Desde hace décadas, la erosión de la democracia se presenta como un correlato casi inevitable del progreso técnico. Sin embargo, una lectura histórica más atenta revela otra cosa: la existencia de un proyecto persistente, de larga duración, orientado a reducir la decisión y las capacidades colectivas, desplazándolas hacia instancias técnicas nada transparentes y concentradas, neutralizando el conflicto político bajo la promesa de eficiencia, racionalidad o neutralidad.
No se trata de una novedad del siglo XXI. Isaac Asimov lo advirtió tempranamente en “Democracia electrónica” (1955), cuando las computadoras apenas comenzaban a insinuar su potencial. Tampoco es ajena esta preocupación a George Orwell, cuyo “1984” (1948) fue una reflexión política profundamente anclada en las tensiones de la posguerra. Ambos autores comprendieron que el núcleo del problema no era la máquina, sino su uso para administrar la voluntad social.
En los tiempos actuales, el peso de los algoritmos puede producir la paradoja de una sociedad anestesiada digitalmente, que en el cuento de Asimov se traduce en cuando votar deja de ser votar. Sí, en el cuento de Asimov la supercomputadora Multivac es presentada como la culminación de la democracia: una máquina capaz de terminar con los partidos, con el gasto electoral y con la incertidumbre del voto. La promesa es clara: una democracia más racional, sin errores humanos.
Sin embargo, uno de los personajes del cuento (el abuelo) recuerda un tiempo en el que votar implicaba una experiencia irreductiblemente humana: “Me dirigía sin rodeos a la urna, depositaba mi papeleta y votaba. Nada más que eso. Me limitaba a decirme: ese tipo es mi hombre y voto por él. Así debería ser”.
Empero, la respuesta del sistema es brutal: ya no es necesario que todos voten. Multivac sopesa “billones de factores” y selecciona a un ciudadano estadísticamente representativo. La democracia se conserva en la forma, pero se vacía de contenidos, de práctica, de conflicto y de decisión. El cierre del relato es implacable: “En este mundo imperfecto, el pueblo soberano de la primera y mayor Democracia Electrónica había ejercido una vez más, a través de Norman Muller, su libre derecho al sufragio universal”.
El voto existe, pero ya no pertenece a quienes creen ejercerlo. A manera de Historia, no profecía, podemos avanzar que Asimov no escribía desde la abstracción. En 1952, la computadora UNIVAC I predijo correctamente el triunfo de Eisenhower con una muestra mínima de votos, sorprendiendo a expertos y al público. Por primera vez, una máquina parecía comprender el comportamiento político mejor que los propios ciudadanos. Se abría el telón para una obra en la que la democracia, la idea simple de “ese tipo es mi hombre y voto por él”, comenzaba a miniaturizarse desde la lógica del poder de los intereses corporativos, y de una sociedad en donde el conformismo es virtud normalizada. De allí el relieve de la pregunta, donde Asimov llevó esa lógica hasta el extremo: ¿qué ocurre cuando la predicción sustituye a la decisión?
Algo similar ocurre con Orwell. “1984” fue escrita bajo la sombra del estalinismo, el nazismo, la derrota republicana en España, el inicio de la Guerra Fría y la expansión de tecnologías de vigilancia. El “Ministerio de la Verdad” no fue una fantasía futurista, sino una síntesis política de su tiempo. Hoy, cuando organismos internacionales alertan sobre sistemas de inteligencia artificial que definen qué es visible, verdadero o aceptable, el eco orwelliano deja de ser literario: la capacidad de predecir comportamientos es hoy más vigente que nunca.
Pero vale señalar que la alusión a la nube, al control del cosmos cibernético que se aprecia en algoritmos, riqueza y poder implica, como lo hemos hecho en artículos previos publicados en estas páginas, que la tecnología no actúa sobre un terreno neutro, sino sobre sociedades previamente precarizadas. En “La calle como fábrica digital: plataformas, precarización y vidas expuestas” (14/12/25), he mostrado cómo los algoritmos no sólo organizan el trabajo, sino que reconfiguran la experiencia cotidiana (de ella abrevan), el tiempo y la subjetividad, profundizando desigualdades existentes.
Jorge Fontevecchia, periodista argentino, ha señalado que en 2025 la riqueza de los multimillonarios estadounidenses creció tres veces más rápido que el promedio de los cinco años anteriores. No es un dato aislado: esa riqueza se concentra, sobre todo, en los sectores tecnológicos y comunicacionales. Como he argumentado en “Tecnología y dependencia: cuando la precariedad antecede al algoritmo” (07/12/25), esta concentración económica avanza en paralelo a un debilitamiento deliberado de la política democrática. Seguimos con Fontevecchia: mientras el 1% incrementa su riqueza, los problemas de hambre e inseguridad alimentaria crecen en proporciones similares. La democracia, lejos de ser fortalecida por la tecnología, comienza a ser percibida como un obstáculo.
Esta numeralia reduce cualquier idea sobre la ilusión de la neutralidad. En diversos trabajos he insistido en que la neutralidad técnica funciona como ideología legitimadora. Al presentar las decisiones algorítmicas como objetivas e inevitables, se oculta que detrás de ellas existen intereses económicos concretos, crecientemente concentrados, y con ramificaciones para el control democrático. El dato mata relato.
Este desplazamiento no elimina la política: la expulsa del espacio público y la reubica en infraestructuras inaccesibles para la deliberación colectiva (los compartimentos estancos de las burbujas digitales). La llamada “democracia electrónica” -la de Asimov y la que vivimos actualmente- aparece así no como ampliación de derechos, sino como democracia dirigida, en el sentido más literal del término.
Este anticipo de democracia dirigida permite comprender un ayer y un hoy. Lo que Asimov anticipó como ficción, hoy se manifiesta como práctica cotidiana. Los algoritmos organizan la producción, el consumo, la atención y el deseo. Como he planteado en “La re-colonización: nuevos dueños de los diccionarios y de los algoritmos” (26/07/25), el control del pensamiento no ha desaparecido: ha mutado, volviéndose más eficiente y menos visible. Orwell comprendió que el poder más eficaz no es el que reprime, sino el que define la realidad. Asimov mostró que la forma más radical de vaciar la democracia no es prohibir el voto, sino volverlo innecesario. ¡Qué vigencia de ambos documentos, de las ideas de Asimov y Orwell!
Con estas anteojeras afirmamos que el problema no es técnico, es político. La disminución de la democracia no es un accidente del mundo contemporáneo. Es una vieja aspiración, funcional a los grupos concentrados, que encuentra en la tecnología su herramienta más sofisticada. Para el movimiento supremacista de la “Ilustración oscura”, el debate actual es entre tecnología versus política, entendiendo que la “libertad” (su visión particular de la libertad) está sobre la democracia. Como he sostenido a lo largo de mis notas sobre trabajo, plataformas y poder, la técnica ofrece el medio; el proyecto es político. Así, la pregunta central no es si los algoritmos pueden decidir mejor que los ciudadanos, sino qué mundo se construye cuando se acepta que ya no es necesario decidir. Recuperar la democracia implica disputar el sentido, desmontar la ilusión de neutralidad y volver a colocar lo humano -con su conflicto, su error y su deliberación- en el centro de la vida social.
(UAM) alexpinosa@hotmail.com
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