El hambre en el contexto del control sanitario. Sin salir, en la casa, ¿habrá pan sobre la mesa?

Alejandro Espinosa Yáñez

Camille Peugny, sociólogo francés, señala que el hecho de que unos puedan quedarse en casa –atendiendo los llamados enfáticos de sus respectivos gobiernos, a no salir de casa-y otros irremediablemente continúen sus actividades laborales, es expresión de la desigualdad social. Lo que le faltó agregar, y no es poca cosa, es que la forma en que se vive en cada realidad nacional es diferente (si hay seguro de desempleo o no, p. ej., o el peso de la informalidad, por otro). Entremos a los detalles. 

En la información proporcionada por los Censos Económicos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en una línea del tiempo de 2008 al último censo aplicado, se resalta el crecimiento expansivo en las unidades económicas de 3 a 5 personas, lo que deja ver que esta profusa creación de empresas más que generar optimismo debe ser vista como la expresión de la crisis: un espíritu empresarial no recorre la realidad mexicana, es la pobreza y la cancelación de oportunidades lo que deviene en acción colectiva, con el fin de hacer más soportable la situación económica, lo que adquiere tintes dramáticos en las entidades más pobres del país, donde se presenta la tasa de porcentajes más alta de producción de micro unidades económicas que ocupan de 1 a 10 personas (Oaxaca, Guerrero y Chiapas). 

El alto número de población trabajadora en condiciones de informalidad (no estructurada), en el caso mexicano, ronda el 50%. Pero de manera más puntual, acerquémonos de nuevo a los datos del INEGI, revisando algunos años:

    
         espinosa1.jpg           
                    
                    
                    
                    
                               
                    
El alto porcentaje de población trabajadora sin acceso a prestaciones de Ley indica que hay una condición subterránea para amplios segmentos poblacionales, que no conocen ni por asomo lo que es el aguinaldo, las primas vacacionales, el servicio médico o el reparto de utilidades. La Ley Federal del Trabajo (LFT) es el soporte jurídico mínimo, al que no acceden muchos trabajadores, como se indica en el cuadro. Sobre este soporte se erigen otras condiciones laborales, las que son producto de la contratación colectiva. Hay otro aspecto a considerar. De acuerdo a resultados de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, en diferentes momentos aplicada, una alta proporción de trabajadores, por ejemplo, en promedio del 2005 al 2010, 47,9% no tuvo contrato escrito (eso de que “papelito habla” no funciona en este caso). Esta historia no cambia de manera sustantiva. Pero además  del contrato escrito, hay contratos por tiempo indefinido, otros por tiempo determinado, eventual. En las series históricas del Instituto Mexicano del Seguro Social, ha crecido sistemáticamente el trabajo eventual. Así, hay trabajadores que cuentan con seguridad social y después la pierden, hasta que vuelven a ser contratados. 

Otro aspecto que debe ser considerado: la tercerización (el outsourcing o subcontratación), que en el caso que vamos a referir es cuando un trabajador es contratado por una firma, una empresa, para laborar en otra, lo que no se legisló bajo el argumento de que tenía que cumplirse la palabra a los empresarios, según lo señaló el senador Ricardo Monreal (en los vericuetos de la discusión parlamentaria y en el Movimiento de Regeneración Nacional).

  espinosa2.jpg                  

                    
                               
                        
                        
                        
Como se aprecia en el cuadro, es en la mediana y gran empresa donde se asienta el problema de la tercerización. De cada 100 trabajadores, 25 fueron contratados por una firma para laborar en otra, lo que en palabras del investigador J.C. Neffa, expresa la disminución del poder individual en la negociación, dada la institucionalización de la relación triangular, “por una tensión derivada de la disociación de la figura del empleador en dos: uno que dirige y controla el proceso efectivo de trabajo y que se apropia de sus resultados… y la Empresa de Trabajo Temporario que ejerce jurídicamente la función de empleador”.

En todos los casos, la gente se contrata bajo el esquema de outsourcing o de manera eventual o trabaja sin ser remunerado –en los Censos Económicos de 2013, en las unidades económicas micro el trabajador no remunerado alcanza el 64,6%, mientras que en las grandes unidades llega al 0,1%)-, o es trabajador informal (vendedores de tamales o dulces, o franeleros, etc.), porque tiene necesidades ineludibles, diarias. No olvidemos que la urgencia cotidiana, de nuevo en la realidad nuestra de cada día, es el piso que disminuye la construcción de horizontes y que, como planteaba hace casi 60 años O. Lewis, en Los hijos de Sánchez, domina el “presentismo”: “no piensan en el mañana, sólo viven su presente”. Una historia que pinta canas. 

Todo esto para señalar que el tiempo que viene va a ser muy complicado, muy de Tiempos difíciles (C. Dickens). Porque el trabajador que vive al día, con condiciones críticas de ocupación, que no tiene seguridad laboral, que no cuenta con un contrato escrito ni una relación salarial, difícilmente podrá quedarse en casa. Ahora, lo señalado apunta básicamente a trabajadores en condición precaria, pero los que tienen trabajo ¿recibirán sus ingresos sin presentarse a laborar? En los trabajadores del sector público esto está resuelto, así parece. En los trabajadores del sector privado y del sector social, ¿esto está resuelto?

En las primeras décadas del siglo XIX, se dio un gran ensayo social: “Cuando una crisis algodonera obligó a cerrar la fábrica durante cuatro meses, los obreros de New Lanark, que quedaron sin trabajo, siguieron cobrando íntegros sus jornales”, narra Engels, refiriéndose a la experiencia con Robert Owen. ¿Esto puede ser replicado en México a estas alturas del siglo XXI? 

¿La ingeniería gubernamental para soportar el peso de lo que viene podrá encarar estos desafíos? El presidente López Obrador ha aludido a un abanico de planes y programas sociales: ¿alcanzan al conjunto social que lo requiere?

En Argentina, la importante empresa Techint planteó el despido de 1450 trabajadores. Intervino el Ministerio de Trabajo para frenar esta medida, por órdenes del presidente A. Fernández. Esto no quiere decir que se ganó la guerra, pues pueden abrirse otros frentes en Argentina, pero es claro el mensaje al capital. Pero en el caso mexicano, ¿es posible frenar estas tentaciones? 

El gran capital está en la escena: la donación de Carlos Slim de mil millones de pesos, para destinarse a la compra del material necesario en hospitales y centros médicos que lo requieran ante la pandemia de COVID-19. Por su parte, el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, aparte de subrayar el apoyo de Slim, aludía en una conferencia mañanera a la empresa Coppel, la cual “dio 50 millones de pesos y Germán Larrea donó un hospital en Juchitán para que sea operado y equipado por las Fuerzas Armadas; lo entrega en 10 días”. Sí, Germán Larrea, de Grupo México, importante empresa, la que en su división minera tiene los saldos pendientes de 65 mineros enterrados en Pasta de Conchos (2006), el del derrame en aguas de los ríos Bacanuchi y Sonora de aproximadamente 40 mil metros cúbicos de solución de ácido sulfúrico que fueron derramados desde la mina (2015) y que lloviendo sobre mojado, vuelve en julio 2019, a fallar una válvula, generando un derrame de tres mil litros de ácido sulfúrico en Mar de Cortés. No se habla de carga impositiva, es el momento de aludir a acciones filantrópicas, en lo que siempre auxilia la reflexión de Coleman: “Este resultado es consecuencia directa de la teoría de la elección racional si la proporción de ingresos que gasta un actor en intereses filantrópicos aumenta con sus ingresos. Una concentración mayor de riqueza o una mayor desigualdad en los ingresos traerán consigo mayores niveles de donaciones filantrópicas”.

Ricardo Salinas Pliego rompió los protocolos, pero en parte, cercana a su narrativa, hay un sentido común que se mueve en los mismos términos. En una reunión con Grupo Salinas destacó que la economía se verá afectada y la crisis del COVID-19 sólo generará hambre, delincuencia y rapiña. “Como van las cosas parece que no moriremos por coronavirus, pero sí moriremos de hambre”. Dadas las condiciones de nuestro país, no es una tontería este planteo, pero exige la formulación de algunas preguntas: ¿Está dispuesto el sector empresarial –Salinas Pliego no está en esta tesitura- a mantener las fuentes de trabajo, sin la tentación del despido? ¿El gobierno mexicano tiene la fuerza para obligar en esta coyuntura que haya concordancia entre no salir de casa y al mismo tiempo no ser despedido? De los que se apartan del “trabajo clásico”, que irónicamente en nuestro país es lo dominante en la historia del trabajo, es decir, de los que viven al día, ¿los planes y programas gubernamentales son garantía suficiente para evitar que salgan de casa a ganarse el pan?

El empobrecimiento sistemático –el trabajo eventual, el outsourcing, la mantención de un importante ejército de desocupados y subocupados, con sus efectos en la masa salarial colectiva-generó beneficios para unos cuantos. ¿Está minoría compacta del capital, está dispuesta a renunciar a ellos?

Las respuestas a estos interrogantes están en curso. Hasta ahora, como iniciamos esta reflexión, el que algunos podamos estar en casa y otros no tengan esta posibilidad material, es expresión de la desigualdad social.

Comentarios