Hace 45 años. La larga y oscura noche en Argentina

Alejandro Espinosa Yáñez

Para un lector argentino, familiarizado con su historia, este texto es una repetición de cosas documentadas y lugares comunes. No obstante, una lectura desde México, poniendo atención en la lucha por los derechos humanos desplegada en el sur de América, es pertinente para la propia agenda política mexicana en la materia citada.

Argentina, 24 de marzo de 1976. Comienza la historia del Proceso de Reorganización Nacional. La Junta militar estaría formada inicialmente por Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera y Orlando Ramón Agosti. Estas son las figuras visibles, que materializan el conjunto de la estructura militar y sus líneas de mando. La obediencia, la disciplina, la tortura y la muerte cruzan toda la estructura militar, es decir, los que mandan y los que obedecen, sin que haya una separación en la concepción de las cosas.

Más allá del lado en la historia en que se situaron los actores sociales, fue un día lleno de tensión. Recuerdo la escena, porque lo he escuchado en distintas ocasiones narrada por diferentes voces, de estar al lado de la radio con atención a las noticias y la marcialidad de lo que comenzaría a ser (y hacer, de hechura, de implantación) la vida cotidiana, llenándose de oscuridad la realidad argentina: La Noche de los lápices –La Plata, septiembre 1976- (las bayonetas, la tortura y la desaparición de estudiantes del secundario, el equivalente a la secundaria y el bachillerato en México), la Noche de las corbatas –Mar del Plata, julio 1977- (represión a los abogados defensores de trabajadores y sobre todo los que se habían arriesgado a presentar “hábeas corpus” por la desaparición de personas –la intención era romper la cadena del abastecimiento de información en los recursos jurídicos para enfrentar la dictadura-), como continuidad de un ciclo de democracia-dictadura, pues en julio de 1966 también en Argentina se viviría La Noche de los bastones largos (para destruir la “cueva de marxistas”, era el argumento, en otra noche con otros personajes, en ese momento encabezados por el dictador Juan Carlos Onganía).

Frente a esta cueva de marxistas o de gente que piensa diferente más allá de su filiación política, el escritor uruguayo M. Benedetti recurre a sus armas, la palabra: “Si cada hora viene con su muerte, si el tiempo es una cueva de ladrones, los aires ya no son los buenos aires, la vida es nada más que un blanco móvil” (Por qué cantamos). En esa suerte de lo ordinario, se abría paso el terror como norma, como monopolio legítimo de la violencia física.

Regresemos a 1976, al otoño conosureño. Hablando y actuando. El 24 de marzo de 1976 se instala un centro militar de detención y tortura en las instalaciones de la Ford (Gran Buenos Aires, General Pacheco, para controlar a los destacamentos obreros, lo mismo de la Ford, que de Peugeot y de otras empresas; en la tarea de controlar y disciplinar a la clase obrera no había competencias sino articulaciones, que iban desde la transmisión de información de planta a planta, así como de los centros laborales a las fuerzas militares). Muy elocuentes en ese sentido son las palabras de Videla. Imaginemos la voz que hace temblar todavía a muchas y muchos argentinos: “El uso indiscriminado de la violencia de uno y otro signo, sumió a los habitantes de la Nación en una atmósfera de inseguridad y de temor agobiante”. Esa argumentación se desplegaría a lo largo del denominado Proceso, bajo el supuesto de la teoría de los dos demonios. Un año después de la aventura golpista, en el balance del período, la respuesta del escritor, periodista y militante Rodolfo Walsh  en la emblemática “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar” (https://www.cels.org.ar/common/documentos/CARTAABIERTARODOLFOWALSH.pdf), será contundente: “Las 3 A son hoy las 3 Armas, y la Junta que ustedes presiden no es el fiel de la balanza entre ‘violencias de distintos signos’ ni el árbitro justo entre ‘dos terrorismos’, sino la fuente misma del terror que ha perdido el rumbo y solo puede balbucear el discurso de la muerte”.

Con los militares no había lugar para no tomarlos en serio. De nuevo citamos a Videla: “no solamente es considerado como agresor el que agrede a través de la bomba, del disparo o del secuestro, sino también aquél que en el plano de las ideas quiera cambiar nuestro sistema de vida a través de ideas que son justamente subversivas […] El terrorista no sólo es considerado tal por matar con un arma o colocar una bomba, sino también por activar a través de ideas contrarias a nuestra civilización”, subrayando lo occidental y cristiano. Este planteo de las ideas contrarias a nuestra civilización es un ardid (así como oculta las diferencias y desigualdades sociales, que por cierto en el Proceso se exacerbaron), pues por ejemplo el hijo de Nora Cortiñas, Madre de Plaza de Mayo, Gustavo, participaba en tareas de acción social del padre Carlos Mugica, en la villa 31 de Retiro. Y los sacerdotes y seminaristas palotinos asesinados (cinco víctimas), ciudad de Buenos Aires, julio 1976, en el acomodado barrio de Belgrano y la tortura y asesinato de dos monjas francesas, realizada por Alfredo Astiz, el infiltrado como Gustavo Niño en el movimiento de las Madres de Plaza de Mayo y que señaló a Azucena Villaflor entre otras, para que la secuestraran. En ninguno de estos ejemplos era gente que hubiera escogido las armas, las bombas, el terror, como tampoco activaban ideas contrarias a la civilización, sí al esquema totalitario y de pensamiento único, al modelo de negocios y disciplinario impulsado por la bisagra del poder económico de la oligarquía y el poder político del pensamiento conservador civil y uniformado. En todo caso, era una confrontación desigual entre las fuerzas militares (con todos los recursos del Estado) frente a grupos organizados de la sociedad en donde, incluso en los grupos más radicales, el ideario dominante apuntaba a la disminución de las asimetrías sociales, es decir, al empeño en construir una Argentina socialmente justa.

R. Walsh tiene la brújula exacta para referirse al estado de cosas, en el que juega un papel central la reactualización de la tortura: “El potro, el torno, el despellejamiento en vida, la sierra de los inquisidores medievales reaparecen en los testimonios junto con la picana y el ‘submarino’, el soplete de las actualizaciones contemporáneas”. No es la exaltación del vocabulario, sino una realidad descompuesta –desaparición, tortura, vuelos de la muerte, estos últimos todavía en la actualidad son motivo de estudio riguroso del Equipo Argentino de Antropología Forense-, en la que se agrega a la larga noche argentina la “sistemática ejecución de rehenes en lugares descampados y en horas de la madrugada con el pretexto de fraguados combates e imaginarias tentativas de fuga” (Walsh).

45 años de exigencias sociales en torno a Memoria, Verdad, Justicia. En las historias más íntimas, las luchas por cambiarse el nombre, con el argumento doloroso (Historias desobedientes) que apunta a “ponerle un punto final al gran peso que […] significa arrastrar un apellido teñido de sangre y horror”, “no le permito más ser mi padre”. O en otros casos, también íntimos, las citas con las Abuelas de Plaza de Mayo, para hacerse estudios de ADN, por la duda, esa espina clavada en la subjetividad de sentirse parte de otra historia. No pueden pasar los 45 años así nomás, sin detenernos un momento. Los hijos e hijas de los desaparecidos, por un lado, las hijas e hijos de los genocidas, por otro lado, las hijas e hijos que crecieron con otras familias y que han reencontrado su identidad, todas estas historias que se encuentran y que forman parte de la urdimbre compleja argentina. Las Madres y las Abuelas y las/los hijos, las nietas y nietos recuperados. Cuántas generaciones para recordar que “el cruel no tiene nombre y en cambio tiene nombre su destino” (Benedetti).

Pero al lado de este esfuerzo de una parte de la sociedad, articulada en la consigna Memoria, Verdad, Justicia, se encuentra la respuesta de los grupos conservadores. Acabar con “los curros en derechos humanos”, planteaba como tarea para iniciar la presidencia Mauricio Macri, en diciembre de 2014 (La Nación, 8 diciembre); para él, los derechos humanos como si fueran una fuente de recursos para ganar dinero y/o un engaño para estafar a la gente. Recién el 27 de febrero 2021, frente a la Casa Rosada –el lugar de residencia del titular del poder ejecutivo-, se instalaron bolsas mortuorias con el nombre de referentes de Derechos Humanos (la titular de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carloto, como un ejemplo) y de funcionarios del gobierno. El oficialismo condenó esta exhibición, como una huella del último gobierno golpista, y sus efectos en una sociedad dividida (la famosa brecha tan recurrente en la discusión política argentina). Los efectos del golpe militar siguen presentes en la sociedad argentina. Heridas abiertas que se traducen en posiciones desafortunadas (pero que tienen cierto eco en los grupos más conservadores), como el planteo de que los derechos humanos "han pasado a ser un arma política del kirchnerismo" (El Destape, 21 de marzo 2021), como lo enunció Patricia Bullrich, dirigente del partido Propuesta Republicana –ligado a Mauricio Macri, ex presidente argentino-, reduciendo la importancia de los derechos humanos en la discusión política argentina, abonando en la construcción de la agenda política conservadora en la que los derechos humanos no ocupen el lugar central que actualmente poseen.

Hace algunos años se impulsó la acción de los Mosaicos por la Memoria (cf. http://conti.derhuman.jus.gov.ar/2012/10/6_seminario/mesa_15/jeanjean_me...). Ahora es el tiempo de una iniciativa creativa: colectivamente participar en la siembra de 30 mil árboles, como una metáfora que recupera la memoria y presencia de los 30 mil desaparecidos por la última junta cívico-militar. Para encarar el pasado oscuro, vaya que es pertinente aludir a la ¡Memoria, Verdad, Justicia!

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