Más documentales, autores consagrados, menos Hollywood y una pregunta inevitable: ¿quién estará dispuesto a tomar postura?
Hay algo que quedó claro desde el primer momento en el que Iris Knobloch, presidenta del Festival de Cannes, dio el preámbulo de lo que se espera que sea el encuentro fílmico en su próxima edición.
Que llega marcado por las guerras y un nuevo orden mundial que el certamen no elude.
Porque en la rueda de prensa con la que se anunció en donde pondrá la mirada la fiesta gala este año, Knobloch marcó el tono contundente: se toma en cuenta la necesidad de escuchar todas las voces, la urgencia de no mirar hacia otro lado, la condena explícita a las injusticias que vive el mundo. No como gesto simbólico. Como posicionamiento real.
Así es como Cannes se convierte en un espacio de tensión con una intención clara: provocar el diálogo profundo e incómodo. Un alto voltaje que atraviesa las Secciones —Oficial y paralelas— desde varios frentes.
Primera señal: se les ha dado mayor espacio a las obras documentales en general. No invaden la Competencia, pero el género se expande con fuerza en el ecosistema del festival y pone el dedo en la llaga. Aparece en sesiones especiales, en proyecciones no periféricas sino necesarias. No estarán como complemento.
Qué mejor ejemplo que la elección del largometraje Rehearsal for a Revolution, de Pegah Ahangarani, la ópera prima de la directora iraní con la que ahonda en la historia de la revolución de su país con el objetivo de poder entender lo que ocurre hoy. Algo se está moviendo.
El cine parece necesitar volver a lo real. A lo que duele sin mediación. A lo que no puede ser estilizado sin perder verdad. Durante años, la ficción sostuvo el mundo. Hoy ya no basta. Y Cannes lo entiende.
Segunda señal: Hollywood. Sí, está presente. Pero de forma lateral. Desplazada. Fuera del centro de gravedad. En la Competencia, apenas un nombre: Ira Sachs con The man I love.
La pregunta es inevitable: ¿qué está pasando con el cine americano? ¿Es un límite ético de Cannes frente a una industria que evita pronunciarse? ¿O es algo más grave todavía: una pérdida de potencia en la mirada?
Porque el problema no es la ausencia de grandes producciones sino la falta de riesgo y de incomodidad. Mientras el cine europeo, asiático o latinoamericano sigue explorando fisuras —políticas, sociales, íntimas—, Hollywood parece atrapado en un lugar temeroso. Y en el cine, cuando tienes miedo, se nota.
Tercera señal: el posicionamiento. A diferencia de otros festivales que han optado por una ambigüedad o neutralidad cada vez más cuestionable, la Muestra francesa este año dice algo desde su propia estructura. Desde lo que selecciona. Y lo que no.
En un contexto global tan convulso el silencio también es una forma de discurso. Cannes, esta vez, parece rechazarlo. Por eso, más que un festival, lo que se inaugura es una expectativa. La de ver si los autores estarán a la altura de ese gesto. Si las estrellas también se pronunciarán. Ahora la pregunta es: quién se atreverá a responder.

