Turning Red: el poder de una metáfora

Alejandro Alemán

Con Turning Red, Pixar revive su espíritu transgresor al filmar una película que, tras una gran metáfora, habla en realidad sobre la sexualidad adolescente.

Turning Red (USA, 2022) el vigésimo quinto largometraje de los estudios PIXAR es, sin lugar a dudas uno de sus filmes más maduros. No solo por la abrumante calidad de la animación entrega personajes tan expresivos como conmovedores, no sólo por lo bien estructurado de un guión al que no le sobra ni una coma y que además presume de momentos bien armados de tensión, ternura, humor y hasta de acción.

No lo es tampoco por ser el primer proyecto dirigido, escrito y producido en su totalidad por mujeres (Domee Shi, Julia Cho, Sarah Streicher y Lindsey Collins, respectivamente) y mucho menos por su diversidad étnica y geográfica: estamos frente a una historia sobre una adolescente de trece años, cuya familia es de ascendencia china pero que vive en Toronto.

Todo lo anterior obviamente suma a la película, pero el aspecto que la hace por demás destacable y casi por encima de toda la filmografía de Pixar, es que estamos frente al retrato de personajes más sofisticado que haya tenido el estudio hasta la fecha, haciendo uso de una metáfora que si bien ayuda a mantener a las buenas conciencias a raya, es por sí misma una herramienta que le permite a Pixar ampliar el rango de temas que puede abordar.

Y es que en Turning Red, Pixar habla por primera vez de la sexualidad. Para ello recurre a la imagen de un enorme panda rojo -que puede ser tierno o feroz, domesticado o libre- como metáfora de las hormonas y el despertar sexual que todo adolescente experimenta tarde o temprano.

Meilin (voz de Rosalie Chiang), es una jovencita china-canadiense de 13 años, hija de padres inmigrantes viviendo en Toronto. Feliz porque según ella ya es un adulto, Meilin participa en varias actividades extracurriculares, convive con sus amigas y entre todas adoran a la boy band de moda (4Town). Todo bien hasta que sin previo aviso, Meilin se convierte en un enorme panda rojo.

Se trata de una especie de maldición que viene desde sus ancestros y que pasa por las mujeres de toda su familia (su mamá incluída). Pero no hay problema, este “inconveniente” se puede resolver mediante un ritual con el cual Meilin podrá encerrar para siempre a su panda.

El problema es que Meilin se da cuenta que convertirse en panda no necesariamente es algo malo, al contrario, sabiéndolo controlar se la puede pasar muy bien, y eso es justo lo que hace: se organiza con sus amigas para ganar dinero e ir al concierto de su boyband favorita. Pero claro, pronto vendrá la reprobación de su madre (voz de Sandra Oh) para quien no hay otro camino que reprimir al panda y deshacerse de él, así como lo hizo ella, sus hermanas y su enérgica madre, todas ya mujeres hechas y derechas, serias y sin pizca de explosividad o emoción

La metáfora del panda resulta a la vez simple y sofisticado. Si bien algo similar pasaba en Brave (Andrews, Chapman, Purcell, 2012), donde la mamá de la protagonista se convierte en oso (y como tal, potencial presa de cazadores), aquí la transformación no se usa como vehículo para concretar literalmente el matricidio que libere del yugo materno al personaje. Aquí el panda es a la vez gozo y peligro, ira y ternura, alegría y tristeza. La metáfora resulta mucho más rica porque permite justo hablar de la amplia gama de emociones y sensaciones ligadas a la sexualidad.

Así, Dome Shii y su equipo le arrebatan el estudio la libertad creativa necesaria no sólo para hablar de sexo en una película “para niños”, sino que además inserta el discurso feminista sin que resulta machacante o regañón, al contrario, genera una empatía absoluta con sus personajes que muestran una sororidad entrañable.

Turning Red debe ser la primera cinta Pixar que transgrede varias reglas de su colmena creativa: no solo el hecho de ser un proyecto comandado por mujeres, sino que además es uno donde la pulsión autoral se respeta. Esta es una película sumamente personal para Dome Shii quien, como su protagonista, también es de ascendencia oriental y vivió a los trece años en Canadá.

Imposible entender el desprecio de Disney hacia Pixar cuando el primero decidió mandar directo a streaming esta película que, claramente, merecía verse en sala. No importando esas jugarretas, Pixar demuestra que no está muerto y que aún le quedan algunos trucos bajo la manga.

Turning Red es una película brillante, con un espíritu femenista tan poderoso como conmovedor que termina por convertirse en un canto de absoluta rebeldía: “Mi panda, mi decisión”.

El Universal

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