Que "Una batalla tras otra" haya ganado el Critics Choice Award a Mejor Película y esté tomando velocidad como una de las favoritas rumbo al Óscar no es solo una señal política, es también una señal narrativa.

Algo en esta película está encontrando eco en el público estadounidense porque logra leer con lucidez el presente sin convertirlo en un ejercicio solemne. Que detrás esté Paul Thomas Anderson vuelve esa combinación casi natural. Anderson nunca ha sido un cineasta de tesis cerradas. Su cine se mueve en la fricción, en el exceso, en el borde entre lo serio y lo absurdo, ahí donde el poder, la fe o la identidad se tensan hasta rozar lo ridículo. Desde ese registro híbrido —entre thriller, sátira y drama— Una batalla tras otra construye su mirada.

La película basada en la novela "Vineland" (1990) de Thomas Pynchon habla de conflicto, sí, pero no desde la gravedad constante. Hay tensión, ritmo, ironía. Momentos cómicos que alivian y, al mismo tiempo, subrayan el absurdo de vivir siempre en estado de alerta. No hay una guerra concreta, sino una forma de estar en el mundo marcada por la confrontación permanente. Anderson la filma con movimiento y humor, evitando que el relato se vuelva discursivo. Ese presente que observa es reconocible y profundamente actual.

Aparecen la violencia institucional, el miedo al otro, el maltrato sistemático a los inmigrantes convertidos en amenaza antes que en personas, la facilidad con la que ciertas vidas se vuelven prescindibles dentro del engranaje político. Todo sin discursos subrayados, integrado en la lógica cotidiana del conflicto.

Una de las claves de su resonancia reside en esa forma de mirar. En un Estados Unidos atravesado por la polarización y el cansancio democrático, la película no se presenta como una lección, sino como una experiencia. Engancha antes de explicar. Atrae antes de incomodar. Y cuando incomoda, ya nos tiene dentro. El público reconoce algo propio en esa mezcla de tensión y sarcasmo, en la repetición agotadora de batallas que parecen no terminar. Pero también reconoce otra cosa: que frente a estructuras envejecidas y discursos fosilizados, la energía y la posibilidad de cambio se desplazan hacia los más jóvenes, quienes todavía se mueven, cuestionan y empujan sin haber naturalizado del todo la pérdida de libertad. Este es un filme que no idealiza esa esperanza, pero la insinúa como fuerza latente, aún no capturada por el cinismo ni por el miedo.

Que la crítica y los premios acompañen a esta película también tiene que ver con eso: con una necesidad de relatos que no reduzcan la complejidad del presente ni la vuelvan asfixiante. Un cine donde pensar no implica renunciar al pulso ni al placer narrativo.

En un presente que premia la reacción inmediata y el discurso cerrado, una historia que se permite ser política sin perder ironía ni ritmo se vuelve un gesto incómodo para el sistema. Se queda. Y en ese quedarse (activo, vivo) el cine demuestra que todavía puede dialogar con su tiempo sin simplificarlo.

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