Parasite, o el poder de la metáfora

Alejandro Alemán

A primera vista, Parasite, la ganadora de la Palma de Oro en Cannes de este año, se despliega como una hilarante comedia costumbrista que nos muestra a una familia Coreana sumida en la pobreza y la inacción. Ki-taek (Song Kang-ho) es el patriarca de una familia que vive literalmente en el subsuelo, en un pequeño departamento por abajo del nivel del piso.

La familia de Ki-taek (esposa y dos hijos adolescentes) trabajan en casa armando cajas para pizza al tiempo que ahuyentan a los vagos que orinan en su ventana pensando que se trata de un lugar abandonado, y robándose el WiFi del vecino. Cuando en la calle pasan a fumigar, no cierran las ventanas, mejor las dejan abiertas para así tener el departamento libre de bichos… ¡y gratis!

En esas estamos cuando Ki-woo (Choi Woo-shik) el hijo adolescente de la familia, consigue, gracias a un amigo, la oportunidad de dar clases en una casa de familia adinerada. Evidentemente Ki-woo no tiene las credenciales necesarias para ser profesor, pero no hay problema, su hermana Ki-Jung (Park So-dam) es diestra en el uso de Photoshop.

El joven rápidamente se gana la confianza de la familia adinerada y cuando estos requieren el servicio de otro tipo de profesor, Ki-Woo les recomienda a una “conocida”, que en realidad es su hermana quien bajo el mismo truco se hace pasar por tutora.

Poco a poco, de Ki-taek ya trabaja bajo el mismo techo: él como chofer, su esposa como cocinera, los hijos como tutores.

Por supuesto, al director Bong Joon-Ho le interesa recalcar los contrastes. Del sucio departamento donde literalmente la mierda se desborda del excusado, la familia llega a una casa moderna, amplia, arreglada, de muebles finos, jardines amplios y decoración de buen gusto.

La cámara de Alex Hong Kyung-Pyo se encarga de sutilmente recalcar la diferencia de clase entre la familia de Ki-taek y sus patrones millonarios: encuadres que los encierran, líneas invisibles que los separan, un manejo de espacios impresionante que no sólo sitúa las acciones sino que se vuelve parte del discurso de la cinta.

Hasta aquí todo es hilarante y chistoso. Pero repentinamente, un descubrimiento dentro de la misma casa lo cambia todo. Es entonces que, casi por acto de magia, el género de la película cambia, de comedia se transforma en un thriller Hitchcockiano, en una cinta de terror, en una extraordinaria metáfora dentro de la metáfora.

El evidente comentario social sucede sin tomar bando. Sus personajes nunca se transforman en entes binarios, no son los pobres pero honrados, ni son los ricos pero torpes. Aunque juega ése juego, al final la metáfora es mucho más intrincada. El parásito en todo caso es el sistema, la falta de movilidad social y la cada vez más peligrosa extinción de una clase media entre los dos extremos sociales.
Estamos ante un grado de destreza narrativo notable, no sólo es el cambio de géneros al vuelo (y sin que el truco se le caiga de las manos), es además la agudeza visual, la consistencia narrativa, el manejo de espacios y claro, las actuaciones.

Predeciblemente, la cinta acaba con otra metáfora que es la más bella de todas: aquella que habla de la misión de todo hijo de ser mejor que los padres y en ese sueño, en esa movilidad negada por el sistema, hacer que todos vivan en un lugar mejor.

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