A partir de una conversación colectiva, convocada por David Gaxiola (ex dirigente estudiantil en la UNAM, en la década de los noventa), resumo parte de la discusión abierta, planteada por los que estábamos en sintonía colectiva. Sin rodeos, el algoritmo no es neutral. Tampoco lo son las plataformas, ni la llamada revolución digital que se nos presenta, con insistencia casi publicitaria, como sinónimo de progreso. Lo que está en juego no es una simple innovación tecnológica, sino una reconfiguración profunda de las formas de dominación sobre el trabajo y sobre la vida misma.
El cuerpo -esa primera herramienta de trabajo- vuelve a estar bajo asedio. Coincidíamos en la conversación. Pero ya no desde la visibilidad brutal de la fábrica, sino desde una trama mucho más sofisticada: invisible, interiorizada, emocionalmente administrada. La explotación no desapareció, aprendió a disfrazarse de libertad.
El tránsito es claro: de la disciplina al consentimiento, del control externo a la autoexplotación. Ya no hace falta el capataz, pues el trabajador se vigila a sí mismo, se exige, se acelera. Cree elegir cuando en realidad responde. Cree administrar su tiempo cuando en realidad lo entrega.
El algoritmo organiza ese mundo. Decide sin dar la cara. Asigna tareas, fija ritmos, evalúa desempeños, castiga desviaciones. Todo sin explicarse. La opacidad no es un error técnico: es la condición de su eficacia. El poder, para ser más eficaz, se vuelve ilegible.
Y sin embargo, este orden no nace de la nada. No es la tecnología la que produce la precariedad: es la precariedad la que permite que esta tecnología se imponga sin resistencia. Décadas de flexibilización laboral, debilitamiento sindical y normalización de la inseguridad construyeron el terreno perfecto. Tierra arrasada.
Sobre ese territorio las plataformas florecen. No porque sean más justas o más eficientes, sino porque encuentran trabajadores sin red de protección, sin derechos efectivos, sin alternativas reales. La “libertad” que ofrecen es, en el mejor de los casos, una libertad vacía: la de elegir cuándo conectarse para seguir siendo explotado. La capacidad de decisión, más lejos que nunca.
Aquí aparece una de las claves del presente: la subordinación sin reconocimiento. El trabajador depende del sistema, pero el sistema no depende de él —al menos, no jurídicamente. No hay patrón visible, no hay responsabilidad clara. Hay una aplicación. Y detrás, una arquitectura de poder que se esconde.
El resultado es una mutación brutal del vínculo laboral: ingresos inciertos, jornadas infinitas, disponibilidad permanente. Si no estás conectado, no existes. Si estás conectado, te desgastas. No hay salida limpia.
En ese proceso, el cuerpo paga la factura. Cansancio, ansiedad, hiperalerta, aislamiento. No como fallas individuales, sino como síntomas sociales. El sufrimiento deja de ser un efecto colateral y se convierte en recurso productivo. Se administra, se medica, se integra al circuito económico.
El capitalismo digital no sólo organiza el trabajo: captura la vida. La atención, el deseo, el descanso, todo entra en la lógica de la productividad. La hiperconexión no libera: encadena de otra manera, incluso de forma más silenciosa, más eficaz.
Si queremos ver el problema en su forma más descarnada, con observar los desplazamientos en las calles. Allí donde circulan mercancías, circula también la precariedad. La ciudad se ha convertido en fábrica. Una fábrica sin paredes, sin horarios, sin garantías. Nuevo género de prisión -ahora configurado como panóptico digital urbano-, nuevo género de carcelero, claramente emulado por el celular y la imposición de ritmos, rutas, montos a cobrar.
El trabajo por aplicación es su expresión más cruda. Pago por pedido. Tiempo convertido en amenaza. Velocidad como obligación. El trabajador corre porque si no corre no cobra; corre, y al correr se expone. El riesgo no es accidente: es estructura.
Cuando un repartidor muere, no estamos ante una tragedia individual. Estamos frente a un modelo que externaliza sus costos hasta el límite: el cuerpo. La muerte, en estos casos, no irrumpe desde afuera. Está inscrita en la lógica del sistema.
Aun así, el discurso dominante insiste: innovación, eficiencia, flexibilidad. Palabras que funcionan como cortina de humo. Porque lo que se oculta es una realidad más incómoda: el perfeccionamiento de la explotación bajo formas digitalizadas. Pero hay algo que ese discurso no logra borrar: la experiencia. Las voces de los trabajadores -incertidumbre, miedo, arbitrariedad, desgaste- desnudan el mecanismo. Nombran lo que el lenguaje técnico intenta ocultar. En esas palabras se condensa la estructura completa del problema.
Ahí aparece otra tensión. Porque incluso en condiciones de fragmentación, algo persiste. Gestos mínimos, solidaridades precarias, intentos de organización. El sistema empuja hacia el aislamiento, pero no logra eliminar del todo la posibilidad de lo colectivo.
El problema es que seguimos intentando responder con herramientas del pasado. La caja de herramientas para el análisis (y para la comprensión desde los destacamentos de trabajadores de plataformas), exige pensar el presente y el futuro, revisando minuciosamente las nuevas condiciones de trabajo que se modifican sistemáticamente y de manera apresurada.
Así, las regulaciones pensadas para fábricas, sindicatos diseñados para centros de trabajo estables, categorías que no alcanzan a capturar la complejidad del presente, están encadenadas a formas de trabajo que, como planteaba J. Rifkin (1995), expresan el fin de ciertas formas de trabajo. Mientras tanto, el poder ya se desplazó.
Por eso la discusión de fondo no es tecnológica, es tecno-política. No se trata de adaptarse al algoritmo, sino de interrogar las relaciones de poder que lo sostienen. De desmontar la idea de que la tecnología es neutral. No lo es. Nunca lo fue.
En ese punto, incluso dentro de la conversación colectiva, comenzaba a abrirse otra inquietud, más silenciosa pero no menos perturbadora. Ya no sólo se trataba del algoritmo como dispositivo de control del trabajo, sino del avance de sistemas capaces de rebasar funciones que históricamente consideramos propias de la racionalidad humana. La inteligencia artificial no se limita a organizar tareas: escribe, interpreta, diagnostica, produce imágenes, simula decisiones. La musculatura tecnológica que el género humano construyó como extensión de sí mismo empieza a adquirir un grado de autonomía que desdibuja la frontera entre herramienta y sustituto.
La pregunta, entonces, se vuelve inevitable: ¿qué lugar queda para el ser humano cuando la máquina no sólo ejecuta, sino que crea, decide y aprende a una velocidad inalcanzable? La promesa de eficiencia comienza a mutar en inquietud más profunda. Porque si estos sistemas pueden replicar -y en algunos casos superar- capacidades cognitivas complejas, el problema ya no es únicamente la intensificación del trabajo, sino su eventual desplazamiento.
El desempleo tecnológico deja de ser una proyección lejana para instalarse como horizonte tangible. Profesiones enteras empiezan a erosionarse, no por obsolescencia interna, sino por la irrupción de tecnologías que operan sin pausa, con conflicto incorporado, por sus implicaciones sociales (y la desvalorización de la condición humana que supone).
Ese desplazamiento no es neutro. Nunca lo es. El costo no desaparece: se redistribuye. Se traduce en desposesión, en incertidumbre radical, en pérdida de sentido del trabajo como espacio de realización y reconocimiento. Lo que comienza a erosionarse no es sólo el empleo, sino la centralidad de la experiencia humana como medida de valor. Y en ese desplazamiento se juega algo más profundo: la posibilidad de que la racionalidad humana deje de ser el eje ordenador de la vida social, subordinada a sistemas que no comparten ni su fragilidad ni su historicidad.
Detrás de cada línea de código hay decisiones, intereses, formas de organizar el mundo. Y hoy, esas decisiones están produciendo una forma de servidumbre que no necesita cadenas visibles. Frente a ello, recuperar el cuerpo no es un gesto romántico. Es un acto político. Reconocer su límite, su cansancio, su necesidad de pausa, es poner freno a una lógica que no se detiene sola. Porque si algo revela este momento es que el problema no es cuánto podemos producir, sino cuánto estamos dispuestos a perder en el proceso.
La respuesta, si no se formula colectivamente, ya está siendo escrita por otros. Por sistemas que no duermen, no dudan y no se detienen. Sistemas que forman parte del patrimonio de la oligarquía tecnológica hiperconcentrada. Al final, siguen dependiendo de algo que no pueden fabricar: cuerpos vivos, aunque en la encrucijada, en su despliegue tecnológico, son parte del arsenal de las necrotecnologías.

