Tratar de analizar una película es enfrentarse a ella. La cinta quiere convencernos de algo y nosotros nos oponemos. Hay un juego de resistencia producto de nuestro bagaje cultural, de nuestra experiencia de vida e incluso de nuestra moral. El cineasta debe convencernos de la realidad de su película y está en nosotros comprar el cuento. Para ello el cineasta recurre a todas las herramientas que el lenguaje cinematográfico otorga.

Esto es también cierto en el género documental. La realidad existe, pero al momento de ponerle una cámara enfrente se vuelve relato, y es ahí donde este juego de fuerzas inicia nuevamente: acepto que lo que veo en pantalla es real, ¿pero la forma en que me lo muestra es interesante? O mejor aún: ¿importa ver lo que el cineasta está mostrando?

Tardes de Soledad (España, 2024) es, desde la formalidad del cine, una obra impecable. La película sigue los días (las tardes) del torero español Andrés Roca Rey, desde que se prepara en un cuarto de hotel, se viste, sube a una camioneta llena de otras personas (su entourage personal) y finalmente cuando se enfrenta al animal.

Serra toma una decisión estética que es una decisión moral: su cámara está siempre fija en el torero y luego en el toro. El manejo del espacio cinematográfico es apabullante, lo convierte en casi una cárcel: no importa el ruedo, no importa el público (solo escuchamos sus gritos y vítores) y no importa nadie más excepto cuando estos invaden el espacio vital que la cámara (a cargo de Artur Tort) permite.

Lo que queda entonces es la muerte, vista en tomas cerradas desprovistas de descanso alguno. Es el torero, lleno de dudas, de miedo, de presión, y es el toro, un animal brutalmente maltratado, criminalmente asesinado, dolorosamente moribundo frente al clamor del público que celebra. La cámara no se aleja un milímetro, nos exige ver a este pobre animal tambalearse, con la cabeza llena de sangre, con lanzas en el lomo, con una especie de puñal que le incrustan en el cerebro, con la lengua rojiza colgando por la boca. Una y otra vez la misma imagen.

¿Para qué?

Nunca en mi vida una película me había derrotado como me derrotó Tardes de Soledad. No pude con la sangre, no pude con ver a ese pobre animal moribundo, no pude con toda la grandilocuencia del ritual taurino que sigo sin entender. No pude ver esta película en lapsos de más de 20 minutos (la vi, lo confieso, en Movistar Plus usando VPN), no pude verla en mi televisor más grande, no pude verla en la computadora, ni siquiera haciendo más pequeña la ventana. No pude siquiera -y esto es una terrible confesión- terminar de verla.

Y no puedo negar tampoco que probablemente este sea el documental definitivo sobre la tauromaquia, porque justo existe el compromiso del cineasta a no ceder, a no voltear a otro lado, a permanecer con la mirada fija. Ver este documental en una sala de cine debe ser una experiencia atroz. Si aún hoy día se duda del poder de la sala de cine es porque no vieron esta película ahí. Tal vez por eso quieren destruir la sala oscura, porque no es un lugar agradable, porque -parafraseando a ya saben quién- en la sala la realidad es más intensa, 24 fotogramas por minuto.

Y lo que vemos es la crueldad humana hacia un pobre animal que no sabe que sucede, pero también vemos el comportamiento errático, robótico, frío de un “matador” que claramente tampoco está bien. Así como en The Hurt Locker (Bigelow, 2008), el personaje de Jeremy Renner no puede elegir qué catsup llevar en el super, este hombre se mira el espejo buscándose, se queda por momentos impávido. Se convierte en un zombie en esa camioneta, en medio de esos elogios que se sienten vacíos. Ese drama también está presente, y Serra asume con fuerza el compromiso de mostrar también esa parte de la “fiesta brava”.

El juego moral escapa a la pantalla. La cinta ha sido usada como bandera de apoyo por taurinos y antitaurinos. ¿Cómo es posible que la misma película sea considerada como la mejor defensa de una “tradición” y testimonio definitivo de su brutalidad?

Tardes de Soledad es la constancia del poder del cine, del poder de la sala, de la inutilidad del streaming y del cine visto en un celular. La sala sigue siendo el único lugar donde una película como esta puede verse, pero principalmente, puede vivirse.

El cine de verdad, el que importa, es el que nos afecta, nos perturba y nos cambia. Ésta es una de esas cintas. Y aún con todo, probablemente nunca termine de verla.

Tardes de Soledad se exhibirá en salas comerciales y en la Cineteca Nacional en el marco de la 79 Muestra Internacional de la Cineteca.

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