Esta es la historia de un joven petulante, egocéntrico, narcisista, engreído, sobrado de sí mismo, que se cree el mejor en lo que hace, con una tremenda sed de reconocimiento, y que hará lo que sea para lograr el éxito y la admiración de todos.

Pero basta de hablar de Chalamet, mejor hablemos de su más reciente cinta, Marty Supreme (Finlandia, Estados Unidos, 2025), donde el actor interpreta a un personaje petulante, egocéntrico, narcisista, engreído, sobrado de sí mismo, que se cree el mejor en lo que hace, con una tremenda sed de reconocimiento, y que hará lo que sea para lograr el éxito y la admiración de todos.

Sobra decir que Chalamet es el indicado para interpretar este papel, al grado que parece especialmente manufacturado para que el actor se luzca en su muy conocido egocentrismo para encarnar al Marty del título: un joven judío que vive en la Nueva York de los años 50, que trabaja en la zapatería de un pariente suyo, que tiene una “novia” (Odessa A’zion’s Rachel, toda una revelación) que en realidad está casada con otro hombre (que, convenientemente, la trata mal), y cuyo objetivo de vida es acudir al torneo mundial de ping-pong (a suceder en Inglaterra) para así demostrarle al mundo entero (incluidos familiares, amigos, conocidos y desconocidos) que es el mejor jugador de pingpong en el mundo y galaxias circunvecinas.

Marty no tiene empacho en engañar, robar, seducir y básicamente pasar por encima de quien sea con tal de cumplir sus sueños de grandeza. “Dream Big”, dice la campaña de promoción de la película. “Engaña a lo grande”, dice en realidad la película.

Dirigida por Josh Safdie (uno de los famosos “hermanos Safdie” que nos dieron al menos dos películas notables: Good Times y la insuperable Uncut Gems), esta es la primera cinta que realiza sin su hermano. Y vaya, ¿qué les puedo decir?, si algo hace Marty Supreme es responder a la duda que todos teníamos: ¿Quién de los dos Safdies es el más talentoso?

Sorpresa, es Josh. Y es que, sabemos que las comparaciones son odiosas pero The Smashing Machine (Benny Safdie, 2025), la película del otro hermano Safdie, es sumamente menor: con un ritmo algo soso, actuaciones que tiran a lo regular, una trama mal ejecutada y unos diálogos que nos mandan a la lona por lo aburridos.

En cambio, Marty Supreme se ubica casi en las antípodas de aquella: edición frenética, una puesta en imágenes caótica, diálogos rápidos que no saben detenerse, una historia que no da descanso y que atrapa a la audiencia de principio a fin.

Consciente o inconscientemente, Josh Safdie arma una película perfecta para la generación Tik Tok: todo es rápido, todo es vertiginoso, todo el tiempo suceden cosas, todo el tiempo la cámara está en un eterno close-up al rostro de sus personajes (algo muy conveniente si se piensa que el destino final de esta cinta es el celular de algún adolescente), con imágenes siempre en movimiento, con subtramas que no llevan a nada y que la más de las veces ni siquiera se resuelven. No importa. A lo que sigue, más rápido. Swipe, swipe.

Tanto la película como el personaje y el actor que lo interpreta están necesitados todo el tiempo de nuestra atención. Safdie se engolosina: llena el plano con la cara de Chalamet como para nos distraernos con otras cosas sin importancia (como el diseño de producción, por ejemplo), impregna el cuadro de un vértigo calculado y con una impronta casi inmaculada, y cuando necesita inyectar emoción pero el guion no le alcanza, recurre -en una cinta ambientada en los cincuenta- a varios hits ochenteros de probada eficacia en el gusto de las audiencias. Como diría Moe en Los Simpsons: ¡qué trucazo!

Y la verdad sea dicha: funciona. La película debe meter freno en algunos momentos (hasta los autos de F1 deben pasar a pitts) pero en general no pierde la atención del respetable: ya sea en las emocionantes escenas de ping-pong (que no son más que un mero excipiente para la historia), ya sea en los juegos de seducción entre Chalamet y la reaparecida Gwynteth Paltrow, ya sea en la humillación a manos de un rico empresario (Kevin O’Leary) que lo tunde a nalgadas (otro close-up más, ahora a las flaco trasero de Chalamet), ya sea en aquella subtrama de las pelotas de ping-pong naranjas que no sirve de nada excepto para generar una imagen que nos recuerda a cierto viejo anuncio de televisores Sony, o en ese larguísimo desenlace que destruye toda la narrativa de la campaña de mercadotecnia de la película.

Y es que esta no es una cinta con un núcleo emocional interesante. Un coming of age con un personaje central que no puede ser centro moral de nada. Una cita bien contada, cuyo principal atractivo es la velocidad con la que se narra pero que al final resulta casi tan hueca como lo son las pelotas de ping pong.

Aunque admito: ver a Chalamet aferrándose a ése futuro Oscar es un show en sí mismo. Resulta absolutamente impresionante cómo este hombre se aferra en todas las escenas, con uñas y dientes, a la idea de ser premiado, de ser aplaudido, de tener la gloria Hollywoodense.

Un hombre que se empeña en ser el Marlon Brando para una generación que no sabe (ni le importa) quién es Marlon Brando. Un actor que se empeña en demostrarnos (a nosotros, porque claramente él ya lo sabe) que ha trabajado, que ha hecho la tarea, que hizo todas las planas en la escuela, que siempre hizo lo correcto, y que ahora merece el tan anhelado Oscar.

Ya, por el amor de dios, denle el mentado Oscar y a ver si así podemos pasar a otra cosa.

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