Pan y Circo: el desencanto de Diego Luna

Alejandro Alemán

El principal enemigo del nuevo programa de Diego Luna es una edición que fragmenta las ideas y un formato alejado de la realidad que pretende analizar.

Por Alejandro Alemán

En Pan y Circo, la nueva “serie” estrenada por Amazon Prime, Diego Luna convoca a diferentes actores del acontecer nacional para cenar y entre todos platicar sobre los grandes “temas nacionales” (inevitable frase cliché). El programa no tiene nada de cine ni mucho menos de serie, lo que sí tiene es producción...tal vez demasiada producción.

Se trata de un programa de televisión con una duración flexible (episodios desde 30 a 50 minutos), donde Luna invita a algún chef mexicano de prestigio (Elena Reygadas, Alexander Suastegui, Enrique Olvera) para que prepare una cena que deleite a sus invitados: políticos, activistas, actores, todos ellos sentados a una mesa con algún fondo oscuro, y donde nadie puede comer bien porque se ponen a hablar de temas tan delicados como la pandemia, las drogas o el feminicidio.

La serie inicia con el final: la pandemia robó la atención de esos “temas nacionales” y a causa del confinamiento Luna se ve obligado a improvisar. El primer capítulo es sobre eso: cómo el coronavirus les complicó el programa, no sólo por que ahora tenían que grabarlo a la distancia y en zoom, sino porque los temas de los que habla la serie quedan relegados ante la emergencia sanitaria.

Así, la primera impresión que queda luego de ver el primer capítulo es de frustración, caos y desencanto. Tratando de salvar el formato, Luna convoca mediante videoconferencia a la bióloga Julia Carabias, al escritor Emiliano Monge, la psicóloga Daphne Cuevas, al médico cirujano Samuel Ponce de León y al empresario y cocinero Jair Téllez.

A todos ellos Luna les manda un “kit” con la cena (cual entrega de Uber Eats) con la cena previamente preparada por Elena Reygadas. Sorry, van a tener que calentarla ustedes, al horno o en microondas.

Después de accidentado inicio (y de un muy inteligente sistema de cámaras que los propios invitados previamente tuvieron que montar a su alrededor), los expertos hablan del tema del coronavirus. Es evidente que el programa fue grabado recién iniciada la pandemia dado que hablan de una “buena respuesta” por parte del gobierno para luego expresar su experiencia desde el confinamiento y  apuntar las peligrosas contradicciones del gobierno federal: mientras Gatell decía “quédense en casa”, el presidente invitaba a la gente a salir. “No pasa nada”.

Luna no puede resistir la tentación de entrevistar al rockstar Hugo López-Gatell y el subsecretario aprovecha la oportunidad para hablar del tema que más le fascina: su jefe. Gatell confirma que el presidente no le ordena, sino al contrario, “escucha activamente” las recomendaciones. Sobre la negativa de hacer pruebas niega que haya sido por falta de dinero, sino por que para él hubiera sido un esfuerzo fútil ante el tamaño de lo que venía y luego revela algo que hoy nos es muy claro: al presidente le preocupa más la economía que las muertes. “Piensa en la catástrofe financiera, me decía el presidente” dice Gatell.

La entrevista, que bien pudo dar para un programa completo, se deja en un espacio que difícilmente rebasa los tres minutos.

Las conversaciones se van cortando constantemente para meter insertos: imágenes de stock de las mañaneras, de noticieros o de otros programas de televisión. Peor aún, la música de fondo distrae en lugar de acompañar: un solo de batería (a lo Birdman) que constantemente se instala como machacoso acompañamiento musical.

De ese primer episodio, lo más destacable es la participación del médico Ponce de León, quien describe a la pandemia como una deuda que la humanidad tarde o temprano tendrá que pagar: “o se paga de contado pero eso elevaría el número de muertos, o se paga a plazos pero eso alargaría la deuda”. Sea como sea, dice el doctor Ponce, “no habrá final feliz en esta historia”.

El segundo episodio funciona mucho mejor, con una mesa sobre feminismo. Entre las invitadas destaca la participación de Aracely Osorio, madre de Lesvy Berlín Osorio, mujer que fue encontrada muerta en C.U. y que las autoridades rápidamente corrieron la versión sobre un suicidio, cuando claramente se trató de un feminicidio.

Escucharla hablar sobre cómo perdió a su hija, sobre cómo las autoridades no la han recibido (la entonces titular del CONAVIM, María Candelaria Ochoa Ávalos, presente en la mesa, simplemente le responde: “pues es que no has pedido cita”) y el minuto de silencio en su memoria hacen que el pipian con mantequilla de la chef Alexander Suástegui se vea mucho menos apetitoso.

El tercer episodio, sobre la legalización de las drogas (concretamente la marihuana) destaca por sus invitados: la Dra. Deni Alvarez-Icaza, la politóloga Zara Snapp, el ex secretario de gobernación Miguel Ángel Osorio Chong, el expresidente de Colombia, Juan Manuel Santos y el actor y mejor amigo de Diego Luna, Gael García.

La participación de presidente Juan Manuel Santos es la más interesante, “lo que hace falta es voluntad política, es mucho más redituable políticamente hablando, ir tras el narco que regular el consumo”.

Osorio Chong está de acuerdo, y dice que apoyará la legalización desde el ejecutivo. Lástima que la bancada de Morena haya metido a la congeladora el tema de las drogas. Ni modo. Salud, qué rico mezcal.

Varias cosas no funcionan en este programa. La comida es más un estorbo que un pretexto. El peor enemigo de toda esta serie es la edición: el debate se anula, las ideas se mutilan, los insertos no ayudan en mucho. Es curioso, pero la constante en estos tres programas (únicos liberados en Amazon hasta el momento) es la insistencia en mostrar las muchas incongruencias o francas mentiras del presidente Obrador: no cumplió a la promesa de sacar al ejército de las calles, niega los feminicidios, se hace el omiso respecto al tema de las drogas, y lo peor, va en sentido contrario respecto a las medidas que su propio gobierno pretende implementar para combatir el coronavirus.

Es imposible ver este programa sin tener en cuenta que Luna fue un entusiasta de López, y es también claro su desencanto con lo que sucede en el país de la 4T. El deseo de hablar de los temas “importantes” para la nación, pega de golpe con un formato que le rehuye a la realidad misma: ¿cuántos de los que se sientan a la mesa de Luna pueden pagar una cena como la que les ofrece?, ¿de qué sirve hablar de feminicidio frente un rico pipián?, ¿no abona acaso a la idea de un México que se niega a ver otras realidades? En más de un sentido, la totalidad de episodios de Pan y Circo se hace en el confinamiento.

Y vaya, no es que en la televisión no hayamos tenido ejercicios similares y mucho más logrados, con incluso mucho menos producción. En Canal 11, el famoso “Hombres de Negro” era una mesa de analistas que tratan justo los “grandes temas nacionales” frente a una mesa, sin comida, e igual todos vestidos de negro.

Veremos el resto de la serie, pero con sólo los tres primeros capítulos queda claro el desencanto de Luna, lo ineficiente y desfasado de la realidad que resulta la idea, así como  la inevitable sensación de que el coronavirus pasó por encima de una idea que probablemente en otro contexto habría sido mucho más relevante.

Al final, como suele suceder en este tipo de cenas (todos hemos arreglado al país alguna vez en alguna mesa con amigos) el encanto se rompe al terminarse el postre. Muy rico todo, luego nos hablamos. Se acabó.

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