All The President 's Men (Todos los Hombres del Presidente, 1976), el clásico de Alan J. Pakula, con Dustin Hoffman y Robert Redford, es hasta el momento la película definitiva sobre el escándalo Watergate, aquel que tuvo como consecuencia final la dimisión de Richard Nixon como presidente de los Estados Unidos.
Con el antecedente de esta enorme cinta, resulta arriesgado (por no decir innecesario) volver a contar la misma historia. No obstante, el guionista Robbie Pickering (One Mississippi, Mr. Robot) y el director Matt Ross (Captain Fantastic) encontraron que se podría hablar del Watergate pero desde otro ángulo, revelando así muchas otras historias de este emblemático caso en la política de los Estados Unidos.
En Gaslit -serie creada por Robbie Pickering a partir de un podcast de su creación sobre este mismo tema- el escándalo Watergate se aborda no a partir de la historia de los valientes periodistas que sacaron a la luz los hechos de corrupción cometidos por la administración Nixon, sino a partir del punto de vista de aquellos que lo planearon, lo ejecutaron, y que fallaron en su intento por poner micrófonos en la oficina del Partido Demócrata, ubicado entonces en el hoy ya mítico edificio Watergate.
Al centro de esta historia tenemos a Martha Mitchell (Julia Roberts), la famosa esposa del Fiscal General John Mitchell (un irreconocible Sean Pean), quien era conocida como “The Mouth of The South”, por su incontenible gusto de decir la verdad (o su verdad) sobre la política y la administración Nixon a todo reportero o revista para mujeres que se dejara.
Incontenible, la mujer alguna vez declaró que ella sabía que no le caía bien a Nixon y que por ello su familia estaba vetada del Air Force One (el avión presidencial). Se trataba de una señora cuyas opiniones en efecto causaban malestar en la Casa Blanca.
Pero lo que en principio parecía simplemente una señora rica y excéntrica, pronto se convertiría en un peligro para Nixon. Y es que cuando la operación en el Watergate fracasó estrepitosamente, lo primero que hizo su esposo, John Mitchell, fue encerrarla en un departamento en California, sin acceso a teléfono, periódicos o televisión, custodiada por dos guardaespaldas.
Aunque Roberts y Penn fungen como protagonistas, lo cierto es que al menos la primera mitad de la serie (que consta de ocho capítulos) los protagonistas son los demás, es decir, toda la serie de personas involucradas de una u otra forma en el caso: desde John Dean (Dan Stevens) exconsejero de la Casa Blanca al que se le asignó en primer lugar la misión, el teatral y algo desquiciado agente del FBI, G. Gordon Liddy (Shea Whigham), quien planeó la fallida operación, los inmigrantes cubanos que el propio Gordon contrató y que fueron capturados, y una larga, larguísima lista de cómplices involucrados.
Con una diseño de producción sin mancha alguna en su recreación de los años 70, y una dirección eficaz, sin composiciones artificiosas ni tomas complicadas pero con un ritmo ágil, Gaslit se convierte en comedia no tanto por un deseo de serlo sino como una consecuencia inevitable de lo increíblemente absurdo de todo el asunto.
Y es que en no menos de una ocasión la serie muestra la gran cantidad de dislates que dieron pie a esta historia: la torpeza de los agentes, lo desquiciado de los planes, lo increíblemente tontos que resultan los espías cubanos y el cinismo de todos los involucrados que, incluso en los mismos pasillos de la Casa Blanca, planearon todo esto sin pudor alguno.
Pasará más de la mitad de la serie para que sepamos por qué el personaje de Martha Mitchell es importante en esta historia, dejando en claro que el miedo que le tenían a la señora era más que fundado.
¿Era necesario que Sean Penn interpretara este papel? Yo digo que no, pero en definitiva su transformación es digna de muchos premios para el departamento de maquillaje. Por su parte Julia Roberts hace una buena interpretación de esta matriarca sureña, vuelta a golpes paranoica pero con el coraje suficiente como para enfrentarse a la Casa Blanca.
Y no es sorpresa que Roberts sintiera deseo de interpretar a Mitchell, su personaje comparte esa pasión por lanzar verdades que hacía singular a Erin Brockovich (Soderbergh, 2000), el papel por el cual ganaría el Oscar en 2001.
Pero más allá de las buenas actuaciones o del despliegue técnico, lo que más se agradece y que hace a Gaslit una serie visible es el humor. Sin caer en los excesos de lo último de Adam McKay (la fallida y regañona Don’t Look Up!), pero manteniendo el equilibrio de una serie dramática de época, lo que queda claro al final es que el gobierno (para el caso el gobierno que sea) suele ser mucho más tonto y peligrosamente inepto de lo que uno jamás pensaría.
Gaslit se puede ver en plataforma Starz.





