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Camino a Roma

Estrenado esta semana en la plataforma de Netflix, el detrás de cámaras muestra el complejo proceso de filmación de Roma y a un Alfonso Cuarón hablando del tema que le apasiona: su cine.
14/02/2020
12:51
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“Me atrevería a decir que Roma es mi primera película”. Con esa sorpresiva frase, Alfonso Cuarón da fin a “Camino a Roma”, el documental (que más bien es un behind the scenes) dirigido por Andrés Clariond y Gabriel Nuncio sobre el proceso de filmación de ROMA, la cinta que le diO sus últimos tres premios de la Academia (Mejor Director, Mejor Fotografía, Mejor Película Extranjera) al cineasta mexicano.

Los directores de esta pieza (de apenas 72 minutos, que se puede ver en Netflix y que seguramente viene incluída en la edición Criterion de la película) no se complican: el documental es una larga entrevista donde Cuarón, a cuadro, comenta no sólo el impresionante proceso técnico de la filmación, sino también su no menos increíble proceso de memoria y reconstrucción de recuerdos que dio pie al no-guión de la película.

La proeza no es cosa menor. Por ejemplo, la famosa casa del director, que funge ahora como locación de su película y que antes fue escenario de su propia infancia, se recrea según los recuerdos de Cuarón “al milímetro”: desde los pisos, los azulejos, los muebles (algunos recuperados, otros recreados) y muchos de los objetos que decoran el set bajo la supervisión de Eugenio Caballero.

El cineasta presume de una memoria fotográfica y obsesivamente detallada que le permite decidir desde qué ropa deben portar los extras hasta cómo debe ser el sonsonete de quien vende merengues afuera de lo que hoy es el Teatro Metropólitan.

Buscando en todo momento aquello que surge sin planeación (a lo que él llama como “el misterio” del cine), el director confirma que él y solo él sabía del guión de la película. Sus actores y no actores iban al día con los diálogos. El caos, admite Cuarón, fue parte de la ecuación, y ese caos se nota en la mirada de Marina de Tavira quien, acostumbrada a tener un guión y convivir con actores, se le ve preocupada ante el caos que tiene enfrente: una serie de niños actores que, sumamente listos, le hacen notar al director sobre sus errores de continuidad.

Obsesivo, Cuarón no sólo repite sesenta y tantas veces un plano secuencia, sino que además está atento a todo: el diálogo, el ritmo de la cámara, las acciones de los actores de fondo, la luz, a los objetos que intervienen, etc. La obsesión es el aceite con el que la maquinaria de Roma se echa a andar.

Cuarón afirma que en su película trató de despojarse de toda influencia, buscando que sus tomas no se vieran como las de otro director. La afirmación no deja de ser una provocación: Roma, en efecto, no se parece a nada que hayamos visto antes, pero al mismo tiempo es imposible no reconocer las influencias sobre las que se sostiene, influencias que de hecho definen a Cuarón como el cineasta que es. Negar esas influencias es negarse a sí mismo.

El cineasta va a contracorriente de la ola conservadora en Hollywood: decide -como él mismo dice- abrazar el cine digital, filmar con una imagen nítida, sin grano, a la mayor resolución posible. El resultado es una imagen tan perfecta como irreal. Roma, en ese sentido, no es realidad sino sueño en movimiento.

El documental insiste en mostrar a Cuarón como un ser afable, paciente con sus niños actores, abierto a explicar (sin razón aparente) a los extras las razones por las cuales la luz es muy importante (ver la escena post-créditos). Hay un claro afán de tirar por la borda los rumores de un director malhumorado, dictatorial, rudo y maltratador de sus actores.

Así, Camino a Roma se puede entender por dos vías. La menos interesante, es la de un Cuarón que habla sobre sí mismo por espacio de media hora, un ejercicio casi de publicidad que trata de derrumbar los muchos rumores que surgieron sobre esa filmación. Pero por otro lado (y eso es lo mejor de este detrás de cámaras) triunfa en darle un nuevo ángulo a Roma, mostrando no sólo la obsesión del director, su férreo control en todas las escenas, sino también el apabullante diseño de producción de Eugenio Caballero, amén del músculo técnico de Cuarón.

Y no, claro que no se menciona a Galo Olivares, aunque en no pocas escenas él aparece, siempre a lado del director.

Alejandro Alemán
Crítico de cine con 9 años de experiencia profesional. Ha colaborado en revistas y periódicos como 24 Horas, Newsweek, Chilango, Quién, Esquire, Cambio, entre otros.