En medio de la creciente tensión internacional en torno a Irán y el Estado de Israel, conviene detenerse un momento y separar cuidadosamente los planos del análisis. El debate público suele simplificarse en exceso: cualquier crítica al Estado de Israel es presentada automáticamente como antisemitismo. Sin embargo, esa identificación no sólo es conceptualmente errónea, sino políticamente peligrosa, porque cancela la posibilidad de comprender la complejidad histórica y geopolítica del conflicto.

La posición oficial de la República Islámica de Irán no se dirige contra el judaísmo como religión ni contra el pueblo judío en cuanto tal, sino contra el Estado de Israel como entidad política que consideran ilegítima. Esta distinción, aunque frecuentemente ignorada en los discursos dominantes, forma parte del propio discurso oficial iraní. De hecho, en Irán el judaísmo es reconocido como una religión minoritaria y existen comunidades judías que continúan viviendo en el país.

Esto no significa minimizar la gravedad de la confrontación política y militar existente. Desde la Revolución Islámica de 1979, la relación entre Irán e Israel ha sido de abierta hostilidad. La dirigencia iraní ha denunciado reiteradamente al “régimen sionista” y ha llamado a su desaparición como estructura estatal. Esa retórica, que suele describir al Estado de Israel como un “tumor canceroso”, forma parte de una confrontación ideológica y geopolítica que se inscribe en un conflicto regional mucho más amplio. No se quedan atrás los políticos de Israel, por ejemplo, Bezalel Smotrich (ministro de finanzas de Israel, 08/2025), cuando señalaba refiriéndose a los palestinos, sin importar edades, “Asedien y déjenlos morir de hambre”. El ejemplo en la acción del genocidio es irrefutable.

Al mismo tiempo, Irán ha apoyado política, financiera y militarmente a organizaciones como Hamás o Hezbolá, que mantienen una lucha directa contra Israel. Este apoyo, que Israel y Estados Unidos consideran parte de una estrategia de desestabilización regional, se presenta desde Teherán como parte de la defensa de la causa palestina. En su momento, el 7 de octubre de 2023, Hamás lanza un ataque terrorista contra población israelí rompiendo todos los límites. Igual, no olvidemos que, como dijo una voz popular, Hamás fue financiado por B. Netanyahu con muchos recursos en dinero e inteligencia, con el fin de debilitar a la Autoridad Nacional Palestina.

En este contexto, no debe olvidarse un hecho histórico fundamental: antes de 1979, bajo el régimen del Sha, Irán mantenía relaciones relativamente normales con Israel. La revolución islámica transformó radicalmente esa relación y colocó el conflicto palestino en el centro de la política exterior iraní. Pero vale destacar un factor clave, explicativo, entre otros, a considerar en el entramado complejo que produce la revolución islámica, dado que el Sha de Irán planteaba tener relaciones diplomáticas con Israel, ergo, su reconocimiento. No es menor este hecho.

Sin embargo, el debate contemporáneo ha introducido un elemento adicional que complica aún más el panorama: la tendencia a identificar cualquier crítica al Estado de Israel con antisemitismo. Esta confusión deliberada no sólo empobrece el análisis político, sino que invisibiliza otras perspectivas posibles sobre el conflicto. Esto incluso en la realidad doméstica de Israel: los críticos radicales frente a Netanyahu, pero que reivindican la necesidad de defender al Estado de Israel, mezclando sionismo y judaísmo, que ellos diferencian, pero que, en el contexto de la guerra, permite el recorrido -subjetividad atravesada- de estas fronteras analíticas.

En la narrativa oficial iraní -con todos los problemas y contradicciones que pueda tener- se insiste precisamente en la distinción entre sionismo y judaísmo. El primero es presentado como una ideología política vinculada a la construcción del Estado de Israel; el segundo, como una tradición religiosa milenaria que merece respeto. Desde esta perspectiva, el conflicto sería político y territorial, no religioso ni étnico.

De acuerdo con esta interpretación, el territorio donde hoy se encuentra el Estado de Israel tiene para el mundo musulmán un carácter profundamente significativo, lo que convierte la cuestión territorial en un elemento central del conflicto. En ese marco, algunos discursos iraníes han planteado incluso la posibilidad de que en ese territorio surja un Estado multiétnico y multirreligioso, en lugar de un Estado definido por una identidad nacional específica.

Por supuesto, este escenario está lejos de concretarse. En 1947, los países árabes rechazaban la propuesta de la ONU de dividir el territorio en dos estados, árabe y judío. Muchos años después, a fines de los años 80, con la Organización para la Liberación de Palestina que se decantaría en la Autoridad Nacional Palestina, se planteaba la posibilidad de dos países para dos pueblos, la coexistencia de dos estados. La realidad geopolítica actual se mueve entre tensiones militares crecientes, discursos de confrontación y alianzas estratégicas que involucran a potencias regionales y globales. Las monarquías del Golfo, por ejemplo, han tendido a alinearse con la estrategia estadounidense en la región, mientras que Irán aparece como uno de los principales polos de resistencia a esa arquitectura de poder. Empero, estas monarquías representan a población musulmana, aunque también se reavivan las diferencias entre sunitas y chiitas, y sus formas de representación religiosa y política, en términos de las formas de gubernamentalidad.

Las declaraciones recientes del presidente estadounidense Donald Trump, calificando a Irán como “una nación completamente decapitada”, y convocando a distintos países a confrontarlo por el control del estrecho de Ormuz, muestran hasta qué punto el conflicto puede escalar en cualquier momento.

En este contexto de tensiones globales, resulta particularmente pertinente recuperar el pensamiento del filósofo latinoamericano Enrique Dussel, recientemente homenajeado en diversos espacios académicos y culturales, como una acción, entre otras, que ponga la atención en los 50 años del golpe cívico-militar en Argentina. Nos referimos específicamente a la transmisión del documental “Dussel: La filosofía es un don para un mundo sin sentido”, México, 2025, Dur.: 90 mins., con la dirección y guión de Cecilia Fiel. Esto lo pudimos apreciar en el siempre hermoso espacio de la Cineteca Nacional.

Dussel dedicó su vida intelectual a pensar la modernidad desde la periferia del sistema mundial. Frente a la tradición dominante, propuso una filosofía de la liberación que buscaba escuchar las voces históricamente silenciadas: los pueblos colonizados, los pobres, los oprimidos.

En uno de sus textos más conocidos escribió: “Quisiera iniciar un diálogo mundial de la filosofía. Parte, es evidente, de la periferia, pero usa todavía el lenguaje del centro. No puede ser de otra manera, como el esclavo que habla la lengua del señor cuando se rebela, o la mujer que se expresa sin saberlo dentro de la ideología machista cuando se libera. Filosofía de la liberación, filosofía postmoderna, popular, feminista, de la juventud, de los oprimidos, de los condenados de la tierra, condenados del mundo y de la historia”.

Esta reflexión resulta especialmente significativa para comprender los conflictos actuales del sistema mundial. La geopolítica contemporánea continúa estructurándose en torno a relaciones de poder profundamente desiguales entre centros y periferias.

En las primeras páginas de su Filosofía de la liberación, Dussel ofrecía una lectura particularmente lúcida de la relación entre guerra, poder y orden mundial: “Desde Heráclito hasta von Clausewitz o Kissinger, ‘la guerra es el origen de todo’, si por todo se entiende el orden o el sistema que el dominador del mundo… controla desde el poder y con los ejércitos. Estamos en guerra y por ello se trata del uso de la razón estratégica”.

La frase resuena con fuerza en el presente. Para Dussel, el sistema mundial moderno no puede comprenderse sin reconocer que el espacio político global está estructurado por relaciones de dominación. El planeta, decía, se convierte en un “espacio ético-político” donde el poder se ejerce bajo el control de los ejércitos y las estructuras económicas.

Desde esta perspectiva, los conflictos contemporáneos -desde Medio Oriente hasta América Latina- no pueden analizarse únicamente como disputas locales. Forman parte de una estructura global de poder en la que algunos actores concentran la capacidad de decisión y otros quedan relegados a posiciones subordinadas. Como se aprecia, destaca la vigencia del pensamiento de Dussel.

En otro pasaje de su obra, Dussel advertía: “La Filosofía de la Liberación es el contradiscurso de la modernidad en crisis… La filosofía moderna eurocéntrica sitúa a todos los pueblos dentro de sus propias fronteras como útiles manipulables […] Espacialmente centro, la subjetividad moderna constituye una periferia y se pregunta con Fernández de Oviedo: ‘¿Son seres humanos los indios?’, es decir, ¿son europeos y por ello animales racionales? Lo de menos fue la respuesta teórica, en cuanto a la respuesta práctica, que es la real, lo seguimos sufriendo todavía: somos sólo la mano de obra, si no irracionales, al menos “bestiales” incultos -porque no tienen la cultura del centro-, salvajes…subdesarrollados”.

La crítica de Dussel al eurocentrismo permite comprender por qué muchos conflictos internacionales se interpretan de manera tan diferente dependiendo del lugar desde el cual se los observe. Lo que para algunos aparece como defensa de la seguridad nacional, para otros se vive como dominación o exclusión (recordemos Cuba, Palestina, Venezuela, Irán).

La cuestión palestina es, en este sentido, uno de los ejemplos más dramáticos de esta disputa de narrativas. Mientras que el discurso dominante en Occidente enfatiza el derecho de Israel a su seguridad, amplios sectores del mundo -especialmente en el Sur Global- perciben el conflicto como un proceso prolongado de desposesión del pueblo palestino. Este desacuerdo profundo explica en parte por qué países como Irán han convertido la causa palestina en un elemento central de su discurso político internacional.

Pero la reflexión no se queda en el terreno de la geopolítica. La obra de Dussel también invita a pensar la dimensión ética de estos conflictos. ¿Cómo construir un orden mundial donde la dignidad humana no dependa de la posición geopolítica de cada pueblo? ¿Cómo evitar que la guerra se convierta, una vez más, en el principio organizador del sistema internacional?

La vida de Dussel estuvo marcada por la convicción de que el pensamiento crítico podía abrir caminos para responder a estas preguntas. Incluso en sus últimos años, a los 87, continuaba escribiendo y trabajando en el cierre de su obra filosófica, particularmente en el campo de la estética.

En cierto modo, su trayectoria intelectual representa una forma de resistencia frente a las narrativas dominantes del poder. Desde América Latina, insistió en que era posible pensar el mundo desde otro lugar, desde otras experiencias históricas, desde otras memorias. Pensar en la alegría, en la vida, tomando distancia del necropoder (la lógica de la muerte).

Hoy, cuando los conflictos internacionales parecen empujar nuevamente al planeta hacia escenarios de confrontación permanente, recuperar ese pensamiento crítico se vuelve más necesario que nunca. Comprender la diferencia entre antisemitismo y crítica al Estado de Israel, analizar la posición de Irán sin caricaturas ideológicas, y reflexionar sobre la estructura global del poder, son tareas indispensables para cualquier debate serio sobre el presente. Trump y sus amigos del alma, y sus socios cercanos -esa élite sin pie en la tierra, que reeditan vulgarmente el “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis”- no están dispuestos a esta tarea reflexiva; son amantes de los muros a cualquier idea diferente a las que proclaman.

La filosofía de la liberación de Dussel no ofrece respuestas fáciles. Pero sí nos recuerda algo fundamental: para entender el mundo, primero debemos atrevernos a mirarlo desde la perspectiva de quienes han quedado fuera del centro de la historia. ¡Ay Dussel, haces falta! Así como hace falta gritar a voz en cuello, frente a los 50 años del golpe militar en Argentina: ¡Nunca más!

(UAM) alexpinosa@hotmail.com

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