A principios de este año, cuando me invitaron a conocer el programa de lo que venía para 2026 por parte de Warner Brothers, la presentación inició precisamente con uno de sus títulos más importantes del año: Wuthering Heights, la versión de la siempre polémica Emerald Fennell.

La persona que hacía la presentación describió esta versión como sigue: “imaginen que Emerald Fennell estaba leyendo ‘Cumbres Borrascosas’ y se quedó dormida, en sus sueños imaginó una historia con los personajes de Cumbres Borrascosas y eso es lo que puso en la película”.

Sonaba a broma, pero a la distancia es claro que aquella es la mejor forma de describir esta cinta que, sin pudor, convoca toda serie de adjetivos como (por mencionar algunos): ridícula, tonta, absurda, vacía, colorida, hermosa en su fotografía, efectiva en sus actuaciones y (no tengo la menor duda) apabullante en la taquilla.

No se vale llamar al engaño, desde el cartel de la película se confiesa el pecado: el título de la novela, “Wuthering Heights”, está puesto en comillas. La directora lo sabe, la distribuidora lo sabe, el cast (quiero pensar que) lo sabe: esto no es una adaptación de la obra de Emily Brontë, esto es una historia en todo caso inspirada por aquella novela. Pero nada más.

Eso sí, es innegable que estamos ante una película de autor. Porque en efecto, por todo lo largo de la filmografía de la Fennell (apenas tres cintas), hay un tema insistente: el sexo, y si es sucio y retorcido, mejor. Pero no me malinterpreten, cuando Fennell habla de sexo retorcido, no lo hace como -por decir algo- lo hace Cronenberg en Crash (1996), sino más bien como sucede en esas novelas de bolsillo en cuya portada hay ilustraciones de hombres con el pecho desnudo y erguido. Como las que lee Marge Simpson, pues.

Y para que a nadie le quede duda, Fennell inicia su entrecomillada versión de Wuthering Heights con una potente dosis de pena ajena. La película comienza con un ahorcamiento público en la plaza de algún pueblo en la Inglaterra de finales del siglo XVIII. Mientras el moribundo se retuerce, sucede el efecto natural de los ahorcados: sufre una erección. Esto excita a algunos espectadores, da paso a miradas lascivas y risas de adolescentes que ven el espectáculo entre la muchedumbre.

El sexo y la muerte están conectados, parece querer decirnos la directora, solo que elige la forma menos sutil y más retorcida de decirlo.

Una de las niñas en la plaza es Catherine (Charlotte Mellington), hija de Mr. Earnshaw (un muy preciso Martin Clunes) quien luego de un largo viaje por Liverpool llega con un regalo para su hija: un chico pobre, alto, sucio (Owen Cooper, en cameo extendido) que Catherine bautiza como Heathcliff (“como mi hermano fallecido”). La atracción de ella hacia él es evidente, siempre la cuida, la procura y la protege de los no pocos arrebatos violentos de su padre, un alcohólico y jugador. Cuando ella le pregunta por qué lo hace, él responde que lo haría una y mil veces.

Luego de un rápido fast forward, Catherine es ahora Margot Robbie y Heathcliff es Jacob Elordi. Pero en el fondo ambos siguen siendo los mismos niños de antaño: él tímido y taciturno, ella escandalosa, dramática y eternamente preocupada por casarse (“tipo bien”) con algún rico millonario que la saque de pobre.

Afortunadamente para Catherine, resulta que en el terreno de al lado se ha mudado un rico empresario, Edgar Linton (Shazad Latif), quien luego de conocer a Catherine queda perdidamente enamorado. ¿Y quién no? Si estamos hablando de una Margot Robbie que se ve hermosa a cuadro, que sostiene en no pocas veces el close up preciosista de Linus Sandgren (fotógrafo de cabecera de Fennell que en su currículum tiene cintas como La La Land y No Time To Die) con una mirada magnífica que derrama lágrimas de desamor.

La estética de la cinta es lo más disfrutable, sobre todo cuando el delirio explota y vemos a Margot Robbie en escenarios exóticos como esas salas de baile del rico empresario, ese jardín magnífico, esas recámaras portentosas y esos vestidos imposibles para la época pero que Robbie porta con total aplomo. Hay algo de Burton y de Wes Anderson en esas escenas, pero también hay mucho de cualquier comercial genérico de perfumes.

Ya para estas alturas, quienes hayan leído el libro y lo amen se habrán dado cuenta que de “Cumbres Borrascosas” hay solo el título y los nombres de los personajes, porque el guion (escrito por la propia directora) no solo tiene nulo apego a la novela sino que además sólo le interesó la primera parte del libro, o sea, ni siquiera le interesó el final de la novela.

Esto, por supuesto, no es malo per sé, al contrario, grandes “adaptaciones” de libros provienen usualmente del desprecio por el material original. Es bien sabido que Stephen King odió la versión de The Shining (1980) de Stanley Kubrick, quien sin pudor hizo suya la obra de King. O más cercano al tema, ahí está la Romeo + Juliet (1996) de Baz Luhrmann, donde en vez de espadas los personajes traen pistolas, son mafiosos de Los Ángeles, y de fondo se escuchan canciones noventeras.

El problema en realidad es que Emerald Fennell como autora no es precisamente brillante, y su propuesta comienza a ser repetitiva. Se ha convertido (y esta cinta lo demuestra) en la autora del sexo a nivel Libro Vaquero, de la mujer que dirige cintas con estética de anuncio de perfume caro, con personajes fuera de todo dominio y lógica, y donde el sexo es algo sucio pero no tanto como para espantar al respetable, con arrancarles una sonrisa cómplice y uno que otro suspiro, estamos del otro lado.

Y está bien. ¿Quién esperaba algo más de esta película que no sea escenas que provoquen risitas y suspiros, con imágenes bonitas pero redundantes, y una trama básica pero (también es cierto) entretenida y hasta con ciertos momentos medianamente bien logrados?

Eso es lo que se ofreció desde el inicio. No hay espacio para el engaño.

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