I
Londres. Once de septiembre de 2001. Dos de la tarde. La productora Barbara Broccoli -heredera y productora del imperio Bond- sostiene una junta de revisión de guión para la próxima película del 007, Die Another Day.
De repente la noticia empezó a correr: un accidente aéreo había ocurrido en Nueva York. Todos los televisores comenzaron a transmitir la ya conocida imagen del WTC en llamas. Lo que se pensaba que habría sido un fatal accidente pronto se convirtió en una realidad mucho más ominosa: otro avión impacta la segunda torre. Al final del día, ambos edificios, insignia del poder económico norteamericano, habrían colapsado.
Fue entonces que la señora Broccoli lo supo. El mundo no sería el mismo, y su personaje, el agente secreto británico James Bond, estaba tan lejos de esa realidad como tal vez nunca antes en su historia.
Producto de la Guerra Fría y de la imaginación de un hombre que perteneció a la marina pero que jamás estuvo en combate (Ian Fleming), Bond era ya para 2001 un dinosaurio difícil de manipular. El muro de Berlín había caído, las hostilidades este y oeste habían cesado, la geopolítica era otra. ¿Tiene sentido que exista un personaje como Bond?
La respuesta de los Broccoli llegó en la forma de Pierce Brosnan. El 007 de los noventa fue el primero que tuvo como misión cierta reinvención. Si bien mucho de la fórmula seguía ahí (incluyendo el machismo impostado), Brosnan fue el primer Bond que tenía que rendirle cuentas a una mujer (Judi Dench en el papel de M), y que tenía con conflictos que intentaban ser mucho más relevantes que el simple “buenos contra malos”.
Durante al menos dos películas el experimento funcionó. Pero rápidamente la fórmula mostró desgaste y para cuando llegamos a la última cinta, Die Another Day (Tamahori, 2002) el desastre era inminente: James Bond tenía un auto invisible mientras que en Nueva York los terroristas atestaban un duro golpe al imperio americano. Nada podría ser tan disímbolo y fuera de toda realidad como James Bond.
II
La respuesta a todos estos cambios fue la reinvención absoluta del personaje, quien ahora no solo debía ponderar el peso del 9/11 sino además de otro suceso que cimbró al mundo Bond: el movimiento feminista del Mee Too.
Así, Barbara Broccoli y su nuevo Bond, Daniel Craig, tenían una misión que se antojaba imposible: deconstruir al personaje sin arrebatarle su esencia pero haciéndolo acorde a la realidad de un mundo hiperconectado y woke.
El resultado, todos lo sabemos, fue absolutamente fantástico. Craig no solo tiene la presencia física necesaria sino que a lo largo de cuatro cintas nos demostró otro tipo de masculinidad “Bondiana”, donde las mujeres si bien siguen siendo objeto del deseo, tienen un papel mucho más preponderante.
III
No Time To Die, la más reciente entrega de la saga, y última cinta en la que veremos a Craig como Bond, es un cierre digno que esta versión del 007 merecía. Originalmente Craig diría adiós en Spectre (2015), pero de alguna manera convencieron al actor para ir por una más, que sería (ahora si), la última.
No Time to Die (Fukunaga, 2021) es una amalgama de muchas intenciones. La primera, hacer un homenaje al legado Bond, ya sea con simples referencias, ya sea con homenajes e incluso con cambios en el tono que recuerdan a los viejos (pero clásicos) momentos del Bond juguetón, o de los villanos monologuistas del pasado.
Pero es también una cinta que le exige (¿tal vez demasiado?) al espectador. Porque si bien la acción está presente (y al menos en la primera mitad de la cinta, resulta auténticamente espectacular y divertida), la apuesta es por un Bond mucho más maduro, de emociones a flor de piel e incluso de situaciones que te sitúan al borde de las lágrimas.
Es una osada mezcla de pesadez, maduración y ligereza que muy pocas veces habíamos visto en la saga de Bond.
O más concretamente solo una, en aquel animal raro de la saga llamado On Her Majesty’s Secret Service (Hunt, 1969).
El sexto filme de la saga Bond fue el único protagonizado por George Lazenby, un actor británico, con más experiencia como modelo y que, cuando vio en cine Dr. No (1962) quedó fascinado con el personaje.
La leyenda cuenta que cuando supo de la salida de Sean Connery, el hombre se vistió con el mejor traje que pudo, se cortó el pelo y se lanzó a pedir el trabajo. Así, un hombre sin experiencia previa y sin muchas credenciales aparte de su entusiasmo y tenacidad, se convirtió en Bond… aunque fuera por tan solo una película.
Pero esa no es la única característica que hace destacable a On Her Majesty’s Secret Service. Esta es la única ocasión en que los guionistas le permitieron a Bond no solo enamorarse sino además (¡escándalo!) casarse con la chica.
Estamos pues frente a un Bond mucho más vulnerable que ningún otro, en una película cuya resolución es tan trágica como icónica.
Sorpresivamente, No Time To Die forja su guión en las raíces de On Her Majesty’s Secret Service y lo hace no en simples homenajes sino en una historia - espejo que vuelve a romper todas las reglas del mundo Bond.
Estamos ante una encarnación del personaje que resulta duro en la pelea y suave en su relación con las mujeres, particularmente con aquella a la que ama (Léa Seydoux) y por la cual deja de jugar al espía para vivir una vida normal, o lo más normal que un agente secreto pueda tener.
Por supuesto, el guión no permitirá un final feliz, y rápidamente el pasado se manifiesta en forma de explosivas revelaciones.
Lo que sigue es típico Bond: viajar a lugares exóticos (y ni tan exóticos, como Cuba), vestirse de frac, aventar tiros, conocer a otras agentes. Cary Fukunaga dirige con brío y gran manejo de los espacios las secuencias de acción que a la larga resultan lo de menos.
Y es que este Bond, tan cercano con sus sentimientos, tan vulnerable al amor. Tendrá un reto final que parece por demás abrumador y sorpresivo. La misión más importante que ningún Bond ha tenido.
Los personajes secundarios resultan irregulares. Félix (Jeffrey Wright) es un muy bienvenido regreso a la saga, lo mismo que Q (Ben Whishaw) y M (Ralph Fiennes). De las nuevas caras la que destaca es Ana de Armas, con una aparición demasiado breve pero que definitivamente se roba (así sea por instantes) la película entera con su personaje de hermosa agente novata.
La decepción está del lado de Nomi (Lashana Lynch), personaje creado como respuesta a las muchas críticas sobre quién podría ser el próximo Bond: ella es agente, es 00, mujer y afroamericana. Todo lo que se supone no era posible en un agente con licencia para matar.
Pero más allá de ser un statement, el guión no le permite hacer mucho. Una lástima por que la señorita Lynch tiene porte y presencia.
Y el villano, Rami Malek, tiene una ambivalencia peligrosa: aporta una densidad muy suya al personaje, pero en un guión que exagera el homenaje a lo clásico con un villano melodramático que goza con soltar largos monólogos de flojera.
En todo caso, la amenaza no está en él sino (¿quién lo diría?) en el arma que pretende usar: un virus letal que se contagia por parentesco sanguíneo, es decir, entre los integrantes de una familia.
Se trata pues, de un poderoso final para la era Craig, aunque probablemente no por la razones que todos quisieran. Es cierto, no es la mejor película de esta saga (está por detrás de Casino Royale y Skyfall), pero si es la primera en tener esa sensación de peligro y de responsabilidad de un Bond que pareciera por primera vez deja de ser un mujeriego para convertirse en un hombre, con todas las responsabilidades que ello implica.





