Ante el anuncio de una nueva versión “mexicanizada” de The Office -la serie creada por Ricky Gervais (2003) que diera paso a un remake norteamericano mucho más popular en 2005, y que a la postre provocó una explosión mundial de versiones de la misma (Francia, Alemania, Chile, Israel, India, Polonia, Australia)-, la reacción inicial en redes y público en general fue de desprecio y burla absoluta.

Y es que seamos honestos, la idea sonaba mal, sobre todo porque la ruta más obvia era la de replicar las bromas y memes que sobre los ‘Godínez’, pululan en el internet desde hace una década. Pero, para sorpresa de quien esto escribe, en La Oficina se elige la ruta opuesta.

Escrita y adaptada por Marcus Bucay (Club de Cuervos, Cómo Sobrevivir Soltero, Vgly), a partir de las reglas impuestas por la franquicia (a saber entre otras: mantener el formato de falso documental, que exista un triángulo amoroso y que el jefe sea un patético insoportable pero en el fondo tierno y bonachón), el The Office mexicano tiene dos primeros aciertos: no sucede en CDMX (lo trasladan a Aguascalientes) y la empresa en la que trabajan es de carácter familiar.

Según datos del INEGI (2023), el 85% de las empresas en México son de índole familiar, es decir, los directivos de las mismas son hijos o familiares de los miembros fundadores de la misma. Es más probable que un mexicano trabaje hoy día en una empresa familiar que en un enorme corporativo.

Esta decisión permite que la piedra angular de la franquicia (el jefe incompetente, casi siempre fuera de la realidad y alejado de toda norma moral dado su status como jefe) sea un junior.

Y ello resulta conveniente dado que el director de la serie es Gary Alazraki, el responsable de la aún insuperable, Nosotros Los Nobles (2013), una de las comedias mexicanas más inteligentes y auténticamente entrañables sobre la guerra de clases en México.

En aquella cinta destacaba el inolvidable Javi Noble (Luis Gerardo Méndez), el epítome del junior mexicano, hijo de padre empresario que se niega a seguir los pasos del progenitor y que busca brillar con ideas propias, no obstante estas sean una tontería.

Con ese personaje Alazraki retrata con humor a una nueva clase mexicana de juniors, entusiastas de la era digital que se negaban a trabajar “desde abajo” como sus padres pero cuyas ideas de nuevo emprendedurismo los harían millonarios. O al menos eso pensaban.

Luego de romper la taquilla mexicana y convertirse en todo un fenómeno, Alazraki pasó a la televisión con Club De Cuervos (2015-2017) donde, de nueva cuenta, el protagonista era otro junior, Chava Iglesias (también interpretado por Luis Gerardo Méndez), quien de la noche a la mañana -luego del abrupto fallecimiento de su padre- se hace heredero, junto con su hermana (Mariana Treviño), de un equipo de fútbol que ha visto mejores días.

Aquí, Alazraki no solo profundiza la exploración del junior sino que la confronta con el machismo inherente en las altas esferas empresariales (y peor en las del deporte como negocio): su hermana claramente es más competente que él, pero su ego se impondrá en el camino. La empresa (en este caso el equipo de fútbol) importa poco, lo que importa es quién manda.

Ahora, en La Oficina, Alazraki vuelve a las andadas y dibuja (junto con su guionista) un nuevo tipo de junior. Este, a diferencia de los anteriores, sí le interesa la empresa, pero al igual que a sus personajes “hermanos”, no tiene la capacidad intelectual para manejar el negocio, todo es una mezcla de instinto y buenas intenciones.

Así, la versión mexicana de La Oficina, no es una serie que encuentre fundamento en la imagen burlona hacia del godín, sino todo lo contrario: abraza la godinéz como una naturaleza propia de todos los personajes (incluso del jefe), no en tono de burla sino de auténtica identificación.

Y es que, regresando a la cifra del INEGI, ¿quién en este país puede presumir que no ha trabajado en algún momento de su vida como godín o en un ambiente godín?, ¿quién no conoce a la que vende dulces en la oficina?,¿quién no sabe de aquel que guarda sus tortas, o las cervezas, en el archivero?, ¿quién no sabe de la tanda que alguien siempre organiza?, ¿o quién no ha participado en el famoso “pastel” de los cumpleañeros?

No sé en otros países pero en México todos (o casi todos) somos o hemos sido godínez en mayor o menor medida.

Con un intro que hace homenaje al tema musical de la versión norteamericana, La Oficina México nos presenta a un grupo de estereotipos plenamente reconocibles: el lamebotas del jefe, el chavito de sistemas, el abogado, el señor de contabilidad que no cree en la tecnología, la secretaria ya longeva (esto es particularmente cierto en las oficinas de gobierno), el que nadie sabe qué hace, y aquellos que la serie obliga: los dos jóvenes que se enamoran en medio del mundo oficinista, pero que ella está comprometida con otro hombre.

Al centro, como marca la regla, debe estar el jefe, Gerónimo Ponce III (fantástico Fernando Bonilla), heredero por parte de su abuelo de la sucursal fundadora de la empresa familiar: una fábrica de jabones y detergentes de todo tipo, desde industriales hasta jabones chiquitos de motel, ubicada en Aguascalientes.

Con tan solo ocho episodios de media hora, La Oficina México va de menos a más, pero desde el principio hace claras sus intenciones, y más importante, el tono de la comedia.

La fórmula parece sencilla: Gerónimo Ponce, Gero, es el centro amoral de la misma, un junior que en realidad no sabe lo que hace (aunque crea que sí), con pensamientos rancios y heridas emocionales recientes (se acaba de divorciar), por lo que encuentra en la oficina el único refugio a su triste vida. Esto en realidad hace de Gerónimo el más godín de todos, porque si bien sus empleados están ahí por una necesidad económica, el está ahí por una necesidad afectiva, y de eterna búsqueda de reconocimiento por parte de su padre, el dueño actual de la empresa nacional, a quien busca afanosamente demostrarle que él puede con el paquete.

Los primeros dos episodios son simple introducción de personajes y planteamiento de tono. Lo que dejan en claro es que no le temen al humor incorrecto siempre y cuando se plantee un contrapeso. Para el tercero la apuesta se sube: hay una nueva referencia a la guerra de clases con la presencia de un indigente que al final resulta que gana más que los godinez de la oficina, cosa que no es sino una crítica al sistema mismo.

Los dos mejores escritos son, primero, aquel donde todas las mujeres “sincronizan” sus periodos. Este resulta particularmente divertido para las mujeres al reconocer el fenómeno, pero también presenta una oportunidad para que sean ellas las que terminen por burlarse de los hombres, y cierre con una nota sobre el feminismo. ¿Los hombres pueden ser feministas?

Ya en los últimos los personajes están bien desarrollados. En un episodio Gero demuestra que no es del todo el tonto incompetente que nos ha hecho creer. Para salvar a un importante cliente, es capaz de sumergirse en el fango (o en este caso de beber agua de un motel de paso) para recuperar la lealtad del mismo. Sus métodos no son los de una empresa con ISO-9002, pero demuestran ser efectivos.

Habría que resaltar que, en el trabajo clínico de encontrar a los actores perfectos para cada personaje, Alazraki no cayó en la tentación de contratar influencers, ni siquiera actores de mucho renombre. Prefirió las habilidades histriónicas y humorísticas por sobre los supuestos números apantalladores que podrían haberle generado views a la serie. Una decisión que a la postre fue la acertada.

Sin duda, de todos los juniors que ha creado Alazraki en su carrera, Gerónimo Ponce III es el más interesante y probablemente el más entrañable de todos. Sus comentarios racistas, sexistas y homófobos parten de la ignorancia de quien ha vivido toda su vida en el privilegio. Pero las caras de reprobación de sus empleados sirven como contrapeso que hace que el personaje (y solo él) sea el racista, sexista y homófobo, no la serie.

Queda en el público abrazar la inmundicia de Gero como chistosa, o reír ante el contraste de la profunda ignorancia de alguien atrapado en el tiempo, con pensamientos rezagados que hoy día sólo pueden entenderse desde la incultura y el analfabetismo.

La Oficina México no se burla de los godínez, al contrario abraza la subcultura que emana de estos como propia, y mejor se burla de la ignorancia infinita de las personas con el poder, de los jefes ignorantes, de los lamebotas inconsecuentes, de la burocracia y de las estructuras de poder, dibujándolas no solo como inútiles sino carentes de autoridad. La única autoridad en todo caso es la supervivencia.

El término godín nació hace diez años como una forma de insulto, un mote despectivo que una generación joven -que presumía trabajos digitales y remotos- usa como burla ante quienes (según ellos) venden su alma a un jefe a cambio de libertad. Uno de los efectos de la pandemia fue la democratización del trabajo remoto. Hoy hay muchos más mexicanos que, sin dejar de ser godínez, cuentan con un poco de la libertad que aquellos jóvenes tanto presumían.

La mayoría de las críticas más insistentes contra esta versión de La Oficina surgen, curiosamente, de los llamados influencers, quienes básicamente no entienden ni comparten el chiste. Y como bien dice un colega del Heraldo, Gonzalo Lira Galván, en un post de Twitter: “no extraña: ellos nunca han tenido un trabajo real”.

Y es cierto, no solo nunca han tenido un trabajo real, sino que muy probablemente sean parte de esa generación que hace 10 años se refería a los godínez con un dejo de desprecio pero que hoy se ven rebasados ante la realidad nacional y laboral: ser godínez no solo es ser mexicano, es casi un motivo de orgullo.

Son ellos, según el INEGI, quienes mueven a este país.

Ni más, ni menos.

La Oficina se puede ver en Prime Video.

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