El espíritu que alimenta The Bride! (Estados Unidos, 2026) - segundo largometraje de la actriz vuelta cineasta, Maggie Gyllenhaal- no es el claro homenaje al clásico de James Whale, The Bride of Frankenstein (1935), sino una furia feminista ante la cual no se puede sino ser monstruosamente empático.

Razones para el encabronamiento sobran: una doctora que es toda una eminencia pero que firma sus investigaciones usando solo su apellido para que así en la academia la tomen con seriedad, una guapa e inteligente detective cuyos pares masculinos la ven como una vil secretaria y un atractivo visual, varios feminicidios se reportan en los círculos de la mafia pero los asesinos operan con toda tranquilidad, una mujer intenta detener las ansiosas manos de su novio mientras ven una película en la oscuridad de un cine, pero este no entiende la palabra mágica: ¡NO!

En The Bride! la estructura del sistema patriarcal permea por toda la cinta, incluso en pequeños momentos o en personajes que parecen casi anecdóticos. Y para gritar ¡Ya Basta!, llega la novia, Ida (Jessie Buckley), en cuyo cuerpo habita el espíritu de otra mujer, una furiosa Mary Shelley (la autora de la novela original, ‘Frankenstein: o el moderno prometeo’) quien está enojada con la vida (y con la muerte) por no haberle permitido tener más tiempo para escribir la obra que realmente le interesaba escribir: la secuela a su novela más famosa, Frankenstein.

Para que exista la novia debe existir Frankenstein. Entra en escena un Christian Bale extrañamente contenido, extrañamente cautivador por amoroso, por solitario, por ser un monstruo que lleva mucho tiempo escondido y mucho tiempo solo. “Hay delicias de este jardín que no he probado”, le dice Frank (así le gusta que le llamen) a la doctora Euphronius (sorpresiva presencia de Annette Bening), una eminencia a quien le encarga hacerle una novia, o lo que es lo mismo, desenterrar el cuerpo de alguna mujer muerta y traerla de regreso a la vida mediante los métodos del Dr. Frankenstein.

El dios del guion (escrito por la propia directora) otorga el poder de la casualidad al relato, y es que justo, justo, justo, el cuerpo de Ida (poseída por Shelley, y por un descuido muertas ambas al caer por una escalera) es el que encuentran primero en el cementerio y claro, será el que desentierren para llevarlo al laboratorio.

Se trata de una atracción de opuestos: Ida es furiosa, gritona, exultante, y cachonda. Por su parte Frank es calmado, sereno, y aunque habló de sexo cuando pedía una novia, es claro que lo que le faltaba era simple compañía, alguien que la acompañara al cine (su principal pasión) a ver las películas de aquel actor (interpretado por Jake Gyllenhaal) que tanto le fascinan.

La pasión de la directora Maggie Gyllenhaal está presente en toda la película. Claramente esto es un proyecto derivado de una pasión ardiente por decir muchas cosas, por hablar de feminismo, por hablar de cine, por hablar de monstruos. Es una película que grita, que aúlla, que busca pelea, que reta al espectador y que por momentos lo logra.

Y es que esa pasión desmedida de la directora termina siendo su peor enemigo. La película cambia de tono sin gracia, tambalea de escena a escena, forza demasiado las cosas, no sabe realmente qué hacer con todos los personajes secundarios cuya presencia parece más un cameo (el esposo de la directora, el hermano de la directora, la amiga de la directora).

Al centro permanecen Bale y Buckley, sosteniendo como pueden la película, esforzándose, y al final saliendo derrotados por la propia directora quien no deja de lanzarles dardos en forma de cambios de tono que no encajan, de diálogos que no van a ningún lado, y de instantes francamente aburridos.

Buckley es un show por sí misma, encarna la furia femenina como pocas actrices pueden hacerlo, y se apoya en todo momento de un Christian Bale que entiende que éste no es su juego, que esta no es su cancha y que su papel aquí es servir de apoyo a Buckley. Cuando esa misión se despliega en pantalla es cuando la película brilla.

La cinta claramente se convierte en un sentido homenaje a Bonnie & Clyde (Penn, 1967), aunque sin la construcción psicológica y sin el romance tórrido. Los más jóvenes verán un Joker: Folie à Deux (Phillips, 2024), reconociendo que Gyllenhaal hace un mejor trabajo que Phillips. Aunque no sé si estoy de acuerdo en eso último porque, a fe mía, Joker 2 nunca me pareció el desastre que todos vieron.

Lo que es imposible de obviar es que esta cinta, llena de buenas intenciones y mejores ideas, no termina de cuadrar: literal se notan los retazos, las costuras, las partes que no provienen del mismo cuerpo.

Y sin embargo se levanta y anda, torpe y errática, pero está viva.

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