Confinamiento y burbujas sanitarias en las escuelas. Los riesgos del pinchazo

Alejandro Espinosa Yáñez

Un año recorrido en el que se cerraron las escuelas y se impulsaron programas remotos de enseñanza, todos bajo el carácter de lo excepcional, y en su momento –como ocurre parcialmente ahora-, sin la certeza de tiempos y condiciones para el retorno, sobre todo para uno seguro.

La situación no ha cambiado. A pesar de las vacunas y del aprendizaje colectivo –o del hartazgo visceral- para enfrentar la pandemia, la información necrológica sigue presente en las familias, organizaciones e instituciones, aumenta día tras día: nuevo confinamiento en Francia; estudio del cierre de fronteras en Argentina y de limitar las salidas del país por la situación de crisis sanitaria en Brasil y Paraguay; la ironía en un Chile vacunado, pero con un rebrote agresivo; retraso en la llegada de vacunas a los países del Sur, en esta geografía de la negligencia y la muerte practicada por los laboratorios en el laboratorio social. Con estas condiciones, muy difícil salir “a caminar por la cintura cósmica del Sur” (C. Isella).

En este contexto, al mismo tiempo se discute sobre la pertinencia, y particularmente las modalidades, de regresar a las aulas. Parte de la energía se ha destinado a pensar en la instauración de protocolos rigurosos en las escuelas. Empero, como lo demuestran experiencias internacionales, el control en espacios compartimentalizados –por ejemplo las burbujas sanitarias en las escuelas- no resuelve el problema de posibles contagios, pues sin que partan del supuesto de la separación tajante de los procesos sociales, lo que hacen es diluir el relieve de las interacciones sociales, como es el caso de la transportación pública para llegar a la escuela –una visión aséptica de origen/destino-, o de la presencia en el centro comercial para comprar los bienes para llevar a la mesa de los hogares como un mercado en el sentido teórico y no espacios de encuentro con los marchantes y con el uso del dinero para pagar y recibir el cambio e innumerables acciones ordinarias.

Tremendo problema. Las y los estudiantes necesitan regresar a las aulas, a encontrarse con compañeras y compañeros, quizá conocer por primera vez a los que hasta ahora solamente han compartido vía las pantallas del zoom. Humanizar la acción educativa es necesario, pero la paradoja subsiste.

Sin soslayar la importancia de controlar la pandemia, más en este momento en que los expertos aluden a una segunda ola de la pandemia –con los tiempos, destiempos y contratiempos en el mundo-, exponemos algunas evidencias encontradas por estudiantes en sus indagaciones. Son pertinentes no solamente por lo que encontraron, sino también por las razones por las que buscaron y documentaron problemas específicos. A fin de cuentas, se trata de un recorte de sus propias preocupaciones, de los problemas que exteriorizan para formular preguntas, y tratar de resolver sus propias dudas: punto de encuentro con el afuera (los otros) y el adentro.

Se aplicaron cuestionarios distintos, con diferentes preguntas pero puntos en común en cuanto a los efectos del confinamiento en la población estudiantil: estudiantes de primaria (63 cuestionarios), bachillerato (510 cuestionarios) y licenciatura (68 cuestionarios). Sin pretensiones de validez estadística –el propio número de cuestionarios es un indicador en ese sentido-, se trata de la aplicación de cuestionarios a mujeres y hombres en los diferentes niveles educativos enunciados.

En los centros escolares de educación primaria y bachillerato, utilizan el servicio de internet para tomar sus clases en línea, pero en algunos casos es para uso particular (propio), en un 63%; en un poco más del 30% lo comparten con algún integrante más de la familia; entre 4 y 5% utiliza datos móviles –con los consecuentes costos-, en tanto un 2% acude para sus actividades escolares a un café internet. Hacemos referencia a una anatomía de las dificultades cotidianas que encaran una parte de los estudiantes mexicanos.

La mayoría de las y los estudiantes utilizan de manera principal su celular –en promedio 77%-, enseguida el uso de una laptop, en un promedio de 14%, continuando en importancia las computadoras de escritorio y las tablets. El uso de celulares facilita la comunicación, pero para ciertas actividades escolares –por ejemplo la elaboración de un documento escrito o del trabajo en una base de datos (esta sí puede ser una tarea a realizar en el nivel bachillerato y, mucho más, en las licenciaturas), allí se dificulta la actividad escolar.

Una pregunta está presente de manera sistemática en los que realizamos actividades docentes: ¿están aprendiendo los estudiantes o qué tanto están aprendiendo? Lo que dicen las y los estudiantes es que no están aprendiendo lo suficiente, en general (cerca del 15%). Sin embargo, considerando los contenidos educativos en que estén trabajando, a veces sienten aprender un poco más, sobre todo por ejemplo en el caso de los estudiantes de bachillerato. El empate se encuentra en lo que señalan como un problema, al referirse a la falta de concentración. No señalan taxativamente que no tienen las condiciones para concentrarse (sobre todo en la escuela primaria observada), lo que sí plantean es que ese es uno de los problemas principales que enfrentan (recordemos el peso de los celulares, el acceso a los dispositivos y la negociación para los usos en ciertos horarios, la necesidad de usar -y pagar- datos móviles o una máquina en un cibercafé, y dentro de los hogares, sin las mejores condiciones espaciales y ergonómicas).

Pero hay otros problemas en los que repara la población en estudio. Por ejemplo, los estudiantes del bachillerato manifestaron en sus respuestas ser más propensos a episodios de depresión, en tanto en la población de educación primaria esto no se registró, quizá por un problema de comprensión de vocabulario, pero no hay evidencias para enganchar este problema. Los estudiantes universitarios recorren otra agenda de preocupaciones, pero se aproxima a lo último apuntado: el confinamiento los ha hecho más irritables (en un alto porcentaje en hombres y mujeres), así como destacan la bronca de la angustia y el estrés por la modalidad de la educación en línea. A la par de que no les gusta, perciben que hay una afectación en su desempeño académico. La irritabilidad, la angustia y el estrés aproxima a las muchachas y muchachos, pero se diferencian en que las mujeres han acudido a las instancias universitarias diseñadas con fines específicos de atención psicológica, sin embargo la población masculina universitaria, en la evidencia que se recabó, voltea a cualquier lado, evitando el contacto, una práctica que se reproduce en muchas dimensiones sociales.

En la Encuesta Nacional de Usos del Tiempo, del Inegi, es dominante que las mujeres invierten mucho más tiempo que sus pares masculinos en un conjunto de tareas, entre otras en el cuidado y atención a la población infantil. Ahora sí que dicho de manera popular, la mamá es quien más se la rifa en las tareas escolares junto con su descendencia (cf. https://publicaciones.xoc.uam.mx/MuestraDocumento.php?Host=6&IdRec=7726&...).

La mayoría de la población escolar de los niveles estudiados espera volver a clases presenciales. Destaca en la población escolar de educación primaria que un 88% está con la expectativa de retornar a las aulas. No es lo mismo para los estudiantes de bachillerato, en donde por encima del 60% se inclinan por esta opción. No está desconectado esto del peso del uso de artefactos electrónicos en las actividades recreativas. La sociedad de la población disociada, como un problema producido.

Como sociedad necesitamos mantener prácticas sociales de cuidado, en este caso administrando el confinamiento, y quizá abriendo con precaución burbujas sanitarias en las escuelas. Empero, en esta realidad que nos tocó vivir, siempre están presentes los riesgos del pinchazo.

 

Profesor de la UAM.
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