Cuando se piensa en cine sobre las dictaduras latinoamericanas probablemente lo que viene primero a la mente son películas con mucho drama, mucha tragedia, parajes oscuros, y personajes siniestros. Si bien lo último está presente en O Agente Secreto (Brasil, Francia, Países Bajos, Alemania, 2025), lo cierto es que estamos frente a una cinta que no deja de proyectar cierto gozo, alegría por la vida y principalmente por el cine.

O Agente Secreto es una cinta que desafía etiquetas y clasificaciones. Por momentos es un thriller policiaco, un western de la vieja usanza, una comedia de horror, de romance, y claro, un poco de cinta de espionaje.

Dirigida por el otrora crítico de cine hoy vuelto oscareado cineasta brasileño, Kleber Mendonça Filho, esta película no es sino una muestra más de las obsesiones que -como buen autor- ha desplegado alrededor de toda su obra: su cine habla sobre la memoria, sobre el Brasil de su infancia, sobre los espacios donde fue feliz (las salas de cine, por ejemplo), y por supuesto sobre su cinefilia, en un ejercicio mucho más depurado que simplemente hacer referencias, Mendonça integra en sus películas toda la experiencia y los recuerdos que le provocan el cine que lo ha marcado toda la vida.

Estamos en Brasil, 1977. Armando Solimoes (impecable Wagner Moura) va por la carretera en un vochito amarillo. Al cargar combustible en una pequeña gasolinería, Armando se percata de que en el piso, bajo algunos cartones, yace el cuerpo sin vida de un individuo. Al preguntarle al dependiente sobre aquel cadáver, este contesta con toda naturalidad que se trata de un ratero que “recibió su merecido”.

Como si ello no fuera lo suficientemente tétrico, al momento llega un par de policías, pero en lugar de averiguar sobre el asesinato de aquel hombre, mejor extorsionan a Armando luego de revisar exhaustivamente el vochito sin encontrar nada. “Nuestra historia sucede en Brasil, en tiempos muy traviesos”, indica un epígrafe inicial.

Así, los tiempos “traviesos” a los que se refiere Mendonça Filho no son otros sino los de una nación podrida bajo el yugo de una dictadura militar que ejerce férreo control en la población y donde la corrupción tiene varias formas: desde el policía que extorsiona, el burócrata que “hace como que trabaja”, los que usan las oficinas como motel privado, los que avientan al mar cuerpos envueltos en sábanas y claro, los que contratan matones a sueldo.

Usando un nombre falso, Armando regresa a la ciudad de Recife (la ciudad natal del propio director) para tratar de conseguir pasaportes falsos y salir de ahí con su hijo Fernando (Enzo Nunez), de no más de 8 años. En el camino de esta misión se encuentran varios aliados, que representan la luz de esta cinta, refugiados políticos (no les gusta que les llamen así) que bajo el manto protector de Doña Sebastiana (Tânia Maria, robándose la película), viven, beben, y hasta gozan a pesar de la realidad política del país.

La cantidad de referencias cinéfilas es apabullante, pero lo es más porque no se trata de la simple mención cinéfila, todo es parte de la trama en formas incluso insospechadas: desde la obvia referencia al Tiburón de Spielberg, hasta el homenaje directo a Kubrick en la figura de aquel vochito amarillo del inicio de la cinta, o más locales como el cine al que acudían en aquella época (cuyo destino lo sabremos al final de la película), o la figura de su suegro, proyeccionista de un cine local basado en un personaje que si existió, incluso con el mismo nombre.

Y si aquello no fue suficiente, tenemos la presencia del mismísimo Udo Kier (fallecido apenas el año pasado) como un sobreviviente del Holocausto que se enfrenta a un grupo de policías corruptos.

Ya en el colmo de la narrativa fragmentada, la cinta sin previo aviso da un salto enorme en el tiempo: un par de mujeres escuchan en viejas cintas lo que nosotros vemos en imágenes. Se trata al parecer de dos investigadoras que buscan saber más sobre lo ocurrido en el Brasil de la dictadura.

En una época donde (ahora resulta) algunos cineastas encuentran reprobable hablar sobre política, Mendonça Filho nos recuerda no solo que todo cine es político, sino que además existen varias formas de hablar de política en el cine, y una de ellas es esta: desde la vida de las personas comunes y corrientes que a pesar del autoritarismo y la barbarie encuentran el momento para reír, beber y bailar. La vida, como diría un clásico, es un Carnaval.

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