Gracias Diego
Barajemos las cartas de la disciplina, el sometimiento y la predicción del comportamiento, para rehacer, desde una lectura desde la literatura y la geopolítica contemporánea, las viejas/nuevas formas de control. Para no distraernos en el camino, hay un eje transversal que va desde la privación elemental -hambre, sed y sueño- hasta la guerra cognitiva contemporánea.
Existen textos que, escritos en tiempos distintos y bajo registros diversos, comparten del abrevadero de la historia un sentido similar: el poder no sólo reprime; produce sujetos previsibles, construye obediencia y anticipa conductas mediante intervenciones violentas que terminan naturalizándose como orden, civilización o incluso amor. Desde la ficción literaria (que atendiendo la realidad material en que se producen, son parten de su crítica), hasta el análisis político contemporáneo, emerge un hilo conductor: la disciplina como tecnología de sometimiento social.
En Yzur (1906), Leopoldo Lugones introduce una idea que desnuda la anticipación de la coerción cuando señala, refiriéndose a lo que decían los naturales de Java, que los monos “no hablan… para que no los hagan trabajar”. La frase revela un principio central del poder: el sujeto aprende a limitarse antes de ser castigado. El miedo a la explotación produce silencio. La disciplina se internaliza.
El narrador radicaliza la hipótesis afirmando que “Los monos fueron hombres que por una u otra razón dejaron de hablar. El hecho produjo la atrofia de sus órganos de fonación y de los centros cerebrales del lenguaje; debilitó casi hasta suprimirla la relación entre unos y otros, fijando el idioma de la especie en el grito inarticulado, y el humano primitivo descendió a ser animal”. Agreguemos que, en el cuento, “El mío era joven además, y es sabido que la juventud constituye la época más intelectual del mono, parecido en esto al negro” (Lugones dixit). Aquí el sometimiento no sólo regula el comportamiento; mutila capacidades fundamentales. El lenguaje, condición de pensamiento y resistencia, aparece como la primera víctima de la violencia estructural. El poder produce seres incapaces de articular su experiencia.
La relación entre disciplina y deshumanización se intensifica cuando el narrador describe al mono como una criatura que, bajo la presión del entrenamiento, repite frases no mecánicas, aunque así suenen en la lectura, llenas de dolor: “AMO, AGUA, AMO, MI AMO”, mostrando cómo la domesticación convierte el lenguaje en instrumento de obediencia.
Si Lugones muestra la atrofia del lenguaje como efecto del sometimiento, La fierecilla domada ofrece una anatomía brutalmente explícita del disciplinamiento corporal y psicológico, ad hoc con los tiempos que corrían, como lo veremos líneas adelante (crítica a la estructura patriarcal, descripción detallada de la complicidad masculina, el relieve del control de las necesidades humanas primarias -el hambre, la sed, el sueño-, que en el texto se constituyen directamente en caja de herramientas de disciplinamiento social para asegurar la sumisión femenina y, ensanchando sus alcances, de la sociedad en general).
Domar el cuerpo, domesticar la voluntad, la pedagogía de la violencia, como telón de fondo. Petruchio no oculta su objetivo: “he nacido… para domarte… y transformarte… en una Lina dócil”. La violencia se presenta como misión civilizadora. El control comienza con la definición absoluta de la propiedad: “Yo quiero ser dueño de lo que es mío. Mi mujer es mi bien, mi todo, mi casa, mi mobiliario, mi campo, mi granja, mi caballo, mi buey, mi asno: ¡cuanto quiero y tengo! (Desenvaina la espada.) ¡Aquí la tenéis! Pero ¡ay de quien la toque!”. El cuerpo femenino se integra a la lógica patrimonial. La dominación se legitima como derecho.
El método disciplinario es sistemático. Petruchio explica su estrategia comparándola con el adiestramiento de aves de presa: “mi halcón está hambriento y con el estómago una patena. Hasta que no esté bien amaestrada será preciso que no se vea harta; de otro modo, no habría medio de que acudiese al señuelo. Y aún conozco otro medio de domar a mi ave de presa; de hacerla que aprenda a conocer mi voz y acuda a mi mano: que es impedirla que duerma; como se hace con los milanos que agitan las alas y no quieren obedecer. Nada ha comido hoy y nada comerá mañana aún. La noche última no durmió y ésta no dormirá tampoco”. Hambre, sed y privación del sueño se convierten en tecnologías de domesticación.
Catalina denuncia el carácter destructivo del proceso: “¿es que se ha casado conmigo para matarme de hambre?… privada me veo de alimento… la cabeza se me va por falta de sueño… todo lo hace con el pretexto de un amor perfecto”. La violencia aparece disfrazada de cuidado; la dominación se legitima mediante discursos afectivos.
El sometimiento alcanza una dimensión simbólica cuando Petruchio impone su interpretación de la realidad: “ha de ser la luna… o lo que me dé la gana… ¡atrás los caballos!”. La obediencia exige renunciar a la percepción propia del mundo. La víctima debe adoptar la verdad del dominador para continuar existiendo.
El proceso culmina cuando la protagonista, siguiendo taxativamente las órdenes del marido, Petruchio, interiorizando la sumisión, que enuncia el marido: “Nada más sencillo: es un presagio de paz, de amor, de vida tranquila, de sumisión deferente, de superioridad respetada. En una palabra: de todo cuanto anuncia armonía y felicidad”. La disciplina ya no requiere violencia directa; el sujeto se convierte en agente de su propia subordinación.
Incluso en los diálogos previos al matrimonio, la lógica de control aparece naturalizada. Hortensio y Gremio discuten la necesidad de “encontrar un marido para su hermana”, y se describe a la mujer (Catalina) como “inaguantable, áspera, violenta y terca”, justificando la necesidad de domarla. Petruchio, por su parte, minimiza cualquier resistencia: “¿Creéis que un poco de escándalo pueda espantar mis oídos?… ¡guardad vuestro coco para los niños!”. La violencia futura se presenta como simple trámite.
¿En qué atmósfera respiraba William Shakespeare? Recordemos que el trabajo de Shakespeare que comentamos fue escrito probablemente entre 1590 y 1594. La década de 1590 es concebida por historiadores como una época de "penuria y discordia", con dimensiones sociales que se reflejan en el texto: un período de hambre, producto de la escasez de alimentos, es decir, de hambre generalizada, aumento en la mortalidad, amplia pobreza, desempleo (la Utopía de Tomás Moro ilustra sobre esta complejidad). A esto se suma un notable aumento de la vagancia y criminalidad, propiciando desde la Corona la implementación de leyes severas. Lo que en Shakespeare aparece como pedagogía doméstica, en el capitalismo temprano se institucionaliza como política estatal. Desbocados, actualicemos el argumento de vagabundos y mendigos (los sujetos que pedalean en las ciudades, que se han uberizado), y que son sujetados a nuevas condiciones sociales de reclusión, de castigos, marcados no con la huella indeleble que marcaba al ganado o con la cortadura de un pedazo de oreja, sino por el control algorítmico del sujeto (los sujetos sujetados) y la inseguridad como hecho perenne. En el pasado, la reflexión de Marx apuntaba: “De este modo, los padres de la clase obrera moderna empezaron viéndose castigados algo de que ellos mismos eran víctimas, por verse reducidos a vagabundos y mendigos. La legislación los trataba como a delincuentes “voluntarios” como si dependiese de su buena voluntad el continuar trabajando en las viejas condiciones, ya abolidas.
En Inglaterra, esta legislación comenzó bajo el reinado de Enrique VIII. 1530: Los mendigos viejos e incapacitados para el trabajo deberán proveerse de licencia para mendigar. Para los vagabundos jóvenes y fuertes, azotes y reclusión. Se les atará a la parte trasera de un carro y se les azotará hasta que la sangre mane de su cuerpo, devolviéndolos luego, bajo juramento, a su pueblo natal o al sitio en que hayan residido durante los últimos tres años, para que “se pongan a trabajar” (to put himself to labour). ¡Qué ironía tan cruel! El 27 Enrique VIII reitera el estatuto anterior, pero con nuevas adiciones, que lo hacen todavía más riguroso. En caso de reincidencia y vagabundaje, deberá azotarse de nuevo al culpable y cortarle media oreja: a la tercera vez que se le sorprenda, se le ahorcará como criminal peligroso y enemigo de la sociedad.
Eduardo VI: Un estatuto dictado en el primer año de su reinado, en 1547, ordena que si alguien se niega a trabajar se le asigne como esclavo a la persona que le denuncie. El dueño deberá alimentar a su esclavo con pan y agua, bebidas flojas y los desperdicios de carne que crea conveniente. Tiene derecho, a obligarle a que realice cualquier trabajo, por muy repelente que sea, azotándole y encadenándole si fuere necesario. Si el esclavo desaparece durante dos semanas, se le condenará a esclavitud de por vida, marcándole a fuego con una S en la frente o en un carrillo; si huye por tercera vez, se le ahorcará como reo de alta traición”.
La S, sin romanticismos, por slave/esclavo. Maquiavelo revisitado, si pensamos en El Príncipe, elaborado en 1513, publicado en 1532, con el sustento del contexto histórico revisado, “Surge de esto una cuestión: si vale más ser amado que temido, o temido que amado. Nada mejor que ser ambas cosas a la vez; pero puesto que es difícil reunirlas... es mucho más seguro ser temido que amado”.
En el arco temporal, ahora acudamos a nuestro presente, donde el control de los cuerpos en general es/sigue siendo lo ordinario. Podemos aludir, con Marcos Roitman, a la noción de guerra cognitiva y la derrota del pensamiento crítico. El análisis contemporáneo de Marcos Roitman ofrece una clave conceptual para conectar estas narrativas literarias con las formas actuales del poder. Según su reflexión, como apuntábamos en anterior colaboración, en Estados Unidos se desarrolla una estrategia destinada a “paralizar… el ciclo de observación, orientación, decisión y acción… anular su capacidad de comprender”. La guerra ya no se limita al territorio; se libra en la mente. Roitman describe además un “ataque concéntrico al estado de bienestar, a las políticas sociales y los procesos de redistribución de la riqueza”, acompañado por el ascenso de nuevas derechas y el avance del globalismo neoliberal. La disciplina social se convierte en proyecto estructural.
La continuidad histórica es evidente: desde el hambre como herramienta de domesticación en Shakespeare, que continúa con Lugones, hasta la destrucción cognitiva contemporánea, el objetivo permanece constante -fabricar sujetos previsibles, incapaces de resistir, aun cuando con el objeto de alcanzar los fines se muera gente de hambre y de sed. El ejemplo palestino es notable e ineludible, como expresión extrema del disciplinamiento individual y castigo colectivo.
Como se apuntó, lo que aparece en las escenas literarias tiene un correlato en mecanismos que se amplían en la escala social: el bloqueo económico (60 largos años, con gobiernos republicanos y demócratas -en sus odios se encuentran-) a Cuba puede leerse como una pedagogía geopolítica basada en la privación sistemática. La escasez inducida reproduce a nivel nacional la lógica del hambre y el agotamiento utilizados por Petruchio para someter a Catalina. El objetivo no es sólo castigar; es disuadir, advertir y producir comportamientos predecibles.
En el caso del pueblo palestino, la violencia militar y la destrucción sistemática de infraestructura constituyen una forma extrema de disciplinamiento colectivo. La escasez, el desplazamiento y el miedo permanente buscan quebrar la capacidad de acción política (la limpieza étnica como fase final). Como en la domesticación individual, la realidad misma se redefine mediante narrativas que presentan la violencia como defensa o seguridad. Tratan de predecir el comportamiento y son, de suyo, pedagogías imperiales de la devastación.
Desde el silencio anticipado de Yzur, la domesticación corporal de Catalina y la guerra cognitiva descrita por Roitman, emerge una misma lógica: el poder opera mediante la reducción de la autonomía. Hambre, manipulación simbólica, destrucción del pensamiento y violencia estructural son instrumentos para fabricar obediencia. La disciplina se presenta como civilización; la dominación como amor; la devastación como seguridad. En todos los casos, el objetivo final es predecir comportamientos y eliminar la posibilidad de resistencia, con el corolario del cuerpo domado al pueblo devastado. El bloqueo a Cuba y la destrucción sistemática del pueblo palestino constituyen expresiones contemporáneas de estas pedagogías de la violencia. Son dispositivos imperiales que buscan demostrar las consecuencias de la autonomía política. La disciplina ya no se limita al individuo; se proyecta sobre sociedades enteras.
El poder aprende de sus propias técnicas. Lo que comienza como domesticación corporal se transforma en estrategia geopolítica. Y mientras la violencia continúe disfrazándose de cuidado, seguridad o civilización, la fabricación de sujetos obedientes seguirá siendo el núcleo silencioso de la dominación contemporánea.
La concordancia en la construcción disciplinaria en los textos trabajados, con el contexto histórico en que son realizados los textos, deja ver la bisagra del hombre, su obra y el tiempo largo, ahora exacerbado, de la construcción de la sociedad disciplinaria y de control.
(UAM) alexpinosa@hotmail.com
PS. Palestina libre.
Con nuestras acciones, a romper el bloqueo a Cuba.

