Después del 8 de marzo

Alejandro Espinosa Yáñez

Una consecuencia no del 8 de marzo, sí de un calendario largo de luchas, fue la reforma en el Senado de la República (México), al aprobar recientemente por unanimidad un marco jurídico para propiciar la igualdad salarial entre hombres y mujeres, la prohibición enfática de la discriminación y el romper con lo que en las metáforas de estudios de género se alude al techo de cristal y al suelo pegajoso, lo que implica el peso de la cultura, las tradiciones y las estructuras organizacionales como valladares para el ascenso de las mujeres. Más allá de su relieve, que lo tiene, hay que ponderar con cuidado el cambio jurídico, pues la propia Constitución mexicana y la Ley Federal del Trabajo plantean la igualdad entre hombres y mujeres. Entre la norma  jurídica y la realidad cotidiana en los espacios laborales hay una brecha, herida abierta en las diferencias laborales por género.  

Antes de esta modificación jurídica, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) había estipulado el 18 de septiembre como el Día Internacional de la Igualdad Salarial. En 2020 se dio su primera celebración. Empero, el contexto sanitario y las pre-ocupaciones modificaron agendas y calendarios. En 2020, el 18 de septiembre simplemente transcurrió, con pena decirlo, sin gloria. Fue un día desairado no solamente por la pandemia, pues la terca realidad marca en la cronología larga  algo que no corresponde con lo enunciado en el almanaque institucional: las asimetrías son de todos los días. En ambos casos, lo aprobado en el Senado y lo impulsado por la ONU, son indicadores de una realidad que se altera por los jaloneos y empecinamiento de las movilizaciones sociales de las mujeres.  

Acerquémonos a esta mutación cotidiana impulsada por las mujeres. Cada día hay una mayor proporción de mujeres incorporadas al mercado laboral, por necesidades materiales y subjetivas. En México, en información oficial, por ejemplo, en 1990 de cada 100 personas incorporadas en actividades laborales, 19 eran mujeres. 20 años después alcanzaba más de una tercera parte, crecimiento que continúa y que ahora está por encima del 40%. La tasa de participación económica asciende en las mujeres al 44,9%, en tanto en los hombres alcanza al 77,1%, es decir, de cada 100 mujeres 45 participan en la economía. 

Este crecimiento se aprecia lo mismo en trabajadoras por cuenta propia, como de trabajadoras subordinadas y remuneradas y de empleadoras.  En cualquiera de los casos, esta mayor incorporación también genera una mayor presencia de la mujer como jefa de familia (ojo, no solamente en los casos de familias monoparentales, ese es el relieve del hecho). Sobre esto, la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares 2018, da un dato elocuente: 28,7%  de los hogares están encabezados por mujeres. En una breve línea del tiempo, en 1990, 17,31% de los hogares eran encabezados por mujeres, llegando en el 2010 al 24,56%. No son datos menores en un país atravesado por la violencia masculina ordinaria.  

A pesar de este esfuerzo, la mujer se ubica en los espacios donde se perciben menos ingresos, no porque la vocación de las mujeres sea sacrificarse –aunque la pedagogía del orden se ha esmerado puntillosamente en ese sentido, en la desvalorización en ingresos y la anulación de la personalidad, la bisagra a la que alude entre uno de sus filones M. Foucault, cuando habla de los “cuerpos dóciles”-, sino por el peso de las estructuras elementales del patriarcado. El Instituto Mexicano del Seguro Social da un dato que dibuja la diferencia salarial, con base en los ingresos al comenzar 2020: el salario promedio diario de las mujeres es de un poco más de 363 pesos, en tanto el de los hombres llega a un poco más de 416 pesos, lo que hace una diferencia de 15% menos de lo percibido por sus pares masculinos. Mismo desgaste físico –desvalorización en todo el sentido-, menos ingresos. 

Estas transformaciones paulatinas se producen en marcos de relaciones asimétricas, en las que el peso de las tradiciones y costumbres se configuran en una densa red de dominación en las dimensiones micro: parejas, familias, estilos de crianza, distribución del trabajo doméstico - en las labores en el hogar, la mujer dedica 40 horas a la semana, en tanto el hombre llega a las 15 horas-, negociaciones para incorporarse al mercado de trabajo, toma de decisiones, de prioridades, consumo, como ejemplos. Guillermo Figueroa Perea, de El Colegio de México (Colmex), destaca en evidencia empírica cómo frente al avance de las mujeres por su presencia en actividades laborales e incluso dedicando tiempo para actividades colectivas –es el caso en experiencias populares, para gestionar luz eléctrica, contenedores de basura, en fin lo necesario para dignificar la vida ordinaria de las comunidades-, la presencia de las convenciones sociales y de parte del círculo concéntrico inmediato, esto es, los suegros, los padres de la mujer, la pareja, incluso los hijos, establecían alianzas que hacían retroceder a la mujer. Estas historias son comunes. 

En lo  macrosocial, destacan los avances en el terreno educativo –más eficiencia terminal de las mujeres en secundaria y educación media superiores, y un crecimiento notable en la matrícula de las licenciaturas, para el caso, en el período 2017-2018: en los hombres, 49,7%, en las mujeres, 50,3%, aunque el peso de lo social se encarna en las asimetrías por sexo en diferentes licenciaturas, en algunas con clara presencia dominante masculina. Sin paradojas, un detalle no menor: a mayor escolaridad y mayor incorporación laboral, más posibilidades de tomar decisiones, por ejemplo, divorciarse. En 1970, 3,2% de cada 100 matrimonios; en 1990, de cada 100 matrimonios 7,2%  se divorciaban; en 2010 se dobló, podríamos decir, la conflictividad en la pareja, al llegar a 15,1%, y en 2017 nuevamente se dobla, pues  de cada 100 matrimonios, un 31,5% se divorcia. Esto es lo que se ve. En lo que no se ve, en los intersticios de los hogares, muchas parejas no se divorcian, entre otras razones por la vergüenza social –lo que lleva a relaciones de cohabitantes, no parejas-, para las mujeres, por el miedo de perder a sus hijos, así como por las dificultades para tener condiciones materiales que les permitan moverse con independencia. Salta –en este centenario de A. Piazzola-, las notas de “Tangos. El exilio de Gardel”: “Qué país será ese país…Un país donde pueda ser yo, sin sentirse cucaracha ni bajarte la bombacha”.  

Las tensiones en la vida diaria de las mujeres no dan tregua. La investigadora Irene Casique señala los avances en procesos de emancipación de las mujeres, coexistiendo con el “exacerbamiento de la violencia de pareja contra la mujer, cuando ellas generan su propio ingreso o cuando desafían la autoridad de sus esposos y las inequidades de género”. En una perspectiva que empata con esta visión, B. García y O. de Oliveira (Colmex), apuntaban hace varios años que “el único aspecto de la actividad económica que incide en el logro de las relaciones familiares más armónicas es el haber tenido una experiencia laboral de pocos años, y que los demás rasgos considerados no tienen aquí una influencia significativa. Dicho resultado apoya distintas hipótesis referentes a que el cambio en la división del trabajo y la transformación del papel tradicional del varón como proveedor económico exclusivo pueden provocar conflictos en el hogar”. La naturalización de esta violencia disciplinaria indica que el enemigo está en la fábrica, en la oficina, en los tribunales judiciales, en los hogares, es decir, inunda los espacios sociales. Pero la lucha de las mujeres ha abierto porosidades que apuntan a inundar de marzos el almanaque.  

 

UAM Xochimilco.
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