano negro se quedaba muy sorprendido ante la gran fuerza del hermano blanco, porque lo dejaba tambaleándose con sólo darle la mano de la fraternidad. Cuando el nativo preguntaba acerca de la disparidad de fuerza entre su hermano blanco y él, se le decía que el hombre blanco era capaz de arrancar árboles y realizar las más asombrosas demostraciones de fuerza. Después venía el número de la lupa. El hermano blanco sacaba un cigarro del bolsillo, de un mordisco le arrancaba la cabeza con aire despreocupado, interponía la lupa entre el puro y el sol, y se lo fumaba complacido, para gran sorpresa y terror de su hermano negro. El hombre blanco explicaba entonces su íntima relación con el sol y afirmaba que, si le resultara necesario pedirle que quemara la aldea de su hermano negro, éste la quemaría”.
No se trataba solamente de dominación material. Era una pedagogía del terror, una escenificación de poder que combinaba tecnología, engaño y violencia simbólica para justificar la subordinación absoluta.
“Los nativos del Congo, en lugar de ‘adoptar el amparo y la acogida’ del Gobierno de Vuestra Majestad, se quejan de que les han arrebatado sus tierras por la fuerza, de que el Gobierno es cruel y arbitrario, y afirman que ni aman ni respetan al Gobierno y a su bandera. El Gobierno de Vuestra Majestad les ha embargado la tierra, quemado los poblados, robado sus propiedades, esclavizado a sus mujeres y niños, y cometido otros crímenes, demasiado numerosos para mencionarlos en detalle. Es natural que en todas partes retrocedan horrorizados ante el ‘amparo y la acogida’ que el Gobierno de Vuestra Majestad les brinda con tanta avidez […] He oído a un oficial del Ejército belga defender la causa de un hombre blanco de baja graduación que era culpable de golpear y apuñalar a un negro, para lo que presentó la distinción de razas y los prejuicios como motivos suficientes por los que su cliente debía ser absuelto”.
El racismo no era un subproducto: era el fundamento jurídico y moral de la impunidad. “El Gobierno de Vuestra Majestad es excesivamente cruel con sus prisioneros, y los condena, por las infracciones más leves, a la cadena de presos, algo que no ocurre con ningún otro Gobierno del mundo civilizado o sin civilizar. Estas cadenas para bueyes se clavan en los cuellos de los prisioneros y les producen úlceras, alrededor de las cuales se posan las moscas, agravando la llaga supurante; de manera que el prisionero siempre está doliente. A estas pobres criaturas se las suele azotar con un pedazo seco de piel de hipopótamo que se llama chicote, y la sangre suele fluir con cada golpe, cuando se sabe emplear. Las crueldades infligidas a soldados y trabajadores no pueden ni compararse con los sufrimientos de los pobres nativos a los que, bajo el más mínimo pretexto, arrojan a las miserables prisiones del Alto Congo”.
“Se importan mujeres al Gobierno de Vuestra Majestad con fines inmorales. Se introducen de dos maneras: se envían hombres negros a la costa portuguesa, donde contratan a las mujeres como amantes de los hombres blancos, quienes abonan al proxeneta una suma mensual. El otro método consiste en capturar mujeres nativas y condenarlas a siete años de servicio por algún delito imaginario cometido contra el Estado, del que se acusa a las aldeas de las mujeres. Después el Estado alquila esas mujeres al mayor postor, siendo los primeros en elegir los oficiales, y luego el resto de los hombres. Cuando nacen niños de estas relaciones, el Estado mantiene que como la mujer es de su propiedad, el niño también lo es […] Sólo pronunciar el nombre de Henry M. Stanley provoca escalofríos entre estas gentes sencillas; recuerdan sus promesas rotas, sus abundantes groserías, su mal carácter, sus fuertes golpes, sus duras y rigurosas medidas, con las que les estafó sus tierras.
Ahora detengámonos en lo que podemos nominar la maquinaria del horror, con base en las aportaciones de Roger Casement.
“En el curso de dichas operaciones se perdieron muchas vidas, y me temo que, además, se practicaba la mutilación general de los muertos, como prueba de que los soldados habían cumplido con su deber. Cada una de las aldeas que visité en la zona del lago, excepto la de Ikoko, donde hubo una misión durante aquellos tiempos revueltos, y otra más, habían sido abandonadas por sus habitantes. La gente acaba de regresar a algunas de esas aldeas; a otras están regresando ahora […] La tragedia del Congo —otra— la de Mwebi— la gente había huido al acercarse mi vapor, y a pesar de lo mucho que gritaron los guías nativos que iban a bordo, diciendo que el vapor pertenecía a una misión, no hubo forma de convencerlos para que volvieran”.
“…sin duda, habían sufrido un “pasado espantoso” a manos de algunos de los funcionarios que lo habían precedido en la administración local, y que llevaría tiempo volver a ganarse la confianza de aquellas gentes. Dijo que a él seguían acudiendo hombres a los que los soldados del Gobierno les habían cortado las manos en aquellos tiempos horribles, y que en el país que nos rodeaba aún había muchas víctimas de esa clase de mutilación. Mientras estuve en el lago conocí de primera mano dos de esos casos. Uno era un joven al que le habían arrancado ambas manos a golpes con la culata del rifle contra un árbol; el otro, un chaval de 11 o 12 años, al que le habían cortado la mano derecha por la muñeca. El niño me describió las circunstancias en las que había sido mutilado y, en respuesta a mi pregunta, me dijo que, aunque entonces estaba herido, notó perfectamente el momento en que le cortaron la muñeca, pero se quedó quieto, sin moverse, por miedo a que lo matasen”.
“…la mujer había salido de la casa de su esposo para obedecer al llamado de la Naturaleza, y que uno de los soldados, pensando que quería huir, le había pegado un tiro en la cabeza”.
Ninguna piedad en la pluma de Casement. Hombre ligado a la diplomacia británica, destaca en su informe que el caucho es la economía de la barbarie. Lo mismo afecta a mujeres que a niños, a los viejos, a los hombres, nadie se salva de la barbarie blanca en general: “Las otras once mujeres, que me señaló, habían sido arrestadas y mantenidas en prisión —según él— con el fin de obligar a sus maridos a aportar la cantidad de caucho que se les exigía para el siguiente día de mercado. Cuando pregunté si era labor femenina recolectar el caucho, me dijo que no, que por supuesto era trabajo de hombres. ‘Entonces, ¿por qué detienen a las mujeres y no a los hombres?’, pregunté. La respuesta fue: ‘¿No ve que si mantengo retenidos a los hombres, nadie recolectaría el caucho? Pero, si arresto a sus mujeres, los maridos están ansiosos por tenerlas de nuevo en casa, y así traen el caucho enseguida y sin escatimar la cantidad’. Cuando pregunté qué sería de aquellas mujeres si sus maridos no conseguían aportar la cantidad adecuada de caucho para el siguiente día de mercado, enseguida me contestó que allí se quedarían hasta que los hombres las salvaran”.
Las mujeres atadas por el cuello o los tobillos. Así lo describe el autor. Los niños corriendo con la misma miserable suerte: “Por la mañana, cuando estaba a punto de salir hacia Ikanza, llegaron a verme muchas personas de los alrededores. Con ellas traían a tres individuos que habían recibido unas horribles heridas causadas por arma de fuego, dos hombres y un niño muy pequeño, de no más de 6 años, y un cuarto —un chico de 6 o 7— cuya mano derecha había sido cortada a la altura de la muñeca” […] cada quince días habían seguido acudiendo a Mampoko a llevar el caucho de su distrito. Entre ellos había otro chico mutilado (Ibako), al que este mismo centinela, u otro, le había cortado la mano”.
“A tres de aquellos individuos heridos, con posterioridad al primer ataque recibido, les habían cortado las manos; y según todos afirmaron, el culpable era un centinela de la compañía La Lulonga…”
Los hombres no se salvan en esta pedagogía del exterminio. Se le da la palabra a un informante: “—(Nkwabali) Los hombres blancos les decían a sus soldados: ‘Sólo matáis mujeres; no sabéis matar hombres. Debéis demostrar que matáis hombres’. Y entonces, cuando los soldados nos mataban (…) nos cortaban esas partes y se las llevaban a los hombres blancos, quienes les decían: ‘Es verdad, habéis matado hombres’”. No era exceso. Era el procedimiento para inocular el terror.
“—A veces nos mandaban partir y, si el centinela nos encontraba preparando comida para el tiempo que íbamos a pasar en la selva, mataba a tres o cuatro para que nos diésemos prisa (…) A veces nos enviaban a vivir quince días a la selva sin comida (…) y muchos morían de frío y de hambre”.
La memoria incómoda y los votos del presente, podemos titular los acontecimientos recientes. Es decir, todo esto viene a cuento por la resolución histórica, en todos los sentidos, aprobada en la ONU en marzo de 2026, que condena la trata global de esclavos y la esclavitud racializada de africanos, calificándolas como “el crimen de lesa humanidad más grave” de la historia.
El resultado no tuvo consenso. Es sorprendente. Bueno, ingenuidades aparte, lo que pasa en el mundo ya no sorprende a nadie. La resolución fue aprobada con 123 votos a favor. Hubo 52 abstenciones -entre ellas, Alemania y el Reino Unido (con una presencia histórica importante en África)- y tres votos en contra: Estados Unidos, Israel y Argentina. Las abstenciones cuestionaron la definición de la esclavitud como el crimen más grave o las implicaciones de las reparaciones.
Parte del contenido, presentado por Ghana, exige disculpas, justicia reparadora, reparaciones y la restitución de piezas culturales robadas a las naciones africanas y afrodescendientes. Desde la mirada de los más, se apunta a la memoria frente a injusticias históricas, así como a promover la dignidad humana y combatir el racismo sistémico derivado de la trata de esclavos. Sin embargo, frente a esta evidencia histórica -documentada, narrada, sufrida-, emergen las abstenciones y los votos en contra. Llamarlos “votos de odio” es justo, pero quizá insuficiente: votos de negación histórica, votos de impunidad estructural, votos de colonialidad persistente y presente, votos contra la memoria de las víctimas.
Pero como indicamos, el problema no es sólo el pasado. El 25 de mayo de 2020, el asesinato de George Floyd, asfixiado bajo la rodilla de un policía en Minneapolis, volvió a mostrar que la violencia racial no es un vestigio, sino una estructura viva. Su muerte detonó una de las mayores oleadas de protesta global bajo la consigna Black Lives Matter (BLM), una pregunta convertida en grito colectivo. Otro dato para repensar nuestras miserias: a principios de 2025, la población carcelaria en Estados Unidos superaba los 1,8 millones de personas. Los datos más recientes indican que las personas negras, que representan cerca del 12–13% de la población adulta, constituyen aproximadamente entre el 33% y el 40% de los reclusos. En contraste, los blancos, siendo la mayoría demográfica, representan cerca del 30–37% de los encarcelados. La mano larga de los jueces, de la definición de acuerdo al color de la piel. La desproporción no es un accidente estadístico. Es la persistencia de una lógica histórica que, bajo nuevas formas, sigue administrando cuerpos, castigos y vidas. El discurso de poder de la pigmentocracia articulada a la antropología criminal lombrosiana. Bajo estas consideraciones, la pregunta directa, sin anestesia ni retórica, se vuelve insoportable en su evidencia: ¿La vida de los negros importa? Porque lo que se vota -en la ONU o en las calles, en lo más cotidiano- no es sólo una resolución: se vota si ese pasado brutal merece ser reconocido, reparado o, una vez más, silenciado. Y en ese gesto -abstenerse, votar en contra o mirar hacia otro lado- resuena, todavía, el eco de aquellas manos cortadas en el Congo.
Estados Unidos, Israel y Argentina votaron contra una resolución que agrupó a la mayoría de los gobiernos del mundo. Estados Unidos, Israel y Argentina, que bastante tienen que ver, los primeros con el genocidio en Gaza, y el Trío Los miserables con la desestabilización mundial, en este momento dirigiendo la ofensiva hacia Irán. Una historia oscura en los que se asumen como faros de Occidente.
PS. El libro en cuestión lo leí hace algunos años, mucho antes de lo de Floyd, producto de un regalo cumpleañero de mi amigo Inocente Reyes. No había nadie cuando lo leí, y confieso que me estremeció y lloré.
https://youtu.be/CAAuQksDrVU?si=7nc4aG288TLBaG_b
https://youtu.be/3qsRdLXaWBY?si=nMOgKaPLc2bKT4FW
https://youtu.be/4iHpcbTNOrk?si=ykUSjqRlj4xWYqoq
Profesor UAM

