Irán es presentado una y otra vez como un peligro, como un desafío para la civilización. Esa narrativa se repite sistemáticamente en el discurso de Donald Trump. La historia de esta caracterización -la construcción del enemigo- es de larga data: se remonta a más de cuarenta años atrás. Antes y ahora forma parte de una construcción política destinada a legitimar acciones de fuerza y justificar intervenciones que, en muchos casos -y esto resulta ineludible en el presente- se sitúan al margen del derecho internacional.

Conviene comenzar, sin embargo, por un dato que rara vez aparece en esa narrativa: Irán es parte del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares desde 1970. La llegada del régimen teocrático no cambió esta situación. Este hecho, fundamental en el orden jurídico internacional, suele quedar desplazado cuando el discurso político decide convertir a un país en amenaza permanente.

Un contraste ayuda a dimensionar la paradoja. Estados Unidos, desde su independencia en 1776, ha estado en guerra o involucrado en conflictos armados durante, aproximadamente, 228 de sus más de 250 años de historia. Apenas algo más de veinte años -en esta larga historia cabe recordar un tango clásico: “que veinte años no es nada”- han transcurrido sin conflictos, sin extender la política por otros medios: la guerra. Por su parte, si se toma un corte arbitrario de los últimos 250 años, Irán pasó de ser una potencia imperial regional -bajo las dinastías Qajar y Pahlavi- a una república teocrática enfocada en la influencia regional. Esto no significa que Irán permaneciera inmóvil: aunque ha evitado invasiones territoriales directas, nada a gran escala contra vecinos contemporáneos, sí ha promovido intervenciones a través de actores no estatales, especialmente desde 1979, con la instauración del régimen teocrático. No obstante, se trata de una comparación profundamente asimétrica. Hoy el escenario parece haber derivado hacia una confrontación abierta.

El conflicto, como se apuntó, no es nuevo. Forma parte de una larga historia de tensiones, sanciones, bloqueos y operaciones militares acumuladas durante décadas. Teherán vive bajo un régimen de sanciones que se prolonga desde hace más de cuarenta años. Un país sometido a presión económica permanente, en una lógica que recuerda un caso emblemático en la América de José Martí: el bloqueo que Estados Unidos mantiene contra Cuba.

Uno de los puntos de inflexión más graves de los últimos años ocurrió el 3 de enero de 2020, cuando el general iraní Qasem Soleimani fue asesinado mediante un ataque con drones ordenado por el presidente Donald Trump cerca del aeropuerto internacional de Bagdad. El hecho ocurrió durante el primer mandato presidencial de Trump. ¿Una precisión quirúrgica en el calendario de la ruptura del orden internacional?

Soleimani no era una figura menor dentro del aparato político-militar iraní. Era comandante de la Fuerza Quds del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica y estaba considerado una de las figuras más poderosas del país, subordinado únicamente al líder supremo, Ali Jamenei. En el ataque también murieron varios ciudadanos iraníes e iraquíes, entre ellos Abu Mahdi al-Muhandis, vicepresidente de las Fuerzas de Movilización Popular de Irak.

El asesinato ocurrió en territorio iraquí, mientras Soleimani se dirigía a una reunión con el primer ministro de Irak. Desde el punto de vista del derecho internacional, se trató de una operación militar extraterritorial realizada dentro del territorio de un tercer país y sin autorización del Congreso estadounidense.

La justificación oficial fue impedir un supuesto “ataque inminente”, un argumento recurrente en este tipo de operaciones. Posteriormente, sin embargo, las autoridades estadounidenses modificaron la explicación jurídica de la acción, señalando que respondía a una serie de ataques previos y que buscaba disuadir a Irán.

Poco tiempo después, todavía durante el primer mandato de Trump (20 de enero de 2017 al 20 de enero de 2021), el 27 de noviembre de 2020, fue asesinado Mohsen Fakhrizadeh, el científico más prestigioso vinculado a la investigación nuclear iraní. El patrón se repetía: la eliminación selectiva de cuadros científicos y militares de primer nivel, ejecutada mediante operaciones altamente sofisticadas.

Este tipo de acciones revela una tendencia cada vez más visible en la política internacional contemporánea: la normalización del asesinato político como instrumento de Estado.

Sigamos el calendario. El 28 de febrero de 2026, el líder supremo de Irán, Ali Hoseiní Jameneí, murió en el marco de una serie de ataques aéreos israelíes alrededor de Teherán dirigidos contra altos funcionarios iraníes. La muerte fue confirmada por el gobierno iraní el 1 de marzo. El operativo formó parte de una operación más amplia coordinada por Estados Unidos e Israel, apoyada en inteligencia proporcionada por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) -incluso se habla de apoyo de inteligencia del gobierno canadiense, sin aportar pruebas- para localizar a varios dirigentes iraníes.

La agencia de noticias Fars informó además que varios miembros de la familia de Jameneí murieron durante los ataques: su hija, su yerno, su nieto y su nuera. Su esposa, Mansoureh Khojasteh Bagherzadeh, falleció el 2 de marzo a causa de las heridas sufridas.

El mismo día, 28 de febrero, una escuela de niñas es bombardeada en el sur de Irán por fuerzas armadas bajo la dirección de Estados Unidos e Israel. Hasta el momento se contabilizó que al menos 175 personas perdieron la vida en el bombardeo, la mayoría alumnas de 7 a 12 años y personal del centro educativo, aparte de los daños en las edificaciones cercanas. Nada de operaciones “quirúrgicas”: el bombardeo revela que las fuerzas del “Occidente civilizado” están dispuestas a arrasar sin límites, van por todo.

En este contexto, la observación del internacionalista Juan Gabriel Tokatlian resulta particularmente pertinente. Según Tokatlian, lo que estamos presenciando es una “guerra punitiva”, en la cual no existía evidencia ni inminencia de un ataque iraní contra Estados Unidos o Israel. Lo que está en juego -sostiene- es el acta de defunción del derecho internacional, en un clima que él mismo ha descrito como una deriva hacia el “oscurismo”.

Diversos países han condenado estas acciones, pero el sistema internacional parece incapaz de frenar la escalada. Mientras tanto, el discurso político continúa desplazándose en otra dirección. Ejemplos. Donald Trump llegó a plantear la posibilidad de convertir la Franja de Gaza en una “Riviera del Medio Oriente”, un proyecto inmobiliario de gran escala sobre un territorio devastado por la guerra. La idea fue descrita como un espacio “formidable” o como una propiedad “frente al mar muy valiosa”. La propuesta, formulada mientras Gaza era sometida a bombardeos devastadores, ilustra una forma extrema de cinismo político: la reconstrucción turística de un territorio arrasado, levantada sobre los escombros, la sangre y los huesos de miles de palestinos.

Algo similar ocurre en otros frentes de la política exterior estadounidense. Trump anunció que sería “amable” con Cuba, pero inmediatamente añadió que “el tiempo del comunismo en Cuba se acabó”, señalando además que el país atraviesa una grave situación económica porque Venezuela ya no puede sostenerlo con petróleo y financiamiento.

Al mismo tiempo, se han multiplicado los discursos que sugieren la conveniencia de tomar control del petróleo venezolano, mientras se desarrollan estrategias de presión económica y política sobre ese país. La intervención en Venezuela, con el secuestro de Nicolás Maduro (presidente) y Cilia Flores (diputada), su esposa, ocurrió el 3 de enero de 2026.

De tal suerte, la lógica que se despliega en Irán no es un episodio aislado. Forma parte de un patrón más amplio de intervención geopolítica que se extiende a otros escenarios. Todo ello revela un mismo patrón: las agresiones no aparecen en compartimentos estancos. Irán, Cuba, Venezuela o Palestina forman parte de un mismo mapa de confrontación geopolítica.

Se trata de un orden internacional en el que Estados Unidos se consolida como una de las principales fuentes de inestabilidad global, en un contexto más amplio marcado por el ascenso de corrientes autoritarias y por una creciente militarización de la política internacional. Las guerras contemporáneas incorporan ahora nuevas tecnologías: inteligencia artificial aplicada al combate, drones autónomos, vigilancia masiva y sistemas de ataque cada vez más automatizados. Las capas del horror se acumulan, mientras la oligarquía tecnológica asume nuevas tareas en el orden de la jerarquía militar, en tanto se enriquecen exponencialmente.

En este contexto, las palabras de Eduardo Galeano adquieren una resonancia particular: “Ninguna guerra tiene la honestidad de confesar: yo mato para robar. Las guerras siempre invocan nobles motivos: matan en nombre de la paz, de Dios, de la civilización, del progreso, de la democracia. Y si tanta mentira no alcanzara, ahí están los grandes medios dispuestos a inventar enemigos imaginarios para justificar la conversión del mundo en un gran manicomio y un inmenso matadero”.

Galeano recordaba además algo esencial: “Las armas exigen guerras y las guerras exigen armas. Y los cinco países que manejan las Naciones Unidas resultan ser también los cinco principales productores de armas”.

Las preguntas siguen abiertas: ¿Hasta cuándo la paz del mundo estará en manos de quienes hacen negocio con la guerra? ¿Hasta cuándo seguiremos creyendo que el exterminio mutuo es nuestro destino? ¿La muerte -para este oscurantismo que promueven los autoproclamados paladines de la civilización- tiene permiso?

Durante su campaña para alcanzar un segundo mandato, Trump prometió que seguiría siendo el presidente que no había metido a Estados Unidos en una guerra. Sin embargo, la realidad apunta hacia otra dirección: terminó siendo otro mandatario republicano que bombardea un país de Oriente Medio bajo el argumento de que “pronto tendrán armas de destrucción masiva”, sin aportar pruebas (remember Irak de Hussein, con las armas de destrucción masiva). Fuentes académicas señalan que la población que murió por causa de la guerra contra Irak está por encima de las 400 mil víctimas, en donde por cierto no aparecieron nunca las armas de destrucción masiva.

En una carta abierta publicada en redes sociales, el multimillonario emiratí Khalaf Ahmad Al Habtoor interpeló directamente a Trump: “¿Quién te dio la autoridad para arrastrar a nuestra región a una guerra con Irán? ¿Quién te dio permiso para convertir nuestra región en un campo de batalla? ¿Fue esta tu decisión o la presión de Netanyahu? ¿Calculaste los daños colaterales antes de disparar?”

La carta agrega: “Prometiste que no habría guerras. Sin embargo, has llevado a cabo operaciones en siete países: Somalia, Irak, Yemen, Nigeria, Siria, Irán y Venezuela”.

Frente a esta realidad lacerante, Trump habla de “tiempos emocionantes”, “excitantes”. El mundo herido por una ultraderecha mundial sin freno. "Nosotros, junto con muchos de nuestros maravillosos y valientes aliados y socios, trabajaremos incansablemente para rescatar a Irán del borde de la destrucción, haciéndolo económicamente más grande, mejor y más fuerte que nunca". Remata Trump con el argumento que atraviesa la narrativa de la ultraderecha en el mundo: "Irán tendrá un gran futuro. ¡Hagamos a Irán grande de nuevo!", con un “buen líder para Irán”, es decir, el seleccionado por el Dark Duet Trump-Netanyahu. Y teniendo detrás al equipo de futbol lidereado por L. Messi (Inter Miami CF), el loco que se etiqueta a sí mismo como cuerdo, decía: “Nos iban a golpear si no los golpeábamos primero, porque están locos” (Trump dixit).

PS. Felicitaciones al Sindicato Independiente de Trabajadores de la Universidad Autónoma Metropolitana () por sus 51 años.

(UAM)alexpinosa@hotmail.com

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